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Premio Nobel

Mo Yan pone a China en el canon de hoy

Actualizado el 14 de octubre de 2012 a las 12:00 am

Premio Nobel El novelista es parte de una generación de escritores chinos que ha vivido dramas intensos

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                         aparece en una presentación de sus libros en octubre del 2009 en la Feria del Libro de Fráncfort, Alemania.Mo Yan
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aparece en una presentación de sus libros en octubre del 2009 en la Feria del Libro de Fráncfort, Alemania.Mo Yan

Buena parte de de los escritores chinos actuales nacieron en el período previo a la Revolución Cultural (1966-1976), o bien durante ella. La referencia histórica no es casual pues es una marca ineludible, que actúa como línea divisoria, histórica y social –sobre todo, cultural– de la China contemporánea, la de la segunda mitad del siglo XX y de inicios del siglo XXI.

Para darnos cuenta de ello basta con mirar la pintura que se encuentra en las modernas galerías de Pekín, como es el caso del centro artístico 987, o las galerías de Shanghai.

El arte chino de hoy pasa por la mirada que los artistas lanzan sobre la Revolución Cultural, absolutamente ineludible. La literatura no podía ser la excepción, y ahí tenemos no solo obras de Mo Yan (1955), sino también de autores como Geling Yan, Anchee Min, Yan Lianke y otros.

Mo se inscribe en esa tendencia, con la característica de que lo hace de una manera indirecta, evasiva, a través de una recreación de las costumbres y espacios de la China tradicional ( Sorgo rojo , 1987), de una mirada a períodos y acontecimientos históricos ( Grandes pechos, amplias caderas , 1996), o de espacios “alucinantes” ( La república del vino , 1992) –para utilizar el término empleado por la Academia Sueca, que otorga el Premio Nobel– fuera de las grandes urbes que constituyen Pekín y Shanghai.

Sátira implacable. La narrativa de Mo no es urbana en sus referencias concretas, y recurre continua y placenteramente al mundo de las tradiciones y leyendas del campo; a los motivos y técnicas de la oralidad; en fin, a lo que la imaginación colectiva china considera las bases de su identidad primigenia, cosmogonía en la que Mo se mueve y se siente completamente a gusto.

Se siente a gusto en ese universo –vale aclarar– en cuanto a estrategias narrativas; en ese mundo campesino, primario, elemental, cuyos referentes puede recrear magistralmente porque pertenecen a su propia experiencia.

Sin embargo, a partir de esa base –en la que todo chino puede reconocerse por su fuerte apego a la cultura y su respeto ritual a las costumbres–, Mo elabora metafóricamente una sátira implacable contra los vicios de la China contemporánea; contra la corrupción imperante en sectores ligados a la política y a la economía; contra las antiguas supersticiones.

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Mo no duda en presentar las supersticiones como una especie de experiencia surrealista, alucinante, violenta, de una China en la que conviven muchos mundos simultáneos y en la que a menudo cuesta diferenciar entre lo real, lo mágico, lo extraordinario y lo inconcebible, y lo hipermoderno y lo primitivo.

No es casual, entonces, que se haya señalado la relación –alimentada por el mismo Mo– de este autor con las raíces más reconocibles del realismo mágico latinoamericano, de manera particular con Gabriel García Márquez.

Tampoco sorprende que su ácida crítica política y de inermidad individual ante los aparatos políticos dominantes haya sido ligada con la obra de Kafka –crítica adobada con fuertes dosis de sexo, violencia, política y muerte–.

He allí una mezcla letal, con la que, en ocasiones, los aparatos chinos de control político no han sabido muy bien qué hacer, por lo que algunas de sus obras fueron inicialmente censuradas y sacadas de circulación; tal fue el caso de Sorgo rojo y de La república del vino .

Premio generacional. ¿Consecuencias políticas y culturales del Premio Nobel otorgado? Sin duda, los chinos están felices por esta nueva medalla de oro, ganada ahora en el campo cultural. El mundo verá que China no es solo éxito económico, proezas deportivas ni la gran fábrica de chucherías, sino que –al lado de la admiración que sus construcciones milenarias despiertan– hay un arte y una literatura pujantes como pocas, imposibles ya de ignorar, en un mundo que hoy no puede prescindir de vivir la experiencia china, como dijo el escritor hebreo David Grossman.

Además, se trata de un premio políticamente muy oportuno para la actual coyuntura china pues los libros de Mo –como hemos intentado mostrar– son profundamente críticos de muchos aspectos de la China contemporánea.

La gran diferencia con otros escritores chinos es que Mo no es –estrictamente hablando– un disidente: es alguien que ha escrito su literatura desde dentro, desde la misma China, bajo los mismos aleros del Partido Comunista. Eso lo distancia, vale decirlo, de Gao Xinjian, premio Nobel del 2000 y a quien el gobierno chino no dio entonces ningún crédito ni reconocimiento.

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Otros escritores chinos se verán beneficiados con el premio, que no es solo para una figura individual, sino para toda una generación de escritores. El premio habrá de producir un “gran paso adelante” –para utilizar la expresión de Mao Zedong– en las políticas culturales, y en consecuencia, una mayor apertura de China hacia sus creadores. ¿Es este también un objetivo “colateral” del premio otorgado a Mo? Por lo menos es válido pensarlo.

Mientras tanto, con una frase muy china, Mo Yan ha dicho que se esforzará más en la creación de nuevas obras y que trabajará más para agradecer al mundo el premio recibido.

Ese es Mo, tímido, quien, más que con palabras, habla con sus obras, pero del que de hoy en adelante se habrá de hablar mucho, y muy bien, para beneplácito de la república universal de las letras.

El autor es profesor en la Escuela de Literatura y Ciencias del Lenguaje, y decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional. En el 2009 y el 2010 fue profesor invitado de la Universidad de Estudios Internacionales de Pekín

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