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Un Muchacho de barrio

Actualizado el 10 de febrero de 2013 a las 12:00 am

Cuando escribe teatro, sus personajes bromean incluso en la tragedia. Se intuye que así también es Arnoldo Ramos, actor, director y dramaturgo sin complejos de inferioridad ni delirios de grandeza

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Un Muchacho de barrio

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Arnoldo Ramos quiere que lo quieran; o sea, es una persona normal. Él era un chico de kínder cuando aprendió que la gente admira a los actores. En una obra conmemorativa de la batalla de Rivas, él deseaba ser Juan Santamaría, pero de niño era rubio y le dieron el papel de William Walker.

“Armaron una batalla. Cuando me morí, quién sabe cómo lo hice, pero la gente se rió. Yo sentí que era conmigo, entonces me volví a levantar y me volví a morir' como siete veces. Y claro, entre más me levantara para volverme a morir, la gente se reía más”.

Ese fue el primer flechazo de Ramos con la interpretación. Ya consolidado en su carrera entendió la diferencia entre el cariño de la gente por un personaje y el aprecio por la persona.

“Al que conocen es al personaje y te tratan como él. A quien admiran es a una ficción, no a vos, y a mí me gusta que me quieran por quien soy. Cuando entendés eso sabés que la fama es una estupidez”.

Arnoldo Ramos es un profesional que asume sin complejos el llamado teatro comercial, y le entra sin miedo a las artes dramáticas escritas con mayúscula. Él es actor y director, dramaturgo y docente. No adopta poses afectadas cuando usa cualquiera de estos sombreros. De joven, algún colega lo llamó “vendido” por actuar en sketches cómicos para la televisión. Se ganó el reconocimiento popular con su papel de El Nene en la recordada serie El Barrio , así como el respeto del medio artístico por sus actuaciones y sus obras (ganó el Premio Nacional en el 2011 por su obra Do, re, mi disonante , entre varios otros).

Creció, nómada, en los barrios de San José. Vivió una infancia sin zapatos, a veces robando lechugas y tacacos de las huertas vecinas para matar el hambre. Es un “tico de a pie” que encontró un oficio en el arte.

A escena

Arnoldo se sienta en el sillón de su casa en una mañana cualquiera y empieza a hablar. Durante dos segundos se le ve un poco desorientado, porque había olvidado la cita para la entrevista, pero en el tercer segundo está en su mejor forma de conversador. Es como un primo “jugado” que cuenta tortas y hazañas con las palabras y las palabrotas del barrio.

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Habla de sus inicios en el Taller Nacional de Teatro, donde fue estudiante, conserje, director, y todos los cargos en el medio. Relata su vinculación con el Teatro Municipal de San José, donde creó una complicidad a prueba de tiempo con su amigo Melvin Méndez. Cuenta su primer experiencia televisiva con La lucha de Lucho , y su posterior aparición en El Barrio , en 1997. Habla de su temprana incursión en la escritura dramática, y del trabajo con su Colectivo Escénico Brecha.

Durante su charla, suelta nombres que sirven de peldaños en su historia personal, que corre paralela a la del teatro de los últimos 25 años. Por ejemplos, menciona a sus maestros Eugenia Chaverri, Gladys Catania y Luis Fernando Gómez, “a los que le agradezco; no tengo tanto para pagarles”.

--¿Sigue sintiendo nervios antes de entrar a escena?

Para mí, esto siempre ha sido un juego, aunque uno se entrega de una manera profesional. Diez segundos antes de entrar estoy nerviosísimo, pero entro al escenario y se me olvida todo. Desde joven, cuando llegaba al teatro, yo soñaba sentir al público; es una energía muy especial. El día que desaparezcan los nervios será peligroso.

--¿Con cuáles colegas siente que ha tenido una química especial?

Le tengo mucho cariño a Melvin Méndez. Juntos, disfrutábamos horrores en el Teatro Municipal. Ya somos como esas familias que siempre repiten el mismo cuento y se ríen como si fuera la primera vez que se cuenta. Yo recuerdo El médico a palos , un montaje que dirigió Juan Carlos Vásquez. Melvin y yo lo disfrutábamos tanto..., hacíamos un conecte sabroso. También me pasa eso con Juan Madrigal (Juan Cuentacuentos), pero la vida no nos ha permitido volver a repetirlo.

--Usted gozó de una celebridad extraordinaria por su papel de El Nene, en El Barrio. ¿Cómo se tomó esa fama?

Uno pasa por varias etapas. Primero, está la etapa estúpida en la que uno se cree famoso. Eso es normal e inherente a la juventud. Muy rápidamente, al menos en mi caso, me di cuenta de que es una estupidez. Costa Rica es como un barrio. Eso sí, yo agradecí a la gente respetuosa que se acercaba a mí; lo disfrutaba mucho.

