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El planeta republicano

Actualizado el 26 de noviembre de 2012 a las 12:00 am

En una entrevista, el senador republicano Marco Rubio comparó la enseñanza de la evolución con las tácticas comunistas de adoctrinamiento, aunque gentilmente agregó: “No es que esté comparando a la gente evolucionista con Fidel Castro”.

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A principios de la semana pasada, la revista GQ publicó una entrevista con el senador Marco Rubio, a quienes muchos consideran como uno de los contendores para la candidatura presidencial del 2016 por el Partido Republicano. Se le preguntó por la edad de la Tierra y –después de declarar “No soy científico, hombre”– el senador se embarcó en una desesperada acción evasiva, para concluir con la declaración de que es “uno de los grandes misterios”.

Es terreno movedizo, y a los conservadores les gustaría que nos olvidásemos de eso tan pronto como sea posible. Oigan, dicen, solo estaba mostrándose complaciente con los probables votantes en las primarias republicanas del 2016, una afirmación que por algún motivo se supone que nos va a tranquilizar.

Sin embargo, no deberíamos aflojar con tanta facilidad. Leer la entrevista de Rubio es como manejar por un cañón profundamente erosionado: de una sola vez, uno puede ver con claridad lo que está debajo del paisaje superficial. Como canteras estriadas que hablan de tiempos profundos, su incapacidad para reconocer las pruebas científicas hablan del pensamiento antirracional que ha permeado al partido político del señor Rubio.

Por cierto, esa pregunta no surgió de la nada. Como presidente de la Cámara de Representantes de la Florida, Rubio suministró fuerte ayuda a los creacionistas que trataban de bajar el tono a la educación en las ciencias.

En una entrevista, Rubio comparó la enseñanza de la evolución con las tácticas comunistas de adoctrinamiento, aunque gentilmente agregó: “No es que esté comparando a la gente evolucionista con Fidel Castro”. Qué bueno, gracias.

¿Cuál era la queja de Rubio respecto a la enseñanza de las ciencias? Que podría minar la fe de los niños en lo que sus padres les han dicho que crean. Ahí exactamente tiene uno la actitud del Partido Republicano moderno, no solo con respecto a la biología, sino sobre todo: si la evidencia parece contradecir a la fe, hay que eliminar la evidencia.

El ejemplo más obvio aparte de la evolución es el cambio climático causado por el ser humano. Conforme la evidencia de un planeta más caliente se vuelve más fuerte –e incluso más espantosa–, el Partido Republicano ha profundizado más en su negativa, en afirmaciones de que todo es solamente una patraña tramada por un vasto grupo de científicos conspiradores.

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Esta negativa se ha acompañado con frenéticos esfuerzos por silenciar y castigar a cualquiera que informe sobre los inconvenientes hechos.

No obstante, el mismo fenómeno es visible en muchos otros campos. La demostración más reciente se produjo en el terreno de las encuestas para las elecciones.

Al aproximarse la reciente elección, las encuestas en los estados apuntaban claramente a una victoria de Obama; sin embargo, más o menos, el Partido Republicano entero se rehusaba a admitir esta realidad. En vez de eso, entendidos y políticos por igual negaban fieramente las cifras y atacaban personalmente a cualquiera que hiciera ver lo obvio. En particular, fue extraordinario atestiguar la satanización de Nate Silver de The New York Times.

¿En que se sustenta ese patrón de negativa? A principios de este año, el escritor científico Chris Mooney publicó “The Republican Brain” (“El cerebro republicano”) que no era, como uno podría imaginar, una extensa diatriba partidista. Más bien, se trataba de un informe de la ahora amplia investigación que liga los puntos de vista políticos con los tipos de personalidad.

Como Mooney mostró, el conservadurismo moderno estadounidense está altamente correlacionado con inclinaciones autoritarias; y los autoritarios están fuertemente inclinados a rechazar cualquier indicio que contradiga sus creencias anteriores.

Los republicanos de hoy se escudan en una realidad alterna definida por Fox News, Rush Limbaugh y la página editorial del The Wall Street Journal, y solo en muy raras ocasiones –como en la noche del día de las elecciones– encuentran cualquier insinuación de que lo que creen puede que no sea cierto.

No, no es simétrico. Los liberales, como humanos que son, a menudo ceden ante las ilusiones, pero no en la misma forma sistemática, que todo lo abarca.

Volvamos al asunto de la edad de la Tierra: ¿Es importante? No, dice Rubio, y lo declara “una disputa entre teólogos” –¿qué hay de los geólogos?– que “no tiene nada que ver con el producto interno bruto o el crecimiento económico de los Estados Unidos”; pero no podría estar más equivocado.

Después de todo, vivimos en una era en la que la ciencia tiene un papel económico estelar. ¿Cómo buscaremos con efectividad recursos naturales si los colegios que tratan de enseñar geología moderna deben dedicar tiempo igual a afirmaciones de que el mundo solamente tiene 6.000 años? ¿Cómo nos mantendremos competitivos en biotecnología si las clases de biología esquivan cualquier material que pueda ofender a los creacionistas?

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Después viene el asunto de usar evidencia para dar forma a la política económica. Puede que hayan leído con respecto al estudio reciente del Servicio de Investigación del Congreso que no encontró apoyo empírico para sustentar el dogma de que reducir los impuestos a los ricos conduce a mayor crecimiento económico. ¿Cómo respondieron los republicanos? Suprimieron el informe.

Sobre economía, tanto como sobre las ciencias exactas, los conservadores modernos no quieren oír nada que objete sus ideas preconcebidas; y tampoco quieren que nadie más se entere al respecto.

Por lo tanto, no desdeñemos el torpe momento de Rubio. Su incapacidad para tratar con las pruebas geológicas fue algo sintomático de un problema mucho más amplio, que bien podría, al final de cuentas, poner a Estados Unidos en rumbo hacia la declinación inexorable. Traducción de Gerardo Chaves para La Nación

Paul Krugman es profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton y premio Nobel de Economía del 2008.

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