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Ironía, verdor, frescura

Actualizado el 21 de octubre de 2012 a las 12:00 am

Antonio Cisneros. El poeta peruano, recién fallecido, nos lega una obra única, brillante y actual

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Ironía, verdor, frescura

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                         cronista y animador cultural Antonio Cisneros Campoy (1942-2002) aparece en su casa de Lima.El escritor,
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cronista y animador cultural Antonio Cisneros Campoy (1942-2002) aparece en su casa de Lima.El escritor,

Antonio Cisneros falleció el pasado 6 de octubre. Fue una de las voces más originales y de mayor presencia en Hispanoamérica. Hasta una semana antes, ya con su salud muy deteriorada por el cáncer –situación que yo ignoraba–, me enviaba mensajes explicándome el modo en que la selección peruana de futbol, mediante una estrategia de cerrojo, había anulado al mejor delantero del equipo argentino, Lionel Messi. Nada podía contra el fútbol, una de sus pasiones.

Lo conocí en junio de 1976 en su casa de Lima, pero ya me había impactado su Canto ceremonial contra un oso hormiguero , que había publicado el Centro Editor de América Latina, en Buenos Aires.

“Toño” estaba inmerso en un impase: en 1972 había publicado uno de sus libros principales, Como higuera en un campo de golf , que, según decía, marcaba una frontera con respecto a sus recursos expresivos (“los límites de la impudicia y el pudor”); pero al mismo tiempo corregía los textos que iban a conformar El libro de Dios y de los húngaros, que se publicaría en 1978.

En esos días de 1976 asistí a un curso que Cisneros impartió sobre cuatro poetas: Octavio Paz, Pablo Neruda, Jorge Luis Borges y Ernesto Cardenal. También le hice una entrevista muy extensa, publicada meses después en el suplemento cultural del diario mexicano El Nacional.

Volví a entrevistarlo en el 2010, cuando él visitó Buenos Aires, invitado a inaugurar el Festival de Poesía del Centro Cultural de la Cooperación. Entre un diálogo y otro habían pasado 34 años. En esa ocasión repasamos las claves de su obra, la singularidad de su lenguaje, sus obsesiones, sus lecturas, su mirada sobre la realidad.

Aquella fue su última lectura en la Argentina, donde había dado varios recitales, uno de ellos en el Festival Internacional de Poesía de Rosario en 1998. Todos gozamos, entre muchos textos, de su clásico “Tercer movimiento ( afettuosso )”, que primero se llamó “Contra La flor de la canela ” y que la gente conocía como “Para hacer el amor'”.

Confluencias. Volví a verlo de nuevo en el 2011, cuando hizo un paso furtivo por Buenos Aires. Como siempre, estaba altivo e imbatible. Saltaba de un tema a otro –la política, el fútbol, la poesía, la gastronomía, los viajes–, diestro en el tono socarrón y con la lucidez que lo caracterizaba.

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Habría mucho por hablar de su persona y de su poesía. Lo primero quedará en la intimidad de quienes lo conocimos. Toño Cisneros no perdonaría ningún tipo de empaque ni el deslizamiento hacia la nomenclatura trillada en los homenajes luctuosos.

De su obra siempre me llamó poderosamente la atención un “montaje cisneriano” en el que conviven lo grandioso y lo pueril, el ámbito doméstico individual integrado a lo histórico social, una edad antigua y la actualidad: un relato de ciudades amuralladas, carromatos y catapultas, salpicado de licuadoras, secadoras de pelo y cajas de Corn Flakes.

Resalta también su capacidad de ir de lo culto a lo popular, de lo hispanizante literario a la jerga urbana, del verso al relato, de la epopeya a lo lírico, del tono pedagógico al desaliño, con un desenfado que reubica, pone las cosas en su lugar con una ironía que opera como antídoto contra toda solemnidad.

Cisneros echaba mano tanto de las crónicas de la conquista como del anónimo tradicional quechua, tanto de los salmos bíblicos como del epigrama latino, tanto de la letra de un valsecito peruano (a veces se entonaba alguno) como de la literatura clásica. Parodiaba incluso el didactismo básico de esa “literatura” que pasa por los horóscopos, consejos útiles, recetas de cocina y pronósticos del tiempo.

