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Llevar algo al plato de seis hijos es difícil para familia de Pérez Zeledón

Actualizado el 07 de noviembre de 2012 a las 12:00 am

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Llevar algo al plato de seis hijos es difícil para familia de Pérez Zeledón

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                         Ruth Núñez, 34 años,  vive con sus seis hijos en barrio Lomas de Cocorí, en Pérez Zeledón.  Aquí la acompañan  Ángelo, de cuatro meses,  Yorely, de 2 años y Jackeline, de seis años. | ALEJANDRO MËNDEZ
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Ruth Núñez, 34 años, vive con sus seis hijos en barrio Lomas de Cocorí, en Pérez Zeledón. Aquí la acompañan Ángelo, de cuatro meses, Yorely, de 2 años y Jackeline, de seis años. | ALEJANDRO MËNDEZ

Un enorme rottweiler enfermo, que tuvo por comida unos frijoles agrios, no dio ni siquiera el aviso de que habían llegado visitas a la casa de Ruth Núñez. El animal ni se movió, con costos respiraba.

El perro estaba en las afueras de la vivienda en Lomas de Cocorí, uno de los barrios más pobres de San Isidro de El General, en Pérez Zeledón. Se ubica a unos siete kilómetros del centro.

Núñez, su esposo y seis hijos habitan una casa nunca terminada que comenzó a levantarse hace tres años con un bono. Cuatro camas y alguno que otro mueble se distribuyen en un par de cuartos.

Ella tiene 34 años y el mayor de los hijos 15, mientras que el más pequeño nació hace apenas cuatro meses. Este último, a falta de cuna, duerme en una hamaca que cuelga del techo.

En las cuatro camas se reparten los otros siete miembros de esta familia, aunque desde el domingo hay más espacio. El marido, Bruno Segura, de 56, se fue con el hijo mayor a coger café, porque no encuentran trabajo en otra cosa. Su plan es volver el sábado.

Para ellos, comer arroz y frijoles es una bendición; un trozo de carne se ve muy de vez en cuando. Si logran tenerlo hay que cocinarlo rápido porque la refrigeradora está dañada.

“Yo duro una o dos semanas sin tener que darles a ellos y ellos me piden a mí ‘mami comida’, y lo que tengo que hacer es ir en veces a donde mi mamá que me regala un puño de arroz o los vecinos que me regalan también”, dijo.

“Esta semana hemos estado comiendo porque unas maestras del CEN (Centros de Educación y Nutrición) me hicieron una comedera (un diario) y un día les doy fideos, otro atún y así voy”, añadió la madre.

Según dice, la mayoría de veces tiene que decidir entre pagar la luz o comprar alimentos.

“Con lo que se gana mi esposo se compra la comida y digamos, como a mí me ayuda el Estado un poco, a veces agarro esa plata para comida cuando él anda afuera, para tener lo que mis hijos se comen y se me acuesten llenitos, no vacíos”, explicó Ruth Núñez.

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El mayor desvelo. Sin embargo, confiesa, la posibilidad de estudio para sus hijos es una gran preocupación.

Ella no sabe leer ni escribir, porque nunca fue a la escuela y ni siquiera sabe cuánto es el ingreso familiar. Su esposo es quien maneja el escaso dinero, dice.

Las lágrimas comenzaron a correr por el rostro cuando trató de responder sobre cuál es la mayor limitación para sus hijos.

“Además de todas las necesidades, el que mis hijos abandonen la escuela”, expresó sin dudarlo.

Su hijo mayor, de 15 años, desertó de primer año de colegio porque tenía que repetirlo.

“Yo le dije que iba a hacer hasta lo imposible. Yo le dije a él, llorando, que si yo tenía que deberle el alma al diablo para que fuera al colegio, lo iba a hacer, pero no quiso seguir yendo; no sé, yo ya no pude hacer nada más,” exclamó Ruth.

Hasta ahora, le consuela, que ninguno de los menores ha presentado alguna enfermedad grave.

Solo esta semana tuvo que llevar al más pequeñito al hospital, debido a una infección de oído.

“Yo lo veía a él rascándose la oreja y llorando, y no sabía qué hacer, Por dicha un vecino me dio 500 pesos y con eso me fui en bus. A ellos por ser menores sí los atienden, pero a uno que está mayor y sin seguro que va”, manifestó.

Por el momento, la esperanza de una mejor calidad de vida para esta familia no es cercana.

Más allá de las ayudas que reciben del Instituto Mixto de Ayuda Social (IMAS), la mujer asegura haber agotado todos sus posibilidades, hasta para mejorar la casa.

Por esa razón, tampoco para el rottweiler, se asoma un futuro más prometedor.

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