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Llamado por nuestra democracia

Actualizado el 05 de junio de 2012 a las 12:00 am

En la universidad se pueden planear acciones que conduzcan a la recuperación del país

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La democracia requiere un cuidado constante, porque se trata de un valor político que puede declinar por temor, desesperanza, desengaño o frustración de la ciudadanía. Tiene la virtud de ser una forma de gobierno capaz de premiar, castigar y desplazar a sus gobernantes mediante el voto, pero esta virtud no rige como una ley, puesto que el desánimo ciudadano puede conducir a la indiferencia y la abstención ante las urnas.

Los partidos políticos lo saben y por esto gastan millones en propaganda destinada a enmascarar su responsabilidad en el deterioro de la vida nacional. De pronto aparecen candidatos capaces de terminar con los más graves problemas, no obstante que brotan de las mismas cúpulas que, por décadas, han torcido peligrosamente el rumbo de la nación. Los políticos, celosos de sus privilegios y vanidades, se acompañan muy a menudo de gentes mediocres, cuyas acciones no tardan en mostrar su antivalor.

Se observa esto no solo en los actos de corrupción, a menudo dignos de enjuiciamiento, sino especialmente en la permanente ausencia de soluciones a viejos y graves problemas. Tenemos allí los cientos de puentes y vías que requieren arreglos urgentes, el descuido de las aceras, la decadencia de la educación pública en escuelas y colegios, la escasez de programas culturales, el tráfico de drogas, la delincuencia agresiva, la pobreza creciente, el reparto inequitativo de la riqueza, etc.

Es necesario que observemos lo que ocurre no muy lejos de nosotros: políticos que buscan la perpetuidad; toda una nación acorralada por maras, narcotraficantes y otro tipo de delincuentes; la inseguridad de la prensa, asediada por los asesinatos de sus encargados; una pobreza aguda que fuerza a sus habitantes a emigrar; una gran cantidad de crímenes diarios; en fin, los sitios más peligrosos y duros del planeta.

Nuestra democracia centenaria, dormida en sus laureles, corre el riesgo de sumarse a estas pobres naciones, cuando solo se habla de futbol con la pasión que también merecería nuestra suerte política, y en las universidades la juventud no se interesa por los asuntos públicos, a menos que se trate de un proyecto político muy repudiable –como el famoso ‘Combo’–, habiendo tantos asuntos que, treinta años atrás, sin duda llevarían a los jóvenes a protestar en las calles: entre ellos, los problemas de diversa índole de la Caja Costarricense de Seguro Social, los enigmas de Recope, la mano voluble de la “autoridad” burócrata –Aresep–, la ineficacia y mediocridad de la Asamblea Legislativa, el estado de la educación y los otros graves problemas mencionados.

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Un alto porcentaje de participantes en las elecciones públicas, un voto ponderado según el mérito de los candidatos, la información detallada acerca de acciones y omisiones por parte de los contendientes, algo semejante a lo acontecido en las últimas elecciones realizadas en la Universidad de Costa Rica, renueva la esperanza, espanta los temores, alienta la responsabilidad y la libertad, sobre todo cuando estos valores se reafirman con firmeza, como consta en el excelente discurso inaugural del rector recién electo, Dr. Jenning Jensen, universitario muy consciente de los problemas nacionales y la situación mundial.

Se diría que se trata de un caso particular, que el Estado es mucho más complejo, que se trata del “arte político”, etc. Pero, como se ha repetido con variantes, desde que lo dijo el filósofo Karl Jaspers, la universidad es conciencia lúcida de una nación. En la universidad se pueden planear acciones que conduzcan a la recuperación del país en los diversos campos en que se requieren estudios y conocimientos especializados, de modo que el ferviente llamado del rector a los universitarios a que incrementen su interés por la situación de la patria, llega precisamente en momentos en que se evidencia la carencia de ideas, valores, conocimientos y sentido responsable y crítico en toda esa rémora de partidos y pequeños políticos que desdichadamente ostentan el poder.

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