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EDITORIAL

Justicia en Corea

Actualizado el 07 de abril de 2013 a las 12:00 am

Kim Jong-un y una larga nómina de victimarios de sus sociedades por todo el mundo deben algún día encarar la justicia

Sería triste que la impunidad abrigue al gobernante norcoreano. Muchos son los pesares que innumerables países vecinos y súbditos han debido sufrir por su obra

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En el ocaso de la Segunda Guerra Mundial, conforme a lineamientos acordados en la Conferencia de Potsdam de 1945, las tropas rusas ocuparon la zona norte de la península de Corea, en tanto los contingentes norteamericanos tomaron la zona sur. La demarcación fronteriza se hizo con base al paralelo 38 acordado previamente.

Tres años después, en 1948, el conglomerado norcoreano estableció la República Democrática Popular de Corea con apoyo militar soviético. A su vez, la República de Corea fue integrada por la población del sur con respaldo estadounidense.

Muy pronto los designios norcoreanos se perfilaron conforme a su ideología e intentaron unificar toda la península bajo el signo marxista. Corea del Sur luchó en contra de ese proyecto con apoyo estadounidense y, en 1950, surgió una situación de guerra que involucró a China. Las hostilidades cesaron en 1953.

La historia del enfrentamiento coreano ha marcado el desenvolvimiento de una democracia moderna en el sur y la consolidación de un Estado autoritario de corte marxista al norte. La comparación del notable avance democrático y económico en el sur con el empeoramiento socioeconómico bajo el despotismo norcoreano ha sido una historia aleccionadora.

El enfrentamiento entre una democracia y un Estado autoritario y bestial a estas alturas de la historia, retrata la pugna existencial que consumió al planeta durante la Guerra Fría. La consolidación de un orden inhumano, en que el máximo jerarca, su familia y sus amigos viven una fantasía de exuberante abundancia, choca con la conciencia misma de la sociedad que es víctima de esa aberración. Esta es la lección que cada día emerge como fiscal implacable de quienes niegan las ignominias de hoy y siempre.

Salen a relucir en el análisis Sadam Husein, Kadafi, Kim Jong-un y una larga nómina de victimarios de sus sociedades por todo el mundo. Y surge asimismo el debate de qué hacer, y cómo, con figuras del obscurantismo político que aún no han sido detenidas ni mucho menos juzgadas.

El joven patibulario norcoreano está lejos de ser sometido a la justicia, pese a ser representante de una casta que ha apretado las manos de los peores regentes del terrorismo. Ojalá los fiscales de las grandes potencias se apresten a ajustar cuentas, en el momento oportuno, con los sindicados de crímenes sin nombre. Este curso no solo vitalizaría la justicia, sino, además, subrayaría el cometido de no permitir la impunidad por los peores crímenes de la modernidad.

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El joven Kim, según fuentes autorizadas, está indignado por la posibilidad de mayores sanciones de la ONU y la decisión de las grandes potencias de emprender nuevas pruebas militares. Asimismo, está molesto por las maniobras de Estados Unidos con Corea del Sur en su propio entorno. También espera un mejor trato de Washington en materia de ventajas económicas.

La historia de las rabietas del padre y el abuelo del ahora gobernante norcoreano apunta a que los principales Gobiernos occidentales no desean castigos dolorosos para los jerarcas en Pionyang, sino una promesa de tranquilidad en el área.

Sería una triste historia que la impunidad abrigue al gobernante norcoreano. Muchos son los pesares que innumerables países vecinos y súbditos han debido sufrir por obra de Kim. Por joven que sea este personaje, no es dable ignorar la sangre derramada a causa de sus designios.

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