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Mensajes inspirados pero ¿inútiles?

Actualizado el 23 de abril de 2013 a las 12:00 am

Pobre Costa Rica, sin discernimiento para enfrentar horrores criollos

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Hay dos tipos de mensaje en las últimas dos semanas relevantes para comprendernos mejor como cuerpo sociopolítico, pero, además, para entender lo que fácilmente –en mi óptica interpretativa, por supuesto– Costa Rica podría lograr con sólo un cambio de visión, actitud y liderazgo de nuestros dirigentes políticos, empresariales, sindicales, mediáticos y sociales.

Don Julio Rodríguez, refiriéndose el 10 de abril aquí mismo al “fracaso de la desconcentración” de la CCSS y a otra serie de “reiterados escándalos de gestión...”, concluye que no basta solo “salvar esta institución sagrada, sino poner bases firmes, en todo orden, para que este sunami no se repita”. De antología analítica y premonitoria: “Solo se evitará su repetición si los responsables y culpables, por acción y por omisión, de este desastre técnico y ético salen de sus madrigueras y dan cuenta de su fracaso... ¿Cómo es posible que esto quede impune? ¿Cómo es posible que, por muchos años, se haya actuado con tanto desparpajo?”.

Mi respuesta mental inmediata, fue: léase mi artículo ¿Seré solo yo, Maestro?, del 15 de marzo aquí mismo, donde resumo mis inquietudes analítico-interpretativas de los últimos 38 años sobre los mismos fenómenos. En él reitero los factores, procesos y personajes u órganos cuyos nombres y actuaciones son claramente reconocibles en el contexto de cada gran incumplimiento de deberes que refiero y que he harto documentado en múltiples textos y en esta misma página (válidos inclusive para comprender mejor el por qué del fiasco de la “desconcentración” de la Caja).

Sin embargo, una posición más inspirada y confrontativa suya la encontré dos días después, o sea el 12, al comentar el mismo don Julio sobre el “descenso vertiginoso en la calidad de la política nacional –moral e intelectual– o, más concretamente, en los dirigentes políticos...”. Y, también de antología: “Los principales responsables de este descenso son los propios dirigentes, carentes, muchos de ellos, del sano orgullo de rodearse de la mejor gente, no solo por sus títulos o posiciones profesionales, sino por una virtud que antes se llamaba decencia, cuyo antónimo es el pachuco con título o sin él... La falta de decencia no se oculta. Se exhibe... En esta inversión de valores, ciertos dirigentes necesitan... de los mediocres y pachucos. Son su carta de presentación. Hay que luchar sin descanso y a tiempo contra la audacia de los farsantes”.

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Mi gran contrapregunta de siempre a estos cuestionamientos de fondo con que este respetado Premio Nacional nos trata de desaletargar una y otra vez, ha sido muy inquisitiva y frontal: ¿Cómo, don Julio y todos, es posible luchar pragmática y eficazmente contra esos “tantos farsantes” que han hecho legión en nuestro país?

Primero, lo esencial. Mis lectores y exalumnos saben de mi obstinada prédica de que estos asuntos deben ser analizados con un enfoque conceptual integral, no fragmentado o unilateral. ¿Por qué? Porque solo así puede partirse de bases firmes que reconozcan el conjunto de valores, mecanismos e instrumentos que en este país de Dios han sido formalmente definidos en Constitución y en leyes. ¿Para qué? Para, precisamente, generar “los” comportamientos públicos y sociales que permitan enfrentar con eficacia las muchas desigualdades de un sistema que, siendo idóneo en diseño y una funcionalidad necesaria para saltar al Primer Mundo, ha sido mejengueado por políticos y tecnócratas sin compromiso con “las mayorías” ni con la excelencia burocrática normada.

He insistido en que ningún partido ni candidato presidencial ha querido reconocer este fenómeno o factores de la manera precisa en que inequívocamente hay que hacerlo para poder actuar sobre él. Hay, sin embargo, otras dos recientes manifestaciones de fuente política, que me generan cierto optimismo.

Hace unos meses don Otto Guevara, sorpresivamente, dijo, en una entrevista en este periódico, que “la novedad de su mensaje de campaña” sería muy simple: llegar a la Presidencia a gobernar aplicando con racionalidad y firmeza “los instrumentos que Constitución y leyes ya otorgan”, inclusive para eliminar desde la presidencia de la República las largas colas en la Caja y en todo otro ente. Fueron declaraciones que auguraban una pragmática reorientación ideológica y programática del ML. Veremos qué pasa con o sin don Otto como candidato presidencial, pues “esto” está en veremos.

