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Justa inteligencia

Actualizado el 20 de marzo de 2013 a las 12:00 am

La apatía ciudadana les abre camino a otros “justos” en el Congreso o Municipalidad

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Las declaraciones del diputado Justo Orozco acerca de que él es una de las personas más inteligentes de Costa Rica han provocado indignación y burla entre quienes lo adversan. Sin embargo, una vez que el plano político en que Orozco se ubica es considerado, hay que reconocer que no le falta razón.

Por lo general, a los líderes evangélicos no les interesan los problemas nacionales, excepto en la medida en que puedan instrumentalizarlos en función de su conveniencia y la de sus iglesias. Tal característica se acentúa cuando ganan un asiento en la Asamblea Legislativa, ya que, como legisladores, su compromiso fundamental es con un sector muy particular del electorado.

A diferencia de otros diputados, que deben atender demandas de grupos muy diversos, los diputados evangélicos concentran su atención en cumplir las expectativas de un electorado pequeño, cuya visión de mundo se basa en interpretaciones de la Biblia que refuerzan los valores tradicionales y priorizan la salvación individual en detrimento de la responsabilidad ciudadana.

Proclive a la intolerancia, ese electorado encuentra en la fe fundamento y justificación para irrespetar los derechos y la dignidad de quienes no comparten sus creencias.

Si el solo hecho de llegar a la Asamblea Legislativa proporciona a los líderes evangélicos una plataforma estratégica para satisfacer al electorado referido, alcanzar la Presidencia de la Comisión de Derechos Humanos les permite cumplir esa tarea más eficazmente, mediante prácticas y declaraciones contra sectores específicos de la ciudadanía que tienen una amplia repercusión en los medios de comunicación y en las redes sociales. Al proceder así los diputados evangélicos pueden –por añadidura– captar el respaldo de votantes conservadores no evangélicos.

Aunque tales prácticas y declaraciones indignan a la mayoría de la ciudadanía, permiten a los diputados evangélicos afianzar el apoyo de los electores que comparten su fe, apelar a otros sectores del electorado identificados con los valores tradicionales y desprestigiar la institucionalidad democrática costarricense.

Lejos de ser un daño secundario, tal desprestigio es fundamental: entre más ciudadanos se desencanten del sistema político, más puede elevarse el abstencionismo, y, si esto ocurre, a los candidatos a diputado de los partidos evangélicos –que disponen de electorados leales y disciplinados– se les facilitará alcanzar cocientes o subcocientes.

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A este proceso, que debilita la identificación de la ciudadanía con la democracia y desprestigia a Costa Rica a nivel internacional, otros partidos políticos se han sumado porque encuentran en los diputados evangélicos representantes con los que es muy fácil entenderse. Por tal motivo, no parece preocuparles que en un futuro cercano haya más “justos” en la Asamblea Legislativa ni que un “justo” se convierta en alcalde de la Munici- palidad de San José.

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