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Jubileo de Diamante: panem et circenses

Actualizado el 16 de junio de 2012 a las 12:00 am

El pueblo sigue rindiendo culto a un clan que hereda privilegios medievales

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D ios salve a la Reina ha resonado con fuerza del 2 al 5 de junio en Inglaterra y demás países de la Common wealth, un paradójico lema en nuestra época de descreencias espirituales y políticas; sin embargo, divinidad y realeza siguen ejerciendo fascinación incluso léxica: nombrar tales conceptos superlativos, cuya carga semántica apela a glorias inmutables y al imaginario mitológico, diríase que nos engrandece por ósmosis.

Así, los fastos en honor a Isabel II en su Jubileo de Diamante – otra filigrana de sustantivos para el embeleso – han servido, sobre todo, para radiografiarnos en los fans monárquicos: niños que, exiliados en las arenas movedizas de la adultez, siguen en busca de un cuento que les proporcione la ilusión de tierra firme. Ciento quince años atrás, súbditos decimonónicos, aquejados también del síndrome de Peter Pan, vitoreaban a la tatarabuela de la monarca –Victoria de Hannover, que ostenta el récord de permanencia en el trono británico – en la misma efeméride, concentrada en una sola jornada en contraste con estos cuatro días de festejos consecutivos (curiosamente, en el apogeo del imperio hubo más austeridad que en nuestra crisis mundial ninguneada en nombre de su manirrota Majestad, que muy cauta utiliza el dinero del erario público –una bagatela de 350 millones de euros, según el grupo Brand Finance– para el noble propósito del autobombo).

Fascinación por los cuentos. La narración es consustancial al ser humano, aprendemos escuchando y vamos desenredando, cual hilo de Ariadna, nuestro propio relato vital para entrar y salir de laberintos diversos. No es de extrañar, pues, que las fábulas infantiles permanezcan grabadas a fuego como construcción del mundo en el inconsciente colectivo. Castillos, diademas, carruajes, condecoraciones y besamanos gravitan idealizados en representaciones alegóricas que fusionan peligrosamente estética y ética.

Isabel II, con tal despliegue de medios, está haciendo méritos para constituirse ella misma en arquetipo junguiano. Que en su aniversario diamantino haya recibido a dictadores de cuerpo entero como los reyes de Bahréin y de Suazilandia no es gran cosa (como no lo fue, en su día, que agasajara a muchos otros a lo largo de su reinado, entre ellos a los genocidas Ceausescu, de Rumanía, e Idi Amin, de Uganda, este último mejor conocido como el Hitler africano); que sus descendientes sean príncipes que anhelan ser támpax (Carlos), lucen esvásticas (Enrique), consienten sobornos (Andrés, Eduardo), participan en la cruel cacería del zorro saltándose a la torera la prohibición del parlamento (Ana, Guillermo) y, en suma, medran parasitariamente en una orgía continua de derroche, tampoco cuenta.

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El pueblo, cuyo principal atributo es la desmemoria –considerada de muy buen gusto en los círculos aristocráticos–, los sigue aclamando atávicamente: rinde culto a un clan que se dedica a heredar privilegios medievales (Isabel II es la mayor terrateniente del planeta) y aplaude, insensato, la definición misma de desigualdad.

Toda historia debe revisitarse para mantener su vigencia, versionarse a sí misma innovando la trama sin alterar el argumento, cambios lampedusianos de forma que preserven intacto el fondo. Jorge V comprendió muy bien el poder del marketing escogiendo un nuevo apellido en la recta final de la 1.ª Guerra Mundial (la derrota alemana estaba cantada), de Saxe-Coburg Gotha –dinastía germánica– a Windsor. En aquel entonces la comunicación de palacio estaba a cargo de militares y allegados de sangre azul; hoy han tomado el relevo relaciones públicas profesionales y asesores de moda de celebridades, logrando revertir el annus horribilis de 1992 en esta nueva adhesión popular del 80% a la institución monárquica (según el periódico The Telegraph). La prensa, en su tendencia pendular, ha pasado de demonizar a los miembros de la familia real a pasearlos bajo palio. Ellos son los mismos, el foco es distinto: el prodigio se llama propaganda.

El cierre del macroconcierto dedicado a la reina es especialmente significativo. Mientras el eterno aspirante a la Corona baila el agua a su madre, la regia anciana, flanqueada por Elton John y Paul McCartney –cortesanos modernos convenientemente asimilados a la causa con sus respectivos nombramientos de Sir–, aparece como toda una rockandrollera legitimada ante esta sociedad del entretenimiento que mendiga en una imagen lo que elude leer en mil palabras. Érase una vez el tiempo de dejar de creer en cuentos.

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