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Lumpemburocracia principesca

Actualizado el 24 de abril de 2012 a las 12:00 am

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Lumpemburocracia principesca

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Desde la segunda mitad del siglo pasado, el poder político en Costa Rica empezó a forjar su dominio sobre el servicio público.

Al amparo de ese dominio, un nuevo grupo social emerge en el país, integrado por una nueva especie de funcionarios responsables de garantizar ese control, con sus propias potestades legales, pagados por el Estado pero nombrados por el poder político.

Hasta los setenta, ese grupo gira alrededor de un compromiso ideológico con la política, donde la vocación de servicio se consideraba fundamental y la ciudadanía les confería su respeto, a pesar de las diferencias.

En la medida en que la relación de dominio del poder político sobre el sector público se consolida, aquel nuevo grupo se transforma.

Sigue siendo un grupo subordinado pero empieza a gozar de una importante autonomía en su papel de “administrador profesional”.

Con logros académicos impresionantes como respaldo sin duda alguna, comienza a obtener una serie de ventajas derivadas de su dominación burocrática operativa, que amplía, en muchos casos, a relaciones de familia, llegando a crear las condiciones para obtener sus propias rentas, desde donde cimenta su ascenso y prestigio social y su impenetrable círculo de influencia.

Se legitima gracias a su relación de sumisión con el poder político, pero vive y sobrevive gracias al proceso público, como lumpemburocracia.

No existen estudios sobre su cantidad. Alguna fuente señaló que, para algunos de sus subgrupos, fueron “más de mil” en la primera década del siglo XXI.

Otra posibilidad es seguir la huella institucional que dejan tras de sí. Según este enfoque, basta revisar quienes hoy han sido ministro de esto. Mañana, viceministro de aquello. Pasado mañana, embajador de lo que sea. Presidente ejecutivo o miembro de Junta Directiva de aquí o de allá.

Es decir, como una especie de napoleones de la Administración Pública costarricense. Como una “lumpemburocracia principesca”.

Surgen así las altisonantes hojas de vida que son propias a este grupo: cien veces ministro de esto, ciento cincuenta de aquello, de vez en cuando representante internacional.

Son hojas de vida de cargos, no de competencias, en razón de que una revisión detallada mostraría que otra de las características actuales de este grupo es el largo puente construido a su ineficiencia e ineficacia.

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Está por verse si la combinación entre pecado y fracaso dura para siempre. Por lo pronto, hoy les domina una especie de cinismo irremediable y discurso tecnocrático ante la ciudadanía, de pose humillante ante la política y de temor justificado ante el ejercicio de una prensa independiente, llevándose, de paso, mis últimos vestigios de incredulidad.

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