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Orlando de León: De Quijote, poeta y loco...

Actualizado el 30 de septiembre de 2012 a las 12:00 am

Su famoso ojo de tigre lo ha convertido en un orfebre del banquillo: devoto de las causas imposibles, arma equipos de la nada y los asciende a Primera División ¡suma siete en su récord!Ama sus raíces y sabe dónde va a morir.

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Es un soñador; es decir, un hombre “peligroso”. Es un ser ingenuo. Respeta a muerte, los acuerdos de palabra y rubrica sus contratos con el pelo de un bigote; bicho raro en un futbol mercantilista. Es un hombre sincero, como el cantar de Guantanamera . También es sentimental. Y por lo tanto, expuesto.

Se llama Orlando de León Catalurda. Nació en Maldonado, Uruguay, hace más de seis décadas. Ama sus raíces. Su abuelo materno, Gilberto Catalurda, le heredó el entusiasmo cuando Orlando era apenas un niño. Y ese legado le genera jugosos intereses. La profesión de director técnico lo ha llevado a países como Venezuela, El Salvador, Guatemala, Costa Rica, donde hizo escala rumbo al Mundial México 70. Desde entonces, aquí se le quiere, se le respeta, se le escucha.

Su famoso ojo de tigre lo ha convertido en un orfebre del banquillo. En el mundo del futbol se reconoce su devoción por las causas imposibles. Es una especie de santo terrenal que arma equipos de la nada y los asciende a la Primera División. Suma siete en su cuenta, todo un récord internacional. “Si cualquier día de estos, me echaran de Carmelita, agarro otro equipo de la Segunda División y lo subo”.

Es un Quijote. Sus detractores son los molinos de viento. Visten saco, corbata y pantalón largo. De León se les planta, sin poses, con gorrita y buzo, cada vez que los dirigentes lo amenazan porque el milagro tarda en cuajar, y recurren al trillado recurso de destituir al entrenador para que, como siempre, el hilo se rompa por lo más delgado.

Hombre culto, buen lector, fino observador. Frente a una taza de café, la mirada que trasluce a través de sus lentes denota al intelectual. Pero también es llano y sencillo. Como calzón de manta. Mientras viva, no desea hacer otra cosa que dirigir, como lo hace desde que tenía solo 19 años cuando empezó, allá en su Maldonado natal. Es su pasión. Para él no hay otro norte. Dirigir, dirigir, dirigir.

Haría clavos de oro como agente de futbolistas; con su ojo de tigre, forjaría aún más figuras en las ligas menores y podría lucrar con los derechos de formación. Pero no. Lo suyo es dirigir. “Si no vivo en el banquillo 90 minutos de adrenalina, simplemente me aburro, me pongo triste, me deprimo”.

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Se aburre. Se pone triste. Se deprime. Disfruta cada triunfo como si se tratara de una sensación inédita, y se hunde en la tristeza cada vez que los resultados no le favorecen. Es un terco de colección. Quiere ganar hasta en los entrenamientos. Eso es lo malo. Lo bueno es que la bronca por una derrota le dura solo del pitazo final hasta el primero que lanza al día siguiente, cuando vuelve al entrenamiento y motiva a sus muchachos. Para empezar de nuevo.

Cristian Oviedo descargó el último cartucho en las redes de Leonel Moreira, arquero y felino. De inmediato, un sol de pirotécnica iluminó el cielo rojinegro con la estrella 25. Al mismo tiempo, la ilusión florense se apagó finalmente. Su anhelado cetro 22 se apagó otra vez. Y un barrido de lluvia empapó el alma de los perdedores' (Puro Deporte, La Nación , 20 de diciembre 2010).

Así describió el suscrito en la crónica de La Nación de la final entre Alajuelense y Herediano, la noche con llovizna del domingo 19 de diciembre de 2010. A dos minutos del pitazo largo, un gol del manudo Pablo Antonio Gabas alargó la agonía del Herediano hasta la “ruleta rusa” de los penales que hizo campeón a la Liga. De León estaba en el banquillo florense.

“Hasta ahora, no he sufrido una decepción mayor. Entré en depresión. Me enclaustré en mi casa. ¡Meses enteros! No había nadie, pues mi esposa andaba en Estados Unidos, donde una de mis hijas. No salía. Mandaba a traer la comida vía express. Me enfermé, subí de peso exageradamente. Tenía 30 kilos de más. Me sentía solo, terriblemente solo. ¡No quería nada con nadie!”

Así es Orlando de León, un sentimental incorregible. También es un devoto del afecto. Sale de su casa en Heredia y tarda horas en recorrer 50 metros. Todos se le acercan. Los niños, los adultos, los vendedores callejeros, los taxistas... Goza de una popularidad que desearía para sí cualquiera de nuestros precandidatos políticos con sus campañas millonarias.

Un devoto de la amistad. Se afana por mantener vivo el cariño por sus afectos, como el de su esposa María Cecilia Campos, con quien procreó a Angélica María, Laura Cristina y Orlando José. “María Cecilia es una presencia en mi vida. Siempre está ahí'

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“Me pasé años postergando visitar a mi hermano Orbel de León, un experto en literatura hispanoamericana, quien trabajaba en La Sorbona, en París. Nos queríamos muchísimo, pero por una u otra razón, la visita siempre quedaba para después. Hasta que un día sonó el teléfono y me comunicaron que mi hermano Orbel había fallecido. Lloro por él, hasta el sol de hoy”.

El entrenador actual de Carmelita es un profesional de tiempo completo. Pone su mejor esfuerzo como timonel de cualquier equipo. Pero ama al Club Sport Herediano desde que hace más de cuatro décadas, cuando Rafael Ángel Oviedo, exjugador florense y pupilo suyo en el Galicia de Venezuela, extrajo de su maletín una camiseta amarilla con una franja roja. “¡Qué camiseta más linda! ¿Cómo se llama ese equipo? ¡Por qué no me la regalás!”

De Quijote, poeta y loco, este hombre tiene un poco. Como todos los seres humanos, ignora cuándo va a morir, pero sí está seguro del sitio en el que quiere terminar sus días. “¡En el banquillo, mi viejo, en el banquillo!”

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