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Krugman: Hora de un golpe de timón

Actualizado el 20 de mayo de 2013 a las 12:00 am

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Krugman: Hora de un golpe de timón

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                         Un hombre observa la cotización de la bolsa, en Japón,   país que lanzó una dinámica   política de estímulo para reactivar la economía. Krugman: cortar las ayudas de manera prematura arrastra a Japón de vuelta a la recesión. | AP
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Un hombre observa la cotización de la bolsa, en Japón, país que lanzó una dinámica política de estímulo para reactivar la economía. Krugman: cortar las ayudas de manera prematura arrastra a Japón de vuelta a la recesión. | AP

En este momento, el argumento económico a favor de la austeridad –de recortar el gasto del Gobierno aún frente a una economía débil– se ha derrumbado. Las afirmaciones de que los recortes en el gasto en realidad alentarían el empleo al promover confianza, se han despedazado. Resulta que las afirmaciones de que hay algún tipo de línea roja para la deuda que los países no se atreven a cruzar se sustentan en una matemática difusa y sencillamente errónea hasta cierto punto. Las predicciones de crisis fiscal siguen sin materializarse; las predicciones de desastre producto de rigurosas políticas de austeridad han resultado demasiado exactas.

Sin embargo, las peticiones para dar reversa al destructivo giro hacia la austeridad siguen topándose con monumentales obstáculos. Eso refleja en parte intereses creados, porque las políticas de austeridad sirven a los intereses de los acreedores ricos; en parte refleja el rechazo de la gente influyente a admitir que se ha equivocado. Pero hay, creo, un obstáculo más para el cambio: el difundido y profundamente arraigado cinismo respecto a la capacidad de los Gobiernos democráticos, una vez que se han involucrado en los estímulos, para dar un golpe de timón en el futuro.

Por eso ahora parece un buen momento para señalar que este cinismo, que parece realista y sofisticado, es en realidad pura fantasía. Poner fin a los estímulos nunca ha sido problema; de hecho, el registro histórico muestra que casi siempre se les puso fin muy pronto Y, al menos en Estados Unidos, existe un historial muy bueno respecto a comportarse en una forma fiscalmente responsable, con una excepción: la irresponsabilidad fiscal que prevalece cuando, y solamente cuando, los conservadores de línea dura están en el poder.

Empecemos con la consabida afirmación de que los programas de estímulos nunca desaparecen.

En los Estados Unidos, los programas de gobierno diseñados para dar empuje a la economía son, de hecho, raros: el Nuevo Trato de Franklin Delano Roosevelt y la mucho más pequeña Ley de Recuperación Económica son los únicos grandes ejemplos. Y ningún programa se volvió permanente; de hecho, a ambos se les redujo de tamaño demasiado pronto. Roosevelt recortó marcadamente en 1937, lo que lanzó a Estados Unidos de vuelta en la recesión; la Ley de Recuperación tuvo su máximo efecto en el 2010, desde entonces se ha desvanecido y este desvanecimiento ha sido una de las razones principales para la lenta recuperación económica estadounidense.

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¿Qué hay de los programas diseñados para ayudar a aquellos que son golpeados por una economía deprimida? ¿No se vuelven permanentes? De nuevo, no. Los beneficios para desempleados han fluctuado hacia arriba y hacia abajo con el ciclo empresarial y, como porcentaje del PIB, son escasamente la mitad de lo que eran en su máximo reciente. El uso de los cupones para alimentos todavía sigue aumentando, gracias a un mercado laboral que continúa siendo espantoso, pero la experiencia histórica sugiere que también disminuirá marcadamente si y cuando la economía en verdad se recupere.

De paso, la experiencia internacional sigue el mismo patrón. Uno a menudo oye que se describe a Japón como un país que ha proseguido con estímulo fiscal inextinguible. En realidad, se ha involucrado en políticas de pare y siga: aumenta el gasto cuando la economía está débil, después echa atrás a la primera señal de recuperación (y por lo tanto empujándose de vuelta a la recesión).

En consecuencia, toda la idea de estímulo permanente es fantasía que se hace pasar por obstinado realismo. Sin embargo, aunque usted no crea que el estímulo sea para siempre, la economía keynesiana dice no solamente que uno debe incurrir en déficits en las épocas malas, sino que debe pagar deuda en las buenas. Y es tonto imaginar que esto ocurrirá, ¿verdad?

Excepción. Mentira. La medida clave que uno quiere observar es la proporción de la deuda respecto al PIB, que mide la posición fiscal del Gobierno mejor que un simple número de dólares. Y si uno examina la historia de los Estados Unidos a partir de la Segunda Guerra Mundial, encuentra que de los 10 presidentes que precedieron a Barack Obama, siete salieron de la Casa Blanca con una proporción de deuda inferior a la que existía cuando recibieron el poder.

¿Cuáles fueron las tres excepciones? Ronald Reagan y los dos George Bush. Por lo tanto, los aumentos en la deuda que no surgieron de la guerra o de crisis financieras están totalmente asociados con Gobiernos conservadores de línea dura.

Y hay motivo para ese vínculo: los conservadores estadounidenses desde hace mucho tiempo han seguido la estrategia de “matar de hambre a la bestia”, recortando impuestos, con el fin de privar al Gobierno de los ingresos que necesita para pagar programas populares.

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Lo divertido es que ahora mismo estos mismos conservadores de línea dura declaran que no debemos incurrir en déficits en tiempos de crisis económica. ¿Por qué? Porque, dicen, los políticos no van a hacer lo debido y no van a pagar la deuda en tiempos de bonanza. ¿Y quiénes son estos políticos irresponsables de los que hablan? Bueno, ellos mismos.

Esto me parece la versión fiscal de la definición clásica del desparpajo: matar a los padres para después exigir compasión porque uno quedó huérfano.

Aquí tenemos conservadores que nos dicen que tenemos que socarnos las fajas pese al desempleo masivo porque, de otra manera, los conservadores futuros seguirán incurriendo en déficits una vez que las condiciones mejoran.

Dicho de esa forma, por supuesto, parece tonto. Pero no lo es, es trágico. El desastroso giro hacia la austeridad ha destruido millones de empleos y arruinado muchas vidas. Y es hora de dar vuelta en U.

Paul Krugman es profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton y Premio Nobel de Economía del 2008.

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