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--¿Cree que una celebridad de ese tipo hoy sería posible?

Si la gente se identifica con un héroe propio, como Bryan Ruiz, es porque representa lo que todos los ticos orgullosamente sienten que deberían ser. Existe una identificación afectiva por la cual todos somos del Fulham o del Twente. Todos se identifican también con (el atleta) Leo Chacón. Ven esa fuerza con que se levanta después de caer en las Olimpiadas y sienten que ellos se levantaron también. Si hoy saliera un programa donde se sienta ese orgullo, la gente también se identificaría.

--¿Qué cree que tenía El Nene que provocó esa identificación?

El Nene era un cascarrabias, pero era supersolidario. La gente reconoce eso porque en los barrios siempre hay alguien así. Si hoy se sacara una serie con esas características, la gente respondería. El problema es que están sacando otro tipo de cosas, como Combate que, con todo respeto, es una copia de un programa chileno. Para esa gracia ponés TV Chile, y ahí lo ves.

--Usted fue criticado cuando entró a hacer televisión, en los tiempos de ‘La lucha de Lucho’. ¿A qué se debió?

Hay un menosprecio de cierta gente del gremio. Nuestra profesión tiene muchas facetas y actores. ¿Vos decís que actuar en televisión haciendo sketches es fácil? Pues hacelo, y después hablamos. ¿Nosotros ejercemos nuestra profesión para vanagloriarnos, para lo que yo llamo el club de los elogios mutuos, o cuál es nuestra profesión? Velo en otros países: un actor te hace desde Shakespeare hasta lo que sea.

--¿Hay una división entre el arte y el entretenimiento?

Cuando yo hago arte habitualmente no media dinero, lo hago porque es el alimento de mi alma y va a alimentar el alma de los demás. Cuando estoy entreteniendo a la gente, la hago reír, llorar, tal vez provoco que piense un poco, y lo hago de la manera más profesional posible. Al final, quien determina qué es arte y qué es entretenimiento es el artista.

--¿Cuál ha sido su acercamiento con el teatro comercial y el artístico?

Yo, como he andado en todas las corrientes, de repente nadie me quiere o de repente todos me quieren. Hace poco estuve actuando con María Torres en una comedia en la que me divertí horrores. Se llama Toc toc , es una comedia liviana, francesa, que está todavía en cartelera. María me pagó biensísimo, me trataron como a un rey, y yo lo hice con toda la profesionalidad y la alegría del mundo. Por otra parte, también saqué de mi bolsillo para hacer una obra mía el año pasado, 1969: Historia de una casa . No me gané un cinco, pero me llenó. Igual he hecho teatro experimental y teatro clásico.

--Como espectador, ¿qué opina de la oferta de teatro actual?

A mí me parece maravilloso lo que pasa ahora, porque hay para todos los gustos. Antes había dos o tres funciones y pare de contar. Ahora usted ve todo lo que quiere, desde el teatro más experimental hasta la comedia más desbaratada, y eso es bueno para el movimiento.

”Siempre he dicho que uno es mejor hijo cuando es padre; uno también es mejor espectador cuando se ha subido al escenario. Siempre trato de ver lo mejor en cada obra. Como yo sé lo que es estar ahí, yo soy un buen espectador; pero hay gente que llega a despedazar. Yo prefiero pensar que voy a ver una cosa maravillosa, que la voy a disfrutar muchísimo, y que ojalá le vaya bien a mis colegas, porque cuando les va bien a ellos, me va bien a mí.

Intensidad

Arnoldo tiene 47 años ahora. Dice que a los 20 tenía toda la fuerza del mundo; los 30 era la edad de la prepotencia, de creerse “dueño del mundo”. Los 40 los toma como una década sabrosa, de calma, de disfrutar y de ayudar a la gente.

“En mi vida yo he sido muy intenso y, por eso, también me he jalado muchas tortas, pero ahora vivo con intensidad los momentos que yo quiero, no los que me da la vida”.

El 1.º de enero encontró a Arnoldo Ramos subiendo el cerro Chirripó. El actor confiesa que sufrió a partir del octavo kilómetro porque tuvo un entumecimiento masivo de los músculos. Sin embargo dice que también “iba disfrutando cada jalón” hasta llegar a Base Crestones.

Arnoldo recrea la conversación que tuvo con su pareja al llegar a destino.

–Mae, llegaste muy bien–, le dijo ella.

–¿Pero cómo me decís eso? ¡Estoy hecho mierda!

–Sí, pero tu alma está intacta. ¿Te diste cuenta de que no te quejaste?

“Esa intensidad es la que escojo ahora”, dice Arnoldo, y agrega: “Cada paso que doy, duele, pero disfruto cada segundo”. 1

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