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Juan Carlos Herrera, cazador de momentos

Actualizado el 10 de marzo de 2013 a las 12:00 am

El pintor Juan Carlos Herrera brinda una nueva muestra de su genio

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Juan Carlos Herrera, cazador de momentos

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Otro Juan –Ramón Jiménez– escribió que, tras perseguir la mariposa de la belleza, en su mano solo quedaba “la forma de su huida”. Otro Juan –Carlos Herrera– ha perseguido lo mismo, pero con mejor fortuna pues por su mano quedan aquí fijos los momentos, las formas de la huida: nubes, sombras, calles, autos, personas...; todo, cristalizado en el ámbar de sus cuadros.

Con solo 26 años de edad, este tremendo artista brinda su tercera exposición individual: 16 piezas en 12 obras (hay dos dípticos y un tríptico), óleos de varios formatos, en la Galería Nacional. Casi todas las obras se pintaron en el 2012, las de menor formato en este año y la última, hace solo siete días. Los visitantes deben cuidarse al tocar la pintura fresca con la vista.

Herrera estudia aún la licenciatura en la Escuela de Bellas Artes en la UCR, mas sin prisa. “Decidí convertir la carrera en caminata y dedicarme más a la creación”, afirma mientras escribe una X de pasos entre esquina y esquina en la sala de exhibición.

La muestra se llama Paisajes con cierta ironía pues los cuadros no hablan del campo y de sus cielos, sino de calles cementéreas: un San José tumultuario, autos asfixiados por la congestión, e interiores de edificios y de casas, que son la respiración oculta de las avenidas. Pese a todo, no faltan escenas apacibles y rumor de flores.

Estas obras son la cristalización de los instantes; por ejemplo, en un óleo, la calle se paraliza para que Herrera la pinte. Un segundo antes o uno después, la calle ya es otra; el fragor se ha movido un cuadro en la película del tiempo, pero el instante ha quedado prisionero aquí.

Exteriores, interiores. Herrera es un pintor de lo cotidiano, de la escena íntima, y esto le viene de sus maestros del Renacimiento: de ese Vermeer –por ejemplo– que fijaba instantes sobre las pinturas.

Así también, un momento fugitivo se extiende sobre el cuadro de grandes dimensiones Reunión después del trabajo , encuentro furtivo de un hombre y una mujer en una oficina. Reunión ... es una escena creada por Herrera con amigos que se prestan a ser modelos instantáneos, y esto ilustra uno de los métodos del artista para pintar.

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Juan Carlos Herrera organizó también una escena con modelos-amigos en Casa con carreta o La espera , ubicada en el bar Acapulco, del centro de San José. El pintor fotografió el ambiente, lo imprimió y trazó la pintura guiándose de la imagen así lograda.

Otras veces, Juan Carlos empieza un cuadro sin imágenes, sino con palabras. Se le ocurre una idea y la escribe; luego, en su taller, hace bocetos, y más tarde toma fotos de un paisaje urbano y las usa para ejecutar una pintura.

“Si voy en un bus y veo algo que me interesa, apunto la idea en un celular y vuelvo al sitio para fotografiarlo”, explica; pero, en sus cuadros, la gente no posa: vive.

“Yo trabajo con pinceles, no con espátula. Mi abanico de pinceles es solo de cinco”, indica.

Otro cuadro, apaisado, muestra una vista de San José al amanecer. Un primer plano nos trae siluetas y edificios modernos, pero el segundo plano se extiende con vocación de aldea: casas bajas, techos rojos, sugeridos con pinceladas que se afantasman hacia el fondo de los cerros. Encima, el Sol-despertador apenas deshace las sombras.

En formato más pequeño, un paisaje sorprende una calle del Centro. Los autos nos dan la espalda: pierden la educación con la paciencia pues el tránsito está congelado bajo el sol del mediodía.

