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Leer con lentitud

Actualizado el 28 de diciembre de 2012 a las 12:00 am

Con lentitud en el leer, descubrimos el espíritu del escritor

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Desde pequeño me acostumbré a leer. Tuve curiosidad por lo que en los libros se estaba diciendo. Pero, por una rara inclinación, comencé a leer despaciosamente y así he permanecido durante toda mi vida. Leo siempre, todos los días, pero lentamente; y en esta lentitud, encontré que, en la literatura, es la forma lo que verdaderamente tiene valor. Entonces, no me impaciento por llegar al final para enterarme del desenlace de una trama o de una bella emoción.

De aquel interés en conocer lo que en los libros se estaba diciendo pasé, también pausadamente, a interesarme más por la manera de decirlo. Me atrapó para siempre la forma que es lo que da personalidad al escritor. No es lo que se dice, sino la manera de decirlo. Tal vez, esto sucede en toda expresión artística. En la pintura, Van Gogh descubrió que el color bien podía suplantar al tema o, al menos, superarlo. Y, en ocasiones, un solo color fue suficiente, por ejemplo, el amarillo.

El que lee con rapidez, con ansia de terminar un libro para tomar otro, como si estuviera compitiendo en el concurso de “¿Quién ha leído más libros?”, no podrá entender a Marcel Proust; sus libros se le caerán de las manos al no penetrar el detalle, la maestría en la minuciosidad, esa cualidad que necesita veinte páginas para describir el peinado medio deshecho de Albertine. Para leer las obras monumentales, hay que leerlas lentamente, sin preocupación por el tiempo. Al final, comprenderemos “que no hay tiempos perdidos, porque todos los tiempos revivirán en la eternidad”.

Aprender a caminar despacio para apreciar, pero también para crear. El artista de verdad tiene impaciencia espiritual y, por eso, trabaja sin urgencia, lejos del apremio. Goethe duró cincuenta años escribiendo el Fausto, su obra clasificadora. Y posiblemente, con esa misma tardanza, hay que leerla. En una ocasión, un amigo mío me decía que el Fausto daba categoría de filósofo a Goethe. Y le respondí: “Es que tú lo has leído con rapidez; entonces solo te ha interesado el tema, o los cientos de temas. Por eso, lo que percibes es la filosofía; pero si te preocupa la forma, te encontrarás con la poesía. Y el Fausto es, quizá, una de las más bellas obras poéticas que se han escrito”.

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Con lentitud en el leer, descubrimos el espíritu del escritor, lo que expresó sin poderlo decir; con la prisa, solamente lo que dijo.

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