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Nueva ciudadanía

Actualizado el 22 de abril de 2012 a las 12:00 am

O darle la espalda a este nuevo signo de los tiempos o darle la bienvenida

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Desde Aristóteles sabemos que la corrupción o degeneración de la democracia es causada por la demagogia. Con una palabra más cercana en el tiempo, la politiquería es otro cáncer de la democracia.

La demagogia y la politiquería la implantan los gobernantes y los políticos en su desaforada lucha por la obtención y el mantenimiento del poder. Hace varios años, con cínica candorosidad, le oí decir a un político costarricense: “yo ahora solo conspiro a favor de mi mismo”. La principal meta de esa fauna que se ha apoderado de la vida política nacional es asegurarse su propia supervivencia.

Guardarse de los demagogos. Oigamos la advertencia que hacía Aristóteles a sus conciudadanos hace dos mil quinientos años: “Si el Estado es opulento es preciso guardarse de imitar a los demagogos de nuestro tiempo. Reparten al pueblo todo el sobrante de los ingresos y toman parte como los demás en la repartición; pero las necesidades continúan siendo siempre las mismas, porque socorrer de este modo la pobreza es querer llenar un tonel sin fondo”.

La política siempre ha estado –y siempre estará– colmada de gente carente de preparación y de nortes éticos. La única solución (parcial e imperfecta como todo producto humano) que hasta la fecha se conoce para enfrentar esta inevitable realidad de la condición humana, es la democracia. La red de leyes, instituciones y costumbres que ese sistema de gobierno ha venido incorporando, sobre todo en el último medio siglo, es el mejor antídoto conocido para disminuir la corrupción, la arbitrariedad y la inoperancia.

Resaca de muchos años. Soy de los que casi siempre cree que el presente es mejor que el pasado; pero estoy convencido que la calidad de la política costarricense actual es la más baja desde 1948. Este declive comenzó hace varias décadas: hoy vivimos la resaca de muchos años de años de cinismos, egotismos desaforados y de ineptitudes encumbradas a puestos de alta responsabilidad. El Partido Liberación Nacional es el que hoy acusa el mayor deterioro (en parte por el simple hecho de haber ejercido el poder en muchas ocasiones), pero otros partidos políticos le han hecho una fuerte competencia en esta cerrada lucha por la incompetencia, el cinismo y la corrupción. Una causa del serio deterioro que sufre hoy la política es la deserción de muchos ciudadanos de mayor calidad moral e intelectual, de esa actividad; ni la naturaleza ni la política permiten los vacíos y un enjambre de politicastros de barricada han llenado esos espacios; otra causa es la fuerte predisposición de los líderes a rodearse de incompetentes sumisos.

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Consecuencias dañinas. El generalizado deterioro de la política produce a la sociedad dos consecuencias igualmente dañinas: 1) una masiva desafección de los ciudadanos hacia los gobernantes, los políticos y la política, lo que a su vez ocasiona un aumento de la desconfianza y una severa disminución de la legitimidad de los gobernantes y de las instituciones, y 2) un severo deterioro de la calidad y cantidad de los servicios públicos. Una consecuencia refuerza a la otra. Este potente coctel es altamente peligroso en cualquier sociedad.

Existe, además, una generalizada sensación de que el país está entrabado, que no tiene rumbo, y que ha entrado en un posible cauce de colisión.

Como respuesta a este malestar ciudadano y deterioro de nuestro sector público, muchos costarricenses han mostrado el deseo de aportar (fuera de las redes tradicionales de la política) soluciones a la anomia y a la entropía política que estamos viviendo. Algunos proponen introducir modificaciones sustanciales de carácter constitucional o legal a la Costa Rica política. Bienvenidos esos remozamientos de pensamiento político.

La principal transformación. Sin embargo, aunque estoy convencido que esas reformas son útiles y necesarias (sobre todo a corto plazo en el campo electoral), creo que son insuficientes para desatascar la carreta nacional. Como bien dijo Tocqueville, “no son las leyes las que hacen, por sí solas, el destino de los pueblos”. Además, estos cambios requieren la aquiescencia del poder político, y éste carece hoy del prestigio y la fuerza necesarias para impulsarlos y aprobarlos.

En mi criterio, la principal transformación que requiere la nación costarricense para salir de este vacío político, de esta parálisis institucional y de esta severa crisis de confianza y legitimidad, es robustecer el espíritu ciudadano que ha permanecido aletargado desde hace muchas décadas. Veo incubándose el espíritu de un nuevo ciudadano, alerta, independiente, crítico, activo, empoderado, vigilante de todos los ámbitos del poder, dispuesto a ceder una parte de su tiempo al negocio de todos. Si realmente queremos que las cosas cambien, los costarricenses debemos dejar de ser los ciudadanos imaginarios que hemos sido; seamos sinceros: hemos vivido a espaldas de la vida comunitaria, la pequeña y la grande. Dejamos el país en manos de otros, y se lo llevaron para la casa.

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Transparencia y rendición de cuentas. La participación y el control ciudadano son las principales savias de la vida comunitaria, de la vida democrática. Ahí radica la principal diferencia entre una sociedad libre y una sociedad esclava. Nada purifica más el tejido social que la transparencia y la rendición de cuentas, pues todo organismo que cierra sus puertas al sol termina pudriéndose.

En nuestro país, como en muchas otras naciones, se está desarrollando un fértil caldo de cultivo que está haciendo germinar esta explosión de participación ciudadana; y esta nueva realidad política llegó para quedarse. En buena parte, la nueva legislación debe servir para darle adecuado cauce a esta nueva realidad ciudadana.

Gobernantes y políticos solo tienen dos opciones: o darle la espalda a este nuevo signo de los tiempos, al mejor estilo de las Marías Antonietas y los Luises XVI, o darle la bienvenida.

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