No un solo estilo. Otro paisaje nos lleva de la mano de los buses al ajetreo de una calle cercana a la iglesia de la Merced. La gente abunda, camina, ya entró en el cuadro. Son las tres de la tarde, y el sol se lanza en diagonal amarilla marcando sombras recias cual en una pintura de Caravaggio, a quien Juan Carlos admira. “Busqué el contraste cálido-frío”, revela.

El artista pinta a mano alzada; en general, no procura la regularidad ni la línea recta-recta. Todo se ondula un poco, se mueve y nos agita. En un óleo de formato menor, la perspectiva de una calle local nos evoca la mirada del español Antonio López en su celebérrimo cuadro La Gran Vía , donde a cualquiera le gustaría estar, en la calle o en el cuadro.

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“Yo procuro variar de estilo. Puedo pintar objetos disímiles, pero unidos por el tema o por el color. Cuando empiezo un cuadro, no sé cómo resultará. A veces pienso: ‘Que en esta pintura se marque la influencia de Malcolm Liepke’; otras veces voy probando a ver qué sale”, describe.

Un óleo mediano representa a una joven ante una reja y entre hojas y flores. “Es en barrio Amón. En las rejas hay influencia de Manet”, precisa Herrera. “El nombre del cuadro es ‘Sin título’”, añade y se ríe. El óleo ilumina la sala. Los contrastes entre los violetas y los verdes chocan sus manos. Las flores, amarillas, nacieron de toques de una boca de tubo de óleo y se alzan en relieve: esto ocurre cuando las dos dimensiones salen a curiosear qué pasa en la tercera.

Otra pared de la galería se ahonda en la perspectiva de Casa con carreta o La espera , óleo de gran formato que fija una escena en el bar Acapulco. El artista ha comentado esa notable obra en Áncora ( 13/1/ 2013 ). En este óleo, Juan Carlos rinde homenaje a su admirado pintor Fausto Pacheco pues aparece inserta una copia de Casa campesina , de Pacheco.

El mínimo paisaje rural observa al paisaje-bar urbano, y ambos giran, atados, como esas estrellas que ruedan en el vacío asidas de los brazos. La espera es ya un preclásico de la pintura costarricense.

Más exposiciones. Tres piezas pequeñas ofrecen un mismo lugar, el parque España, pero en diversos instantes: mañana, tarde y noche. Herrera –dice– siguió aquí ejemplos de Monet.

A la par, he aquí el paseo Colón; hay autos vibrátiles, todo se inquieta. El fondo es casi blanco, un cielo para los ángeles urbanos.

“Este cuadro es del 2009 y me sugirió ofrecer una exposición de paisajes urbanos. Esto es impresionismo, aunque yo utilizo el color negro, al contrario de lo que hacían los impresionistas. Es el cuadro que más me gusta, el más dramático”, confiesa Juan Carlos Herrera.

Un díptico de gran formato, Naturaleza muerta , insinúa una paloma y una rata atropelladas por vehículos sobre franjas pintadas en la pista. La masa de colores nos abruma y parece gritarnos con pena y rabia.

“Todas las ciudades están pobladas por palomas y por ratas, animales que me asustan, pero ellos también tienen el derecho de vivir”, asevera el artista, y es cierto: la ciudad se metió en la naturaleza; aquellos ya estaban antes.

¿Planes?: “ Paisajes es la primera de cuatro exposiciones en las que abarcaré lo cotidiano, lo simple. Seguiré con una exposición de acuarelas en septiembre, y en el 2014 exhibiré dibujos y bodegones”.

El historiador del arte Carlos Guillermo Montero Picado declaró una vez a Áncora : “Juan Carlos Herrera es reconocido como retratista. Su formación académica está marcada por José Miguel Páez, quien a su vez practica ese género y fue influido por Dinorah Bolandi”.

Juan Carlos Herrera viaja ahora entre el retrato y el paisaje urbano, y, en el camino, va diciéndonos que, si la pintura tiene secretos, él está aquí para contárnoslos.

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