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EDITORIAL

Lecciones de Bengasi

Actualizado el 23 de diciembre de 2012 a las 12:00 am

La muerte del embajador estadounidense en Bengasi, Libia, pone al descubierto fallas burocráticas inadmisibles

El más visible impacto en Washington, esta semana, fue el retiro de la embajadora en la ONU, Susan Rice, de su postulación para secretaria de Estado

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Bengasi, una importante ciudad libia, no se ha podido librar del convulso enfrentamiento de las etnias y la política que no cesa de agitar a esa nación petrolera más allá de la caída y muerte del autócrata Muammar Gadafi. Ha sido, sin duda, un proceso lento e interminable apaciguar el complejo espectro de agrupaciones étnicas y sus respectivas milicias a fin de integrarlas bajo una autoridad central.

Así, y no obstante su importancia cultural e histórica, la violencia armada no cede en Bengasi, fenómeno complicado por la presencia de núcleos radicales afiliados a al-Qaeda y otros movimientos yihadistas islámicos.

Apoyar la transición democrática de Libia era un derrotero de alto perfil para Estados Unidos, tras su confusa participación en el esfuerzo político y militar de la OTAN para derrocar a Gadafi. El embajador estadounidense en Trípoli, J. Christopher Stevens, era una figura popular de la presente etapa pacificadora, mediante la cual se procura enfilar al país hacia la paz y el pluralismo.

Con este trasfondo, en el aciago atardecer del 11 de setiembre último, turbas antioccidentales rodearon las instalaciones consulares de Washington en Bengasi. Este curso de eventos se repetía de manera constante en esos días.

Sin embargo, el 11 de setiembre citado, el embajador Stevens y varios colaboradores visitaban Bengasi y se encontraban en el consulado cuando la violencia escaló y provocó varios incendios.

Ante el peligro de este nuevo giro, el embajador y tres oficiales se dirigieron hacia una residencia utilizada para albergar oficinas de la representación consular. Ese edificio se ubicaba a una prudente distancia del epicentro de las protestas. Una cadena de equívocos de la administración en Washington y la burocracia diplomática desembocaron en la muerte del embajador Stevens y sus tres colaboradores, asfixiados posiblemente. En todo caso, había evidencia de una acción terrorista, extrañamente ausente del léxico oficial estadounidense.

Lo que a continuación ocurrió, devino en un escándalo en Washington y un acre debate que culminó esta semana en audiencias en el Capitolio y un sonado informe cuyas primeras consecuencias han sido renuncias y destituciones en el Departamento de Estado. Más importantes aún son las enseñanzas que este trágico episodio guarda para el mundo de las democracias y, sobre todo, sus burocracias.

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El más visible impacto en Washington esta semana fue el retiro de la embajadora de Estados Unidos en la ONU, Susan Rice, de su postulación para secretaria de Estado cuando la actual titular, Hillary Clinton, se retire del cargo, como lo ha anunciado, a inicios del 2013. Rice ha sido una colaboradora de confianza del presidente Barack Obama, quien, públicamente y con frecuencia, alaba su labor.

La precipitada participación de la funcionaria, el domingo siguiente a la tragedia en Bengasi, en los debates políticos que los principales medios de televisión suelen transmitir, generó un fiasco. Rice, una ilustre académica, fue enviada por la Casa Blanca a defender la administración con un guion ajustado al discurso del presidente, en el que la palabra “terrorismo” no figuraba. ¿Sería acaso para no desmerecer la muerte de bin-Laden, calificado como punto final del terrorismo?

El informe de una comisión de altos vuelos, encargada de analizar lo acaecido en Bengasi, determinó que hubo fallas evidentes de liderazgo, así como de las previsiones de seguridad. La lectura del estudio refleja una increíble y extraña atmósfera donde nadie toma decisiones ni asume responsabilidades, vicios aderezados con interminables debates sobre el presupuesto. Trágicamente, la misión en Libia demandó de manera reiterada refuerzos en el renglón de la seguridad, peticiones hundidas por la abulia, la estrechez conceptual y falta de visión de funcionarios superiores del Departamento de Estado.

Es beneficioso que estas tragedias se ventilen públicamente. Ojalá estimulen en otros países un examen profundo de sus propios pecados burocráticos. Solo así, haciendo conciencia sobre las fatales consecuencias de la indiferencia y la irresponsabilidad, se podría evitar desenlaces como el de Bengasi.

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