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Inmortalidad

Actualizado el 10 de marzo de 2013 a las 12:00 am

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El lunes pasado leí en este diario, de un notable pensador costarricense, un bellísimo artículo en el que se perfila una suerte de lamento por la brevedad de la vida humana. “Por eso, cuando termine mi tránsito por estos lares, prometo que le diré a quien me reciba al otro lado, que el encargado de fabricar hombres se equivocó al acondicionarlos para vivir tiempo tan corto”, escribió. Unas dos horas después de esa lectura, cayó en mis manos el texto de una entrevista que el poeta Wolgang Farkas le hizo, en noviembre de 2002, al poeta y novelista francés Michel Houellebecq, quien declara: “Que quede claro: la vida tal cual, no es mala. Hemos realizado algunos de nuestros sueños. Podemos volar, podemos respirar bajo el agua, hemos inventado aparatos electrodomésticos y el ordenador. El cerebro, por ejemplo, es un órgano de gran riqueza y la gente muere sin haber explotado todas sus posibilidades. No porque la cabeza sea demasiado grande, sino porque la vida es demasiado corta. Envejecemos con rapidez y desaparecemos. ¿Por qué? No lo sabemos, y si lo supiéramos nos sentiríamos igualmente insatisfechos. Es muy sencillo: los seres humanos quieren vivir y sin embargo tienen que morir”.

Esta resonancia me hizo recordar una sentencia de Jorge Wagensberg: “Si se descubriera el secreto de la vida eterna, nadie se atrevería siquiera a cruzar al otro lado de la calle”. No pude dejar de pensar en que los tres -nuestro compatriota, Houellebecq y Wagensberg- revelan de diferente manera el carácter individualista y, en cierta medida egoísta, del deseo humano de vivir una vida prolongada, si no eterna. Y no es que espere de los seres humanos el altruismo instintivo de las hormigas que sacrifican sus vidas aglomerándose para formar con sus cuerpos un puente o un relleno que permita salvar de la muerte al resto del hormiguero. Sin embargo, ¿cómo no pensar en aquellos miembros de la mi especie -creada, se afirma, “a imagen y semejanza de Dios”- que nunca han hecho sacrificio alguno con el propósito de prolongar las vidas de sus congéneres, sino que más bien buscan la inmortalidad acortando las de cientos, miles y hasta millones de ellos?

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Pienso en los negociantes de armas, en los gobernantes promotores de guerras con el fin de apoderarse de los recursos ajenos y, cerca de nosotros, en los políticos que, propiciando la depredación de la Caja del Seguro Social, provocaron la muerte de innumerables compatriotas. El libro del Génesis no nos dice si en tiempos de Caín el asesinato se tipificaba ya como delito, pero nos deja claro que, para el Creador, era un pecado abominable.

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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