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Cultura popular

“Niñito Jesús que naciste en Belén...

Actualizado el 16 de enero de 2011 a las 12:00 am

... bendice este hogar y a nosotros también”, canta el rezador. Los fieles contestan mientras la imagen del bebé venerado sonríe desde el portal . Muchas cosas cambian, mas el rezo del Niño sigue siendo una tradición arraigada en muchos hogares costarricenses.

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Faltan pocos minutos para las siete de la noche. Afuera hace frío. Son los resticos de los vientos de diciembre que todavía se atreven a enfriarle la vida a más de un cristiano en esta cuesta de enero.

Curiosamente, en la casa de la familia Martínez Calderón ese viento de hielo se disipa. De eso se encargó doña María del Pilar, quien entró cargando las ollas calientes con el arroz arreglado para el rezo del Niño.

Dice su hija Ana Cristina, la señora de la casa, que su mamá tiene una mano especial para cocinar; sobre todo cuando se trata de grandes cantidades, como las requeridas ese sábado del rezo, cuando esperaban a más de una treintena de comensales.

En la cocina, todo es movimiento. Allí tampoco hay espacio para el frío. Por aquí el rompope; más allá, las cajetas de leche. Los refrescos están listos. Las galletas de coco también. Platos, vasos y cucharas. Todo en su lugar.

El portal luce más brillante que nunca ese sábado, como si la pequeña figura infantil que reposa en el pesebre presintiera que aquella fiesta es para Él.

El pasito es enorme. Ocupa una parte considerable de la sala. Las figuras de pastorcillos con sus rebaños se sombrean bajo el árbol de Navidad más grande que pudieron apartar en la finca de una tía.

La casa de los Martínez Calderón queda en el barrio La Carpintera, en Tres Ríos de La Unión, a la vuelta del cementerio.

Aquel es un barrio fervorosamente católico en el cual, durante diciembre, muchos de los vecinos participan en las tradicionales posadas.

Enero es el mes de los rezos del Niño. En esta ocasión, le tocó el turno a los Martínez. Dentro de poco será el rosario donde los Méndez, y antes del día de la Candelaria (2 de febrero), los Chavarría quemarán pólvora para celebrar el suyo por todo lo alto.

Como un goteo que se transforma en chaparrón, tíos, primos, sobrinos y amigos de los Martínez y de la numerosa familia Calderón empiezan a llegar y a ocupar las sillas que los hijos de Ana Cristina y Mauricio ayudaron a colocar en la sala y el comedor.

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A esta familia le llevó unos 22 días organizar todo: invitar a la gente, confirmar la asistencia, preparar el menú para la fiesta del portal, y, por supuesto, pedir a Álvaro Alcázar que les viniera a cantar el rezo.

Los Alcázar son famosos en La Unión y alrededores por sus rezos del Niño. La música la llevan en la sangre y la devoción, en el corazón. Generalmente, los rezadores no cobran pero en el caso de los Alcázar se pide una suma de ¢25.000 para pagar el costo del traslado y el mantenimiento de los instrumentos musicales.

El rezo de aquel sábado fue el tercero y el último del día, en una temporada que se considera de alta demanda para los rezadores.

En esta ocasión, los Alcázar visitaban a viejos amigos a quienes les han hecho este rosario desde hace casi un decenio.

Con arraigo

El rezo del Niño es una tradición de la cual se guardan registros aquí desde el siglo XVIII.

Estudiosos de la cultura popular, como Ángela Ulibarri, aseguran que es una tradición totalmente costarricense.

Otros, como el padre Alfonso Mora Meléndez, vicario episcopal de la pastoral litúrgica de la Arquidiócesis de San José, dicen que también se practica en otros países, pues se trata de una costumbre muy católica.

Lo cierto es que todavía hoy, familias como esta de La Unión, en Cartago, conservan la costumbre por fe, y la preparan y celebran con gran devoción.

Se podría afirmar que es una muestra de agradecimiento por las bendiciones recibidas en el año anterior, y al mismo tiempo, una súplica fervorosa para que el año nuevo traiga salud, paz y prosperidad.

También en las comunidades rurales el rezo del Niño tiene un arraigo muy fuerte. Se hacen grandes celebraciones, con bombetas y comilonas.

En la ciudad, la rutina del rezo se transforma. Hay quienes lo rezan con la radio y en el templo –para reducir los costos y el tiempo que conlleva organizar esta actividad–, y hasta han aparecido empresas que ofrecen el servicio completo con algunos cambios que incluyen el canto de mariachis, un coro y la comida.

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La Iglesia no considera este rezo como una obligación de los católicos como sí lo es, por ejemplo, participar cada domingo en la misa. Solo recomienda formas para hacerlo, entre ellas, el período para rezarle al Niño y la fecha para guardar el portal.

Según esas pautas, lo ideal es hacer el rezo a más tardar el día de la Candelaria (2 de febrero), cuando se celebra la presentación de Jesús en el templo y la purificación de la Virgen María.

Fervorosos

Esta familia de La Unión le reza al Niño junto a sus seres queridos, amigos cercanos y vecinos. Porque el rezo del Niño –dicen los entendidos– es una devoción familiar.

En el caso de los Martínez, los preparativos empiezan muy temprano: colocaron seis sillas frente al portal y tres velas pequeñas, que fueron encendidas minutos antes de iniciar el rosario.

