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Misión de los poetas de ahora

Actualizado el 19 de abril de 2013 a las 12:00 am

Hoy, otros jóvenes deben rechazar las balas y recoger las palabras nunca pronunciadas.

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Hubo una época en América Latina –quizá de cincuenta años– marcada por diferentes esperanzas renacidas. Las dos guerras mundiales del siglo XX provocaron el nacimiento de nuevas ilusiones, a pesar de millones de seres humanos asesinados. América Latina no fue centro de acción militar pero recibió la contrastante repercusión espiritual de la tragedia. Los lirios brotando del pantano. Entonces universalmente se pensó en la posibilidad de la paz permanente y en la justicia como forma de vida.

Primero fue la palabra. Como respuesta, los reclamantes recibieron el golpe brutal, la cárcel y el fusilamiento. Emergió la violencia del pueblo consecuencia de la violencia desde el poder. Jóvenes, miles de jóvenes cambiaron los libros por las balas. Nació la guerra de guerrillas a lo largo del continente americano.

Todos los hermosos sonidos fueron silenciados, incluida la palabra cantada. Los poetas ocultaron su lira y se refugiaron en los bosques; formaron la vanguardia.

Pero la posibilidad de un mundo mejor no se había presentado. Era prematura la ilusión y la democracia estaba aún lejana. Los jóvenes poetas fueron masacrados, pero dejaron flotando en el éter cuatro palabras sagradas: belleza, amor, paz y fraternidad.

Palabras no pronunciadas que continúan allí revoloteando en las esperanzas marchitas y la fe en un sistema político que toda una generación no pudo concretar.

Hay que recoger esas palabras, sacarlas de la oscuridad de las mazmorras, del cobarde silencio cómplice, del vergonzoso paredón de fusilamientos, del estadio de futbol convertido en multitud de inocentes que las satrapías arrastraron para la extinción total. Hay que recoger esas palabras, sacarlas de la oscuridad, permitirles que brillen de nuevo maravillosamente. Los poetas de ahora tienen esa obligación.

Si unos jóvenes creyeron que podían conquistar la libertad cambiando palabras por balas –y en ese intento perecieron– hoy, otros jóvenes deben rechazar las balas y recoger las palabras nunca pronunciadas.

Llegó la hora de resucitar de nuevo la esperanza. Es posible volar a las regiones siderales donde viven los justos masacrados. Pero solo los poetas pueden hacerlo.

De todo esto conversé, hace algunos días, con Manoel de Andrade, poeta brasileño a quien conocí hace cuarenta años, aquí en San José. Iniciaba un largo peregrinar por estas tierras continentales de valles, cordilleras, ríos, lagos y mares, tan eternamente pisoteadas por todos los ladrones de libertades y derechos de los pueblos. Lo conocí, le organicé un acto en casa de un amigo para recoger algo de dinero y continuar así valientemente denunciando.

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Pocos años después, alguien me lo dijo casi llorando: “A Manoel lo fusiló Pinochet en Santiago”. Mi esposa y yo, entonces, sí que lo lloramos, y lo enterramos para siempre' si es que se puede enterrar a un poeta. Pero la conferencia que dictó la grabé y reproduje decenas de veces entre grupos de jóvenes revolucionarios en Costa Rica, en Chile, en Guatemala, en Honduras y en el inmenso y profundo Brasil.

De pronto escuché el grito de mi esposa: “¡Enrique, Manoel de Andrade está aquí, nunca murió!” Había logrado escapar de las garras sangrientas de Pinochet, para continuar su transitar hasta que llegó la democracia a Brasil. Alegremente regresó a su patria refugiándose en un lejano pueblecito para disfrutar de la libertad por primera vez.

Después de tantos años, pasó de nuevo por Costa Rica; alguien le dio mi número telefónico y me llamó. Entonces volvimos a llorar, pero ahora de alegría. Manoel había resucitado. Nos encontramos en el hotel. Éramos distintos. Quizá, de habernos encontrado en otras circunstancias, no nos hubiéramos reconocido. El tiempo hace estragos. Pero volvimos a coincidir espiritualmente. Continuábamos hablando el mismo idioma; idénticas palabras resentidas pero siempre fervorosas. El fuego batallador y la fe en el destino de mentes y espíritus abiertos para toda la humanidad estaban presentes. Habíamos cambiado pero permanecíamos siendo iguales, y ahora, en una América distinta. Hay mayor razón para la esperanza. Talvez, hoy, no sea prematura la ilusión por la democracia.

Pero todavía quedan las palabras perdidas de todos los poetas asesinados que decidieron entregar sus vidas en nombre de la libertad.

“Manoel –finalmente le dije– aún cuando ya no eres joven tienes que recoger esas palabras, aquel grito de rebeldía prematuro ¡Recógelas Manoel, con esa doble autoridad que tienes por haber nacido poeta, por haber fallecido y por haber finalmente resucitado. Recógelas Manoel, y publícalas con ritmo de victoria!”.

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