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Obscenidades

Actualizado el 24 de agosto de 2012 a las 12:00 am

Una cosa esla Moral, y otra, muy diferente, la moralina burguesa

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La riqueza material aunada a la vulgaridad, a la ostentación, a la pérdida de la sensibilidad humana, es la cosa más atroz e irritante que sea dable imaginar. Me ha tocado en suerte escuchar tres frases que me marcaron para siempre. Tomé nota de ellas tan pronto las oí. Las capturé al vuelo. Supe de inmediato que tendría que escribir al respecto. Actué como un reportero al acecho de los signos más egregios de la imbecilidad humana.

Las tres fueron proferidas en “tés de damas”. ¡Tal decadentismo! ¡Tal nivel de deshumanización! ¡Tal venalidad! Son absolutamente verídicas. Recuerdo el día, el lugar, la hora en que las escuché, y, por supuesto, a sus autoras, en todos los casos, señoras fufurufas de la peor especie cuyo nombre, por supuesto, omitiré. ¿Qué hacía yo en medio de esta peculiar especie zoológica? Tocar piano. Así como lo oyen. Mil veces tuve, durante mis años de estudiante, en Phoenix y Houston, tuve que tocar en cócteles, fiestas de cumpleaños, navidades, recepciones y demás eventos sociales que alguna gente suele aderezar con música “de fondo”. Digno de El discreto encanto de la burguesía, de Buñuel. Lo que Satie llamaba, sarcásticamente, “música de amueblamiento”. Pero bueno, aproveché estas experiencias para recoger impresiones de la gran comedia humana, extraje personajes literarios, coleccioné –con esmero de entomólogo– gestos y frases imperecederas.

La primera, pescada en medio de una reunión de “damas de sociedad”, me produjo un espasmo estomacal que por poco me condujo de emergencia al inodoro. Hablaban las señoritingas de marras sobres sus más recientes compras navideñas, y de pronto una de ellas, con la mayor inocencia del mundo, dice: “¡Ay, Flory! Pero ¿por qué decís que en esa tiendita en Miami no se consiguen cositas buenas? ¡Pero si yo he encontrado vestiditos corronguitos hasta por diez mil dólares!”. Sí, amigos, “hasta”: esa es la palabra detonadora del cortocircuito mental.

La segunda tuvo lugar con ocasión de un agasajo que le hicieron a una señora muy, pero muy, pero muy platuda. Catalana, para más señas. Sus anfitriones –una familia más bien modesta que con inmenso sacrificio económico había hecho traer manjares de Túnez y Marruecos para acogerla con toda pompa y circunstancia– le acercaron un platillo con delicatesen exóticas. Y la ogra, con su pesado acento catalán, rauca, ríspida, quebradiza la voz, como la de los fumadores perdidos, respondió desdeñosamente: “¡Puesh mira, mira: lash frutash shecash que le gushtan a mi perra!” ¡Eran las golosinas con que premiaba a su mascota por “darle la manita” y mover el rabito! La sala se llenó de carraspeos de garganta, oportunos accesos de tos, sonrojo e incomodidad generalizados...

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La tercera se la oí a una señora que, con aire de profunda reflexión, ilustró a los presentes en una fiesta con este dictum inmortal: “Yo no sé cuál es el problema con los pobres: ¡pero si basta con esconderlos!”. La pobreza, como todo en su particular cosmovisión, un asunto cosmético: algo que había que ocultar, maquillar, siliconar, colagenizar, no ciertamente resolver. Sobra el comentario social.

Sí, señores. No estoy fabulando. Esas tres enormidades he oído en mi vida. Revulsivos estomacales. Palabras dichas con absoluta seriedad, más aun: con candor. De manera que sería casi enternecedora, si no fuera porque es profundamente perversa. Razón tenía Unamuno, al decir que la bonanza material nos separaba a los unos de los otros, mientras que en la menesterosidad, los seres humanos se hermanaban espontáneamente. La riqueza puede ser obscena, ofensiva, soez. La obscenidad –la verdadera, la aberrante– no consiste en decir una palabrota por aquí o por allá. Obsceno es lo indecente, e indecente es aquello que hiere al ser humano en su integridad física y síquica. La falta de respeto por el Tú esencial.

Una cosa es la Moral –así, escrita con mayúscula– y otra muy diferente la moralina burguesa, que suele no ser otra cosa que una miope, intolerante, inquisitoria normativa de la conducta sexual (“esto es bueno, esto es malo; así sí se puede, así no; por aquí sí, por acá no; hasta aquí sí, hasta allá no”).

Urge redefinir en qué consiste la “decencia” –una de esas palabras con las que todo el mundo hace gárgaras hoy en día–. La verdad es que solo hay una definición posible: la decencia es el respeto al otro. La comunión en el dolor, la solidaridad. No le demos más vueltas al asunto.

Costa Rica ha estado fabricando, de un tiempo acá, a un tipo de rico que ha perdido toda perspectiva sobre la realidad. Que vive en Shangri-La, en Xanadú, en Disneylandia, en la Isla de la Fantasía, en la Tierra de Nunca Jamás... donde ustedes quieran, pero no ciertamente en San José, Costa Rica.

Divorciado del dolor humano, del resto del mundo. Cuidado, amigos: estos especímenes han siempre proliferado durante las fases terminales de las grandes civilizaciones en decadencia. ¿Estamos ya nosotros ahí?

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