Las seis sillas son para Mauricio Redondo y Catherine Rodríguez, quienes llegaron con sus guitarras. Álvaro Alcázar se sienta en una junto a su laúd. Las otras son para las pequeñas Jazmín Rodríguez (14 años), y Nazira (14 años) y Nitza Alcázar (12 años), responsables de rezar varios misterios y acompañar los cánticos con cascabeles, tambores y maracas.

Siempre hace falta afinar un poco los instrumentos antes de empezar. Así, se da un poco más de tiempo para que otros lleguen a la cita. Mientras afinan, la gente habla. “Ay, mirá, tanto tiempo sin saber de vos. ¿Qué te habías hecho?”, se escucha por ahí. Hasta hubo unos minutos para contar la historia de Ricardo, el gato, y para hablar del perro de raza collie que, más tarde, “ladró” los villancicos.

Todo cambia en el instante en que Álvaro se pone serio. Es cuando las voces empiezan a bajar de volumen.

Con voz fuerte, el rezador ordena: “Todos de pie”, y los asistentes obedecen. “Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos...” empieza a rezar, liderando un portentoso coro de voces.

Nazira y Nitza son dos de los cuatro hijos de Álvaro e Ileana. Las pequeñas lo acompañan a todos los rezos porque les gusta. En realidad, se ve que lo disfrutan.

Jazmín (prima de las niñas), Nazira y Nitza rezan cada una un misterio de los gozosos, que son los recomendados por la Iglesia para estas ocasiones. Rosario en mano, llevan una cuidadosa cuenta de las diez avemarías.

Sus voces le dan un toque especial al rezo. Son niñas rezando y guiando a un grupo de adultos –en su mayoría–, por las cuentas del rosario.

La música es el plato fuerte y hace que el rezo fluya como un río, rápido y armonioso.

Los niños lo disfrutan mucho. José Andrés Conejo Monge, de 10 años, no despegó sus ojos del laúd que tocaba Álvaro.

Se portó muy bien, siguiendo las avemarías y participando de los cantos. Los rezadores repartieron folletos entre los asistentes para asegurar la participación de un buen grupo de voces. No quedaron defraudados.

Los sonoros cascos del burrito sabanero son recreados con ayuda de cascabeles y toctós. La gente canta emocionada y se apunta a marcar el ritmo con sus pies. Un triángulo de metal brillante se transforma en el sonido de una campana en manos de Nazira, y la gente canta fuerte: “¡Campana sobre campaana, y sobre campana uuuna...!”

Al finalizar cada misterio, elevan una súplica: “Niñito Jesús que naciste en Belén, bendice este hogar y a nosotros también”.

No falta quien llegue tarde al rezo. Tampoco alguno que entrecierre los ojos y tararee, medio dormido, oraciones y cantos.

Los más jóvenes, como casi siempre, se resguardan en la cocina, lo más cerca posible de los bocadillos. También –hay que ser justos– están listos para ayudar en lo que se pueda a la abuela María del Pilar, quien empieza a mover ollas y a dejar todo en su punto, en espera de los halagos que más tarde le lloverán a raudales.

Conforme se acerca el final, la actividad en la cocina se incrementa. Muy discretamente, se empiezan a colocar los bocadillos para tenerlos listos y servirlos a los invitados apenas se dé la bendición.

Con la llegada del quinto misterio gozoso (El Niño Jesús perdido y hallado en el templo), se aproxima uno de los momentos más emocionantes del rosario.

Álvaro aprovecha para interpretar un villancico costarricense, Mi niño campesino. Es cierto lo que explica: la letra de esa canción habla de los niños de campo, pobres y trabajadores. “Es un mensaje muy actual”, dice.

El Adeste fideles alcanza un tono casi celestial. De tres en tres, llega el final del rosario, con las letanías, que, a diferencia de la forma tradicional, son cantadas por Álvaro quien, además, posee una memoria impresionante. Sin embargo, por aquello, Jazmín le sostiene un librito con las letanías, para que él se concentre en su laúd y en el canto.

El rezo no puede finalizar sin decir, a voz en pecho, el Alabado. Es el momento en que todos los presentes se arrodillan y bajan su cabeza, como si aquella sala se hubiera convertido en un lugar santo. Conmueve.

En ese instante, Álvaro se levanta y entona, con su grupo, Dios está aquí, que eriza al más incólume.

Ha pasado casi una hora entre rezos y canciones; el rosario se pasó volando.

De la cocina sale como una exhalación Tatiana Calderón. Lleva una bandeja llena de vasitos con rompope y platos de galletas, el primer bocadillo para los invitados.

Luego, reparte la ensalada y el arroz con carne que Melissa Gamboa y Sigrid Martínez ayudan a servir con una rapidez impresionante.

Los rezadores descansan. Sus manos están en reposo. Los instrumentos musicales duermen en sus estuches.

Es el último rezo de un día que comenzó temprano. A primera hora de la tarde, rezaron en Moravia con el mismo fervor.

A las cinco de la tarde, le rezaron al Niño en el paraninfo de la Universidad Estatal a Distancia (UNED), donde Álvaro trabaja como analista en la proveeduría. Ahora, es tiempo de volver a casa, en San Ramón de Tres Ríos.

Los espera una lista larga de rezos del Niño que se prolongará, incluso, más allá del límite del 2 de febrero.

Esta es su temporada alta para cerrar la Navidad. Probablemente, lleguen a rezar una treintena o más de rosarios, como el de aquel sábado en casa de esta familia cartaginesa.

Colaboraron con esta información los corresponsales Carlos Hernández, Marvin Gamboa e Ingrid Morales.

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