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La Merced

Mudar de distrito

Actualizado el 06 de mayo de 2012 a las 12:00 am

La Merced El viejo y derruido templo dejó el nombre en su ubicación original

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En 1841, durante la administración de Braulio Carrillo, se estableció la primera división administrativa de la ciudad de San José en dos ‘barrios’ o distritos, partiendo de la calle principal (hoy avenida Central): el del Carmen, al sur, y el de La Merced, al norte.

Efectivamente, en esa época el oratorio del Carmen estaba en la manzana situada al este de la actual catedral, mientras que la ermita de La Merced se localizaba en el solar suroeste de la manzana que hoy ocupa el Banco Central, en calle 4 y avenida Central.

En esa, su ubicación original, un grupo de josefinos devotos de Nuestra Señora de las Mercedes –patrona de Barcelona– había levantado en 1816 un pequeño oratorio dedicado a esa advocación mariana.

En pleno centro. A fines del siglo XVIII, otorgado el monopolio del tabaco a Costa Rica por la corona española, las autoridades locales decidieron construir la factoría –edificio destinado a atender lo relativo a ese cultivo–, en la manzana que fuera la plaza original de San José, entre avenidas central y 1 y calles 2 y 4.

Para ello, se ocuparon tres cuartas partes de esa manzana, quedando libre por mucho tiempo el solar suroeste. Cedido ese terreno por el cabildo, el dicho grupo de devotos josefinos se comprometió a pagar de su bolsillo todos los gastos de construcción del oratorio.

Al respecto, el investigador Jorge Sáenz Carbonell anota: “El edificio, según los planes aprobados, tendría siete varas de altura, diecisiete varas y media de ancho, y media cuadra de longitud, con excepción de dos varas reservadas para el atrio y de tres que quedarían libres entre su parte posterior y el edificio de la Factoría” ( La iglesia de la Merced ).

Obra que sabemos modesta, tenía una puerta principal flanqueada por ventanas en la portada, dos “puertas de perdón” –o laterales– y seis ventanas por costado. De paredes de adobes y techo de tejas de barro sobre un maderamen, su piso era de tierra apisonada, y de madera sus puertas y ventanas, que habrán tenido barrotes si acaso, que no vitrales.

En 1822, habiéndole causado serios daños a la parroquia el terremoto del 7 del mayo, se decidió clausurarla durante las reparaciones necesarias y que La Merced jugara el papel parroquial. Así, entre 1822 y 1827, no solo estuvo ahí la imagen de San José, sino que adquirió cierto protagonismo histórico durante esos primeros años de vida independiente.

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Sin embargo, entonces se evidenció que aquel edificio también había sufrido quebrantos con el mismo terremoto, por lo que, acabadas las refacciones en la iglesia parroquial, hacia 1830 se erigió de nuevo la ermita de La Merced.

Como anota Sáenz Carbonell, aunque construido de calicanto, el nuevo templo dejó mucho que desear: “Según puede verse en un dibujo de la primera mitad del siglo XIX, (') era poco menos que un galerón entejado de puerta única, sin torres, con un atrio que parecía corredor de pulpería de pueblo y de cuyo cielorraso pendían dos campanas”.

Hacia la parroquia. Pese a aquella sencillez, pasada la contienda civil conocida como la Guerra de la Liga, en 1835 le tocó a La Merced albergar a la venerada imagen de Nuestra Señora de los Ángeles, que había sido traída a San José como trofeo de guerra, al dejarla los cartagineses olvidada en su huída frente a las tropas josefinas.

Aunque no está claro si se trataba de la original, o de una de las réplicas llamadas ‘peregrinas’, aquella imagen de la Negrita no fue devuelta a Cartago sino en 1842, por órdenes de Francisco Morazán. Tres años después, el oratorio del Carmen se convirtió en un templo, ya en su ubicación actual –calle Central y avenida 3–.

Mientras, beneficiada por la exportación de café como toda la ciudad, en la década siguiente La Merced experimentó notables mejoras. Se la dotó de una nueva portada, a la que cuatro pilastras dividían en tres secciones: la del centro con una doble puerta y coronada por un frontón simple pero de remate almenado, las laterales con ventanas de arco y torres de campanario cada una.

Al edificio resultante –armónico dentro de un barroco al que cabe calificar de pobre–, contribuían a resaltarlo dos plazoletas: la propia de cada iglesia en la tradición urbana hispanoamericana, ubicada al frente, y la resultante de la demolición de la Factoría de Tabacos, en su costado norte.

Por esa razón, cuando se definieron los cuatro distritos urbanos del cantón –a partir de la avenida Central y de la calle Central como ejes–, en 1868, la doméstica escala urbana de entonces determinó que se nombraran por sus edificios más destacados: la iglesia de Nuestra Señora del Carmen al noreste, la Catedral al sureste, el Hospital San Juan de Dios al suroeste y la iglesia de Nuestra Señora de la Merced al noreste.

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En 1871, al emprenderse la reconstrucción de la Catedral, la iglesia de La Merced asumió temporalmente esa condición. Sin embargo, no fue sino diez años después, al dividirse en dos la antigua jurisdicción eclesiástica de San José, que adquirió Nuestra Señora de la Merced su condición de parroquia, junto con la de Nuestra Señora del Carmen.

Cambiando de asiento. Pasados diecisiete años, el 30 de diciembre de 1888, un nuevo terremoto destrozó muchas casas y varios edificios importantes de San José, entre ellos, la iglesia de marras, por lo que se decidió reconstruirla en otro sitio.

Además, interesado el Gobierno en el predio que ocupaba, en enero de 1893 lo cambió a la Iglesia por otros terrenos al suroeste del casco urbano, en el distrito Hospital. El nuevo asiento fue una despejada manzana a 500 varas al este del parque Central, donde se ubicara años atrás la llamada ‘plaza del sesteo’, por dedicarse a ese menester.

Para entonces, en el ambiente cultural de países como Inglaterra y Alemania, el Romanticismo abogaba por retomar las formas medievales del gótico, como reivindicación de lo que consideraban lo nórdico frente a la mediterránea arquitectura neoclásica. Siendo alemán, no extraña por tanto que el obispo Bernardo Augusto Thiel compartiera ese gusto y encargara así el nuevo templo.

Usualmente atribuido al ingeniero-arquitecto Lesmes Jiménez Bonnefil –cuya cercanía con Thiel era por demás conocida–, el autorizado cronista josefino Francisco María Núñez sostiene más bien que el autor de sus planos fue el también profesional Jaime Carranza, “de grandes capacidades arquitectónicas” ( El San José romántico, bullanguero y peleador de principios de siglo ).

De ahí que, por contemporizar, se afirme hoy una autoría compartida del diseño que empezó a construirse en junio de 1894, con ocho mil libras esterlinas donadas por el gobierno. Así, con excepción de los arbotantes o arcos aéreos, pronto se vio que La Merced exhibía buena parte del repertorio formal de la arquitectura gótica.

No obstante, al ser construido básicamente con estructuras prefabricadas de hierro y muros de ladrillo, en lugar de la piedra canteada y la madera aserrada con técnicas medievales, pertenece más bien al finisecular movimiento neogótico reseñado.

Inaugurada hacia 1900 donde hoy la apreciamos, su riqueza volumétrica, la luminosidad interna tamizada por valiosos vitrales y su elevado emplazamiento, hacen de Nuestra Señora de la Merced, posiblemente, el más logrado y vistoso templo católico de la capital. Atrás, recuerdo de su mudanza, dejó su nombre mismo en el distrito donde se ubicó originalmente.

El autor es arquitecto, ensayista e investigador de temas culturales.

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