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Ingenuidad peligrosa

Actualizado el 25 de junio de 2012 a las 12:00 am

La impaciencia y la ingenuidad pueden provocar grandes daños

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Anda por ahí rondando la ingenua idea de que un Gobierno de facto resolvería los atascamientos de nuestro sistema político. Lo primero que este planteamiento me provoca es recordar mi trabajo en Chile con el Instituto Interamericano de Derechos Humanos, apoyando el proceso de transición a la democracia para salir de la larga noche dictatorial (1988).

Una admirable señora que integró luego la Comisión de la Verdad, demócrata cristiana y de una profunda fe católica, me confesó su apoyo inicial al golpe militar, convencida que esta era la salida al desorden imperante y que se trataría de una solución de muy corta duración. Sin embargo, acto seguido me reveló su espanto, a los pocos meses, al darse cuenta de las violaciones a los derechos humanos cometidas por un poder sin freno.

De esa misma época, recuerdo otra conversación con un exsenador socialista, cercano a Allende, quien me admitió el gran error de la izquierda al considerar las libertades públicas como libertades formales, libertades burguesas.

Me decía mi amigo: “Nos equivocamos; cuando no te podías reunir porque se presumía que estabas complotando, ya que hasta los chistes llevaban a la presunción de subversión; cuando no podías criticar porque tus escritos perjudicaban la estabilidad del Gobierno; cuando todo esto pasó es que nos dimos cuenta de que las libertades eran sustanciales y no formales”. Las libertades, agrego yo, no son adjetivos, sino sustantivos.

Lo temporal se transformó en una dictadura de dieciséis años que terminó en corrupción y asesinatos, la salvación de la democracia en el atropello de sus principios. El sangriento episodio probó que la democracia, los derechos humanos, son límites políticos necesarios, más allá de su valor ético, pues obstaculizan el exceso y el abuso del poder.

Como lo ha señalado Diego Víquez recientemente (LaNación, 19 junio), el gran problema de la junta de facto es: ¿de dónde salen sus integrantes?, ¿quién los elige?, ¿quién los propone?, ¿quién les pone las reglas del juego?, ¿quién la preside?

A esas interrogantes añadiría las siguientes: ¿cuándo se acaba?, ¿quién y cómo fija el plazo?, ¿quién controla a los redentores?, ¿cómo se seleccionan los salvadores?, ¿cuáles son los méritos necesarios para transformarse en miembro del Gobierno de facto?, ¿cuál es el criterio para ser salvador de la patria sin pasar por el proceso electoral?

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Como en Chile, lo que parece una solución temporal, ¿no corre el riesgo de transformarse en una solución de décadas? Un caballo sin riendas, ¿no se desboca? Sin límites, el poder se transforma en absoluto y en arbitrario.

Las reglas de actuación de un Gobierno de facto, si es que existieran y no se confundieran con la voluntad de poder subjetiva de sus miembros, ¿garantizan el respeto de los derechos ciudadanos?, o el cheque en blanco ¿será total? y la voluntad de poder de los salvadores ¿será el único criterio de organización social?

La impaciencia y la ingenuidad pueden provocar grandes daños, el remedio (la dictadura) puede ser peor que la enfermedad, como se demostró con el caso de Fujimori y muchos más.

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