Había dialoguismo, sí, coloquio urbano, sarcasmo devastador, revisión y reformulación de la historia oficial y un extenso bestiario que, además de expresar un malestar, le permitía una manera singular de metaforizar: la de quien se mide, se confronta, con los animales, y entrega luego los resultados en extrañas analogías poéticas.

Escritura-refugio. En ambas entrevistas –la de 1976 y la de 2010– volvimos a hablar de sus influencias principales: la poesía en lengua inglesa: Pound, Eliot –sobre todo, Lowell–, más la beat norteamericana y la pop inglesa (decía que de esas poéticas le habían quedado “una frescura, un verdor, un gusto por la imagen”); pero también Whitman influyó en él, y Ernesto Cardenal, y Brecht en la apelación a la ironía.

En Cisneros se corporiza un hablante por fuera de certezas y dogmas, de manera que –en el polo opuesto del poeta del oráculo– su voz llegaba desde un lugar inestable, periférico: era la de un sujeto precario inmerso en la zozobra cotidiana en la que asoman muertos que no terminan de morir, roedores que se revuelven en la basura, enfermedades y objetos consumidos por el óxido, más un devenir de “negocios y matanzas”, como dice en uno de sus poemas.

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Ante todo eso, en sus textos, Cisneros habla de procurarse un refugio en lo limpio, lo brillante, lo amable, lo ordenado, “el techo redondo, la fogata redonda”.

Su mirada contiene un balance; una mirada entre lo ganado y lo perdido, muchas veces resumida en uno de los afanes del hombre: sus batallas. Comenta así lo que ha quedado en pie y anuncia un resultado desalentador; el hombre de hoy es el ser primitivo.

Estas enfermedades son aquellas pestes: la avaricia, la codicia. Escribe: “En la provincia del noroeste construyen tantos muros como muros derriban... Y en los únicos campos donde fui recibido levantaban murallas y torres y terrazas (ya lo dije) que las iban a hundir el mismo día”.

Verdades en el viento. En el 2007, Antonio Cisneros había rematado su prefacio para Propios como ajenos (una de sus antologías) con una línea lacónica que denota cierta aflicción: “Escribo poco, mantengo a duras penas mi tan poquita fe y temo cada día”.

Bajo esa apariencia de solidez apoyada con argumentaciones consistentes –una tenacidad expresada en charlas largas, tragos largos, largos debates en noches largas–, quizá se replegaban cierto desamparo, cierta orfandad existencial que –por fuera de la instancia familiar, la religiosa y aun los gestos de reconocimiento de su obra– lo ubicasen, frente a un entorno registrado como acechanza, en el lugar de quien se siente ajeno, como higuera en un campo de golf.

En tiempos de desasosiego, el testigo escribe: “habito como un gato en una estaca rodeado por las aguas”. Quizá todo ello tuvo que ver cuando, invitado por la editorial chilena LOM a colocar un título para la antología que hice sobre su obra cuando le otorgaron el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda en 2010, propuse este: Diarios de naufragio.

Antonio Cisneros dio su palabra; fue una de las más altas de la poesía contemporánea, una poesía sin autocompasión, en un tono crítico y escéptico (un escepticismo, creo, más cerca de la suspicacia que de la indolencia) con textos que no llegan al lector como certezas, sino en claves de dilema, como lo dije al rematar el prólogo a aquella antología y que repito aquí:

“Son verdades astilladas que aspiran a reunirse entre vientos contrarios y procuran un sitio donde instalar sus desesperos; son poemas que interrogan sobre cómo vivir y, sobre todo, que preguntan sobre cómo nombrar”.

Jorge Boccanera (Argentina, 1952). Poeta y crítico, residió en Costa Rica de 1989 a 1997. Algunos de sus libros de poesía son ‘Contraseña’, ‘Los ojos del pájaro quemado’, ‘Polvo para morder’, ‘Sordomuda’, ‘Bestias en un hotel de paso.

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