Pero, como especialista cuasi- frustrado en estos temas, hay un artículo más esperanzador: ‘Responsables de la gobernabilidad’, de don Ottón Solís, aquí el 6/4.

Aun sin estar de acuerdo con todos los enunciados que aporta “sin prueba” –cerrar instituciones que sobren, fusionar otras, mandar empleados públicos a sus casas aunque se les mantenga el salario, subir impuestos a empresas en zonas francas– y otros que no aporta –como no reconocer explícitamente el modelo-país configurado en la Constitución Política y al cual nos debemos todos–, me impactó por la visión sociopolítica estratégica, integral y a la vez pragmática, que asume. No es, por primera vez, el economista hablando. Es el líder político que por primera vez, y lo digo con todo respeto, desnuda como tal una cruda realidad nacional en sus raíces, identificando y clasificando tipos de responsables y ofreciendo soluciones integrales, no de parche, tal y como un estadista debe hacerlo; o sea, mostrando cómo esa realidad puede confrontarse a partir de una clara ideología administrativa sustentada en las dos leyes que he siempre sostenido que permitirían, si políticos y gobernantes las tomaran en serio para gobernar o exigir cuentas, o los organismos fiscalizadores exigieran aplicarlas en serio, toda transformación, transparencia y efectividad gubernativas hacia el rumbo constitucionalmente trazado para el país y con plena participación multitudinaria, concertadora y continua de la sociedad civil: la Ley General de la Administración Pública de 1978 en su régimen de dirección política y la No. 5525 de planificación nacional, de 1974, angulares para la eficaz gestión del desarrollo del país.

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Estos aportes referidos de estos dos líderes de opinión, pueden leerlos de inmediato. Don Julio orienta en el análisis de los perniciosos alcances globales de lo que es la ausencia de ética en partidos y líderes políticos y sociales que los llevan a ejercer el poder en formas dolosas para beneficio de pocos, no del pueblo. Luego viene don Ottón, quien en este artículo preciso ofrece una visión que debería distinguir a todo aspirante a la presidencia de la República para discernir la paja del grano y empezar, desde ahora mismo, a escoger a los mejores y “más buenos” para producir los análisis realistas que impidan el llegar a improvisar, de alcanzar el poder, ese ejercicio legítimo y eficaz de la autoridad gubernativa.

¿Mi expectativa optimista? Que estos dos tipos de análisis complementarios, configuran una partitura que todo precandidato debería utilizar como base para desarrollar nuevos contenidos y prácticas de “buen gobierno”. ¿Mi postura pesimista? Que don Ottón no aspira esta vez a la presidencia de la República, y que tampoco he visto en el PAC a ninguno de los líderes o dirigentes pasados o actuales, incluidos legisladores y precandidatos, que hayan dado antes o recientemente la más mínima manifestación de que entienden y comparten el enfoque implícito en este artículo referido de su fundador y que, haciendo eventualmente gala también de los atributos que don Julio nítidamente propugna, constituirían entonces esa “nueva generación” de líderes políticos que le permitirían al país, finalmente, una presidencia exitosa –según la tipifico como necesaria– para sacarlo del atolladero en que patina desde hace cuatro décadas.

El problema, estimados lectores, es que lo mismo ocurre en todo otro partido político. ¿Evidencias? Ninguno de sus “precandidatos” ha dado la más mínima muestra de interesarse por estos precisos factores éticos, estratégicos e instrumentales enarbolados con claridad y contundencia por estos dos líderes de opinión con quienes comparto, en estos temas, una afinidad cívico/intelectual, por supuesto matizada de diversas y distintas connotaciones propias de mi particular condición de estudioso de tiempo completo de estos fenómenos. Posiblemente, todo precandidato o candidato seguirá ofreciendo más de lo mismo al ingenuo y poco exigente pueblo; sí, a pesar de las escaramuzas callejeras ocasionales por allí y por acá que muchos analistas sobredimensionan como “movilización social”.

Pobre Costa Rica, sin discernimiento ni voluntad para reconocer y enfrentar estos horrores criollos producto de nuestras propias torpezas de visión, actitud y facilonas prácticas sociopolíticas. Mi gran premonición es que en sunami anunciado...

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