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EDITORIAL

Ola de esperanza en Corea

Actualizado el 09 de septiembre de 2012 a las 12:00 am

La reforma agrícola del nuevo líder norcoreano evoca el tránsito de China y Vietnam hacia una economía mixta que cohabita con el orden político autoritario

Quizá el panorama interno de Corea del Norte vislumbre un giro pluralista del que resultaría muy peligroso para el régimen retroceder

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La imagen mundial de la República Popular Democrática de Corea ha permanecido fija, apergaminada y sombría, desde su establecimiento en 1948 y sus belicosos años de la guerra contra Corea del Sur (1950-1953) hasta nuestros días. En todo este tiempo, solo ha habido dos cambios en el liderazgo supremo del Estado, el primero en 1994, cuando el padre fundador, Kim Il Sung, falleció, y el trono pasó a su hijo, Kim Jong Il. El segundo cambio ocurrió el año pasado, con la muerte de Kim Jong Il y el ascenso al cargo de su hijo, Kim Jong Eun.

Cada muerte y el correspondiente reemplazo en la jefatura suprema del Estado han propiciado especulaciones en torno a la personalidad y los hábitos del nuevo jerarca. De esas iconografías recogemos las semblanzas de los infantes. Jong Il tuvo fama de mujeriego y tomador de alcoholes finos de Francia, además de una supuesta inclinación al cine. Su comportamiento, en la realidad, fue de corte militarista, dictado por los generales, teñido por los conflictos en torno a las armas, sobre todo las nucleares, y la tomadura de pelo a las administraciones de Bill Clinton y George W. Bush que creyeron en sus promesas de desarme.

En el caso de Jong Eun, se sabe que fue educado en Occidente, particularmente en Suiza. Por otra parte, el joven –veintitantos años– daba la impresión de sufrir de un terrible desconcierto, más que de cualquier otra cosa. El dictamen de los observadores era unánime: un títere más de la guerrerista camarilla uniformada. No en vano su padre le designó como tutor a un viejo general.

Sin embargo, hubo sorpresas cuando Jong Eun asumió el poder. El joven despidió al general tutor y de paso también al jefe de las Fuerzas Armadas. Acto seguido, apareció en público, o al menos frente a las cámaras de televisión, con su joven esposa en alguna actividad social. Este paso fue un estruendoso cambio de la austera etiqueta presidencial que excluía consortes. Poco después, el supremo estaba en la televisión y la prensa, departiendo con grupos de agraciadas y sonrientes damitas.

A este punto, en julio último, emergieron informes de cambios importantes en el ámbito agrario, que alteraban su fisonomía tradicional. Esto ya dejaba de ser chisme social pues las medidas apuntaban a una instauración de mecanismos de mercado, un paso de grueso calibre similar al de otros regímenes del vecindario. En especial, evocaban el tránsito de China y Vietnam, entre otros, hacia una economía mixta que cohabita con un orden político autoritario.

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Esa transformación, tímida por ahora, conllevaría establecer una agricultura cuasiprivada. Las comunas serían reducidas en el número de constituyentes, de 25 a 6 o 4. Su producción estaría sometida a las cuotas establecidas y podrían reservar un 30 % de ellas, en vez del 10 % actual, para destinar todo o parte al consumo privado, o bien vender el remanente a precios de mercado. Asimismo, pertenecería a la comuna el exceso producido sobre la cuota. Una nota de cautela es que el esquema se aplicará inicialmente en unas pocas provincias.

Queda claro, al menos, que se trata de un experimento parcial, no en todo el país. Con todo, es significativo, pues las hambrunas ya son endémicas en este solar del paraíso revolucionario. La estructura todavía prevaleciente se dirige a producir armas, tanques y artillería cuyo mercadeo posiblemente sea negocio de las Fuerzas Armadas. En las negociaciones de convenios con potencias occidentales, siempre ha figurado el renglón de alimentos, una dádiva para saciar en algo el hambre del pueblo sin sacrificar la sacrosanta industria bélica.

No se sabe aún de quién salió esta osada iniciativa agrícola. No podemos dejar de pensar en China, la ubre que ha alimentado a millones de desnutridos norcoreanos. Al fin de cuentas, el grado de dependencia de Pyongyang con la madrina china debe ser motivo de queja del aparato en Pekín. Además, las experiencias de Vietnam son conocidas en la nueva cúpula norcoreana.

En cualquier caso, resulta alentador el nuevo colorido en el sombrío panorama de Corea del Norte. Para algunos analistas, este modesto giro podría convertirse en un cuchillo de dos filos, pues es capaz de provocar desbordes en las expectativas de una población hasta hace muy poco ayuna de esperanzas. Los líderes de este desolado país han luchado por impedir que las luces de Corea del Sur, la hermana próspera, despierten celos y hasta provoquen disturbios.

Desde ese ángulo, quizás las escenas televisivas que retratan a Kim Jong Eun como el joven líder, sean indicativas de nuevas directrices dirigidas a enfatizar prometedoras oportunidades económicas más allá del tétrico imperio de las armas. Agreguemos que el mercado importador de arsenales norcoreanos debe haberse reducido de manera significativa. Con la cantidad de sanciones internacionales imperantes y la vigilancia ejercida por alianzas occidentales, es muy posible que las filas de Gobiernos compradores se hayan reducido a números poco interesantes.

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Esto inicia un desenlace muy alentador en el mapa de las democracias, pues quizás el panorama interno de Corea del Norte vislumbra un giro pluralista del que resultaría muy peligroso para el régimen retroceder. Ojalá así sea.

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