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Incongruencias

Actualizado el 06 de octubre de 2012 a las 12:00 am

Aquí, quienes tienen poder político y tecnocrático andan desenfocados

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Se discutirá pronto un proyecto para una nueva ley de empleo público con objetivos ambiciosos pero, para variar, no tan viables políticamente hablando, ni integrales debido a su abordaje desarticulado de ciertos problemas mayores distintos del fiscal. Para comenzar, sépase que el funcionario público tico ya enfrenta más causales de despido que uno privado, pues están las del Código de Trabajo más las del Estatuto de Servicio Civil y las de cada ente autónomo (incluido comportamiento inadecuado fuera del trabajo).

Consecutivas malas calificaciones son causa de despido sin responsabilidad patronal. Pero no se aplica rigurosamente el instrumento evaluador. Y así seguirá siendo si no se enfrenta en la praxis el peor de los males que lleva a un elevado amiguismo y complacencia de muchísimos jefes: la beligerancia política del funcionario que he dicho data de 1974, cuando se privilegió casi oficial y descaradamente la persecución de “contrarios políticos” y se acentuó la perniciosa práctica de “trabajar” para un partido aun dentro de la jornada laboral.

La aplicación, así parcializada, de un “instrumento” que podría ser “técnicamente perfecto”, afectará siempre el ineafable debido proceso que la Sala IV seguirá tutelando con extremo recelo mientras no se tomen medidas frontales para extirpar de cuajo esa deleznable práctica de servir a la vez a dos amos irreconciliables con la clara intención de beneficiar la “carrera administrativa” no precisamente por méritos tecnocráticos.

Otra situación falaz: se dice en el proyecto de ley referido – y en todo discurso político de rutina– que los funcionarios de toda institución pública deben actuar en cumplimiento de “los objetivos institucionales”. Sépase que muchas veces los funcionarios de todo nivel sólo reconocen, en la praxis, una “misión” y “visión” definidas en seminarios o “talleres” sin nunca conocer las leyes pertinentes; por ejemplo, una Ley Orgánica del PANI y un Código de Niñez y Adolescencia.

Casi nunca los funcionarios son inducidos en esas leyes; menos, en aquellas que definen objetivos “sectoriales” y “nacionales” que exigen saber cómo, en la realización de sus funciones particulares, deben entrar otras instituciones –digamos el IMAS, MinSalud, MEP, INA, CCSS, MTSS, MIVAH– para cumplir con la esencial “función” asignada a cada ente, p. ej. y de nuevo, el PANI: “dictar medidas de atención integral a las familias de niños en riesgo social”.

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Peor aún, no les importa a los funcionarios a cuál ministro de Gobierno le corresponde ejercer esa orientación superior de conjunto. Más bien presencian con evidente indiferencia cómo, por ejemplo en el actual “subsectorlucha contra la pobreza”, se mantiene despojada a la titular de Trabajo y Seguridad Social de esa potestad y liderazgo interinstitucional, en favor de un presidente ejecutivo con un ilegítimo rango de ministro “sin cartera”.

Repercusiones. ¿Consecuencia innegable de tal desmadre? Que aun si cada funcionario y ente llegaran a alcanzar “excelencia” o eficacia individual en el cumplimiento de “sus objetivos”, ello no hará que todos “jalen parejo” y solucionen en conjunto los problemas de la misma población-meta, digamos los pobres. Los instrumentos no hacen al monje. Los enfoques, actitudes y prácticas correctas, sí pueden; pero aquí, quienes tienen poder político y tecnocrático andan desenfocados desde hace mucho con respecto a las reales manifestaciones, y causas, de la ineficaz conducción gubernativa del país.

Y así, estimado lector, se repite la historia en ambiente, agricultura, salud, educación, industria. O sea: mientras jerarcas, funcionarios en San José y en las regiones, Midepán como tal, planificadores en las instituciones, la Presidencia de la República, los mismísimos abogados institucionales, los medios de comunicación, tantísimos analistas y académicos, sigan por la vida ignorando por qué todo este tramado interinstitucional y legal nacional no funciona como debe, nunca se verán las cosas ni se definirán acciones ni se enseñará a actuar global e integralmente para hacer mucho más con los actuales recursos disponibles.

Así, aunque “evaluemos” según el “mejor” autor foráneo u organismo internacional, pero sin conocer las intimidades de este intrincado fenómeno nacional, nunca habrá una sustancial disminución del gasto, pero tampoco de pobreza ni de desigualdad, ni un crecimiento económico estable con aprovechamiento sostenible de los recursos naturales. La típica crítica de economistas y otros de que no “hay plata” y que la mayoría se va en salarios y transferencias, impide reconocer lo mucho más que sí se puede hacer con la que sí hay, deuda pública incluida.

Muchos urgen sofisticadas técnicas para definir “mejores” políticas públicas... según textos foráneos que ignoran nuestro rico sistema normativo/conceptual; que hay que mejorar el costo, eficacia y equidad en el empleo público eliminando disparidades entre regímenes y mejorando la “evaluación del desempeño” de personas y entes, pero no de “sectores” de actividad y su impacto regional; que hay que descentralizar lo nacional hacia lo local, pero nunca a la región y sin confrontar tanta corrupción e ineficacia en el ámbito municipal; que hay que cambiar Constitución y leyes para “ser mejores”.

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Sin embargo, todo resulta en una pérdida de tiempo y de energías si no hay un abordaje global e integral para al menos visualizar las derivaciones prácticas de cada “cosa”; y, sobre todo, si no se reconoce la incompetencia y negligencia mostradas por todos para actuar con la visión y determinación que las actuales o “viejas normas” en absolutamente todos estos campos, han demandado todo este tiempo y que posibilitaban –y posibilitan aún– un mucho mayor avance económico y social del país.

Seamos más serios. Al toro, por los cuernos. Débiles, errados o muy unilaterales diagnósticos de qué anda mal aquí y cuáles son sus causas reales, nos mantendrán en el ya proverbial nadadito de perro que ni fu ni fa para las cada día más exasperadas mayorías necesitadas.

Y, respondiendo al apreciado excompañero de Liceo Vladimir Carazo (Página quince, 1/9): si no ves a los precandidatos que ya zumban como moscas para las próximas elecciones hacer análisis y dar respuestas sobre todos estos temas, podés estar seguro de que no serán las del 2014 unas elecciones que auguren una prometedora y reconstructiva “primavera” para Costa Rica. Seguiremos tan integralmente jodidos como hasta hoy. Y no lo digo por puro aguizote maya. Créanme que, en estos temas, conozco muy bien la tuza con que me rasco.

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