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Matar por un celular

Actualizado el 05 de abril de 2012 a las 12:00 am

Sucumbimos al canto de sirenas de la apetencia cuando gastamos más de lo que necesitamos

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A pesar de lo inelegante del título de este artículo, no puede negarse que el enfoque materialista (en sus distintas acepciones) es parte indisoluble de la humanidad. Salvo raras excepciones, desde los albores de la historia, el ser humano ha derramado sangre para obtener o proteger bienes materiales. Estas consignas por el tener objetos y servicios se han matizado y combinado en ciertas ocasiones con discursos raciales, religiosos, y otros, pero al fin y al cabo terminan proveyendo el mismo resultado: el despojo material del prójimo en beneficio propio.

Las muchas guerras protagonizadas por la especie humana desde que la conciencia se instaló entre nosotros, fueron principalmente motivadas por ambiciones desmedidas de posesiones materiales.

En general, las guerras no se iniciaron por una cuestión de supervivencia, sino porque una de las partes pretendía lo que tiene el otro y la otra defendió tal pertenencia. De allí nacieron los discursos para hacer más tolerable una realidad demasiado cruenta para ser llevada a cabo sin algo de indulgencia hacia sí mismo. Era menester la creación de los héroes de las contiendas, eran quienes resguardaban u obtenían cosas para el patrimonio común, logrando además un cometido social unificador y de identidad nacional.

En el subtexto de todos esos conflictos, de manera más o menos disimulada, mediaba siempre una motivación económica, de allí que no importa como se intente disfrazar una contienda, no podemos escapar de sus motivaciones pecuniarias. Por ende, sin ánimo de ser maniqueo, independientemente de las creencias religiosas o sistema de valores que cada quien posea, existe un mensaje implícito en las sociedades posmodernas (Ronald Inglehart,1977) occidentales: la acumulación de riquezas es percibido como algo bueno.

Existe un curioso fenómeno de desplazamiento, donde pasamos del poder del clero de la Edad Media al poder de las entidades financieras del siglo XXI. Ello se explica porque el interés de las personas no se centra tanto en la salvación de las almas, sino más en la concentraciones de bienes terrenales, de forma tal que la secularización de la sociedad es causa y a la vez efecto de un círculo de consumo.

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Guerras privadas. Cotidianamente, la misma sociedad está en permanente guerra interna, donde las posesiones materiales siguen siendo los botines pretendidos y la sangre el doloroso fruto de tales luchas. Los robos, con resultado de muerte o no, son producto de que uno pretende lo que el otro tiene y este defiende lo que posee. Unos se arman para desposeer y otros para defender. Sé que podemos pensar de que esto ocurre desde hace mucho y de que solo cambian los medios, modo y cantidad de asaltos, pero independientemente de las causas y soluciones para estas reyertas, no podemos negar que el egoísmo y la codicia nos avasallan y no solo no hacemos nada al respecto, sino que, muchas veces, indolentes, hemos sucumbido al canto de sirenas de la apetencia cuando gastamos de más en cosas que realmente no necesitamos. Mientras menos se crea en las normas (jurídicas, sociales, espirituales, entre otras), en principio habrá menos contención para realizar conductas no permitidas, de allí que no causa sorpresa que el vacío interno se trata de llenar con objetos externos, como tal ecuación no es viable, entonces tiende a repetirse con los mismos frustrantes resultados, por cuanto no hay equivalencia entre la dimensión espiritual de la persona humana y los objetos con que pueda rodearse.

Mientras tanto, nuestras calles se tiñen de rojo carmesí, madres lloran a sus hijos asesinados por robarles un celular u otro dispositivo electrónico. Lo absurdo es que para el ofensor, generalmente de corta edad (en este tipo de delincuencia), el matar en tiempo real difiere poco de hacerlo en un videojuego; se ha perdido así la línea de la virtualidad y lo que es carne y sangre. Los niveles de tolerancia de la comunidad aumentan ante la proliferación de este tipo de sucesos, rezamos para que no les suceda nada a nuestros seres queridos; mientras tanto, el mundo ha girado y no encontramos una solución plausible.

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