Archivo

Arte / Crítica

Lengua de marero

Actualizado el 16 de septiembre de 2012 a las 12:00 am

De lo “lindo” Divagaciones en torno al ‘kitsch’ nos hacen pensar en qué es hoy el arte en el mundo

Archivo

Lengua de marero

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

                           (1945), óleo de Norman Rockwell (1894-1978).  Noticias de la guerra
ampliar
 (1945), óleo de Norman Rockwell (1894-1978). Noticias de la guerra

En su novela La insoportable levedad del ser , Milan Kundera (República Checa, 1929) hace una evocación del kitsch y lo define como un “fraude emocional”: no está mal emocionarse ante una escena que nos colma de sentimiento y llorar por esto –escribe Kundera–; lo que es kitsch es darnos cuenta de nuestra propia capacidad para emocionarnos y emocionarnos otra vez con este descubrimiento. Esa segunda lágrima sería la “publicidad” de nuestra emoción auténtica.

Para Kundera, en esa segunda lágrima “publicitaria” radica toda la perversidad del kitsch . A su vez, en palabras de Umberto Eco, el kitsch es “esa comunicación que busca producir un efecto”. Me vino esto a la mente cuando, una noche de estas, esperando a ser atendidos en un restaurante chino, mi acompañante dijo con injusta generalización: “¡Qué horror! ¡Qué kitsch son los chinos: mira la decoración!”. Para ella y una gran cantidad de gente, el kitsch sigue siendo sinónimo de mal gusto.

El concepto de Kundera es mucho más rico y provocador que la simple traducción del vocablo kitsch como “mal gusto” (el término existe en el yiddish y en el alemán). Si tomamos como punto de partida la idea del novelista, nos encontraremos con que el kitsch es una sensibilidad y una expresión que envuelve a casi todo el siglo XX y lo que va del XXI.

Llega el pop. Entre los primeros críticos “serios” que escribieron sobre este fenómeno están Teodoro Adorno, Hermann Broch y Clement Greenberg –crítico norteamericano de gran influencia, sobre todo a partir de la década de 1950–. En 1939 y en la Partisan Review , Greenberg publicó un ensayo en el que compara a quemarropa, entre otras cosas, un cuadro de Georges Braque con una pintura de Norman Rockwell.

Greenberg esgrime argumentos y definiciones que se sostienen todavía hoy, 75 años después: “El kitsch es producto de la revolución industrial que urbanizó a las masas en Europa Occidental y Estados Unidos en lo que hoy se da por llamar educación universal”.

Sin embargo, Greenberg pronto cae en apreciaciones que reflejan sus prejuicios y su convicción de que existen una cultura “superior” y una decididamente “inferior”.

PUBLICIDAD

Greenberg anota: “Los campesinos, el proletariado y los pequeños burgueses aprendieron a escribir y leer porque era práctico, pero no gozaron del tiempo ni de la comodidad para disfrutar de la cultura tradicional”. Para Greenberg, la cultura de masas solo es capaz de producir kitsch .

Poco a poco, la influencia de la cultura de masas y la emergencia de los medios masivos de comunicación transformarán esa idea “moderna” de arte; es decir, cambiarán la idea de un arte elitista hecho para audiencias especializadas.

Ya los artistas modernos habían empezado a interesarse por todo lo que esa cultura urbana, ecléctica e híbrida estaba produciendo en imágenes, música y literatura. El detonante oficial fue el advenimiento del arte pop , el arte más kitsch que se había producido hasta ese momento si seguimos la idea de Greenberg.

Ciertamente, las alusiones del arte moderno a la cultura de masas eran apenas visibles e incluso tímidas. Por esto, los artistas pop no se quedaron ni un segundo en el closet y terminaron abrazando imágenes y conductas típicas de una sociedad que basa su razón de ser en el consumo exacerbado y en la constante producción de bienes para consumir.

El arte pop renuncia desde el principio a ser crítico; más bien, tiende a glorificar despreocupadamente los productos emblemáticos (botellas de Coca-Cola), a los famosos (Marilyn Monroe) y los eventos publicados en los diarios (accidentes o desfiles): todo lo que genera la sociedad de consumo.

Falsedad moral. Para el filósofo Teodoro Adorno, la raíz del kitsch es su “falsa consciencia”. Proveniente de la teoría marxista, ese concepto implica una actitud mental presente dentro de la ideología del capitalismo: actitud equivocada en cuanto a sus propios deseos y necesidades; por ejemplo, la idea –que hemos aceptado– de consumir incesantemente para ser “felices”.

Como productos de una “industria cultural” ( Adorno, 1967), los objetos que crea el arte pop se confiesan impotentes ante la inminente fusión del arte con los productos de consumo o del entretenimiento. Para Adorno, el arte deja de ser subjetivo, se vuelve predecible y sumiso ante “la opresiva estructura del poder”.

Aquí radica el quid de este asunto, y volvemos a encontrar a Kundera. Su idea del kitsch coincide con la de Adorno pues ambos lo consideran un asunto de falsedad moral.

PUBLICIDAD

Analizando esta frase de Adorno: “la opresiva estructura del poder”, encontramos que tal poder es el mercado : con su mecanismo constante de persuasión consumista, domina conciencias de una manera más efectiva que los antiguos discursos políticos basados en ideas de izquierda o de derecha.

Por su parte, Hermann Broch encuentra en el kitsch una sustitución amoral: lo “lindo” sustituye a lo “verdadero”. Lo “lindo” impone así su dictadura sobre el gusto.

Contradicciones. Sobre esa línea de pensamiento, empezamos a ver cómo imágenes que dan la vuelta al mundo están inmersas en este kitsch kunderiano: el papa Juan Pablo II abrazándose con Pinochet, por ejemplo. ¿Qué pensarían los millones de católicos chilenos para quienes Pinochet es un asesino?, ¿habrán interpretado esta escena como el acto supremo de perdón y amor incondicional del papa?

¿Qué podemos decir ante una foto de la difunta Lady Di en la que aparece fotografiada junto a infantes angoleños a quienes una mina (fabricada en el Reino Unido) les amputó una pierna? “¡Qué bárbara!”, pensamos, y nos emociona que una mujer con aquella vida social sacase el tiempo para visitar a esos angelitos cojos.

El mundo “del arte” no está exento de esas contradicciones o manifestaciones del kitsch más profundo. Así, la artista mexicana Teresa Margolles –célebre porque buena parte de su obra se basa en la muerte, los muertos y sus exudaciones– ha traspasado varias veces el umbral de lo “políticamente correcto”.

Cuando un marero mexicano radicado en Los Ángeles no puede ser repatriado tras fallecer, Margolles propone a la familia un canje espeluznante: la lengua del muchacho muerto por los gastos de la repatriación. La falta total de empatía con la familia del occiso –amén del oportunismo demostrado por la artista (la pobreza extrema de aquella gente la obligó a aceptar el canje)– colocan a esta obra, su autora y el gesto en general en una categoría aparte.

Tal vez todo esto valga para meditar la próxima vez que nos encontremos en un restaurante chino y consideremos que la decoración es kitsch .

Joaquín R. del paso (México, 1961) es artista visual, estudió en el Pratt Institute (Nueva York). Ha participado en las Bienales de Venecia, São Paulo, La Habana, Pontevedra y la del Museo del Barrio en Nueva York. Como ensayista ha publicado en ‘Art Nexus’ e ‘Istmo’, y escribe una columna en ‘El Financiero’.

  • Comparta este artículo
Archivo

Lengua de marero

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios
Regresar a la nota