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Incomunicados

Actualizado el 27 de diciembre de 2012 a las 12:00 am

A Costa Rica le urge una agenda de consenso iajdjask daksjdkl asjldk alskdj lkasjd

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Es evidente que en Costa Rica hay un serio problema de puentes y carreteras. Grietas y huecos pequeños, medianos, grandes y descomunales, losas, estructuras y platina s con su fecha de expiración superada hace décadas, dejan lugares incomunicados de forma temporal y a veces casi permanente. Esta situación se debe no solo a falta de recursos, en este país ya saqueado diariamente por muchos antipatriotas, sino principalmente porque hace años se perdió la capacidad de planificación y la de actuar a tiempo. Es como si el pésimo estado de carreteras y puentes nos impidieran llegar con puntualidad a la solución de los problemas.

Por otro lado, en obra pública, transportes y desarrollo vial, es muy común que se tomen decisiones a tontas y a locas, que haya que revertir y enmendar esas decisiones, reparar o hasta destruir lo mal construido (no damos mucho tiempo antes de que haya que recortar la cúspide de los volcancitos erigidos a lo largo del paseo de los Estudiantes), reabrir lo que se cerró (el ferrocarril), no usar lo que se compró (las cámaras), poner soluciones temporales que se eternizan (benditos bailey ), etc.

La inanición resolutiva nos condena al estancamiento de la infraestructura y, por supuesto, de todo lo que depende de esta: la producción, las exportaciones, la industria, el comercio, en resumen, el desarrollo, mientras las presas aumentan el grado de estrés de la población –salud mental–, la factura petrolera y la contaminación ambiental. No es ningún misterio que el progreso económico y social del país no va a despegar mientras persista ese rezago. Si imagináramos la red vial como una red eléctrica, estaría llena de cortocircuitos.

La comunicación en la sociedad costarricense, especialmente al interno de la clase política y gobernante y entre esta y los ciudadanos, está también llena de huecos, de grietas o de cortocircuitos. Sufrimos un grave problema de puentes de comunicación, lo que ha producido un aislamiento de los políticos respecto a las expectativas ciudadanas y una exacerbación del ánimo popular. Hemos ido perdiendo la capacidad de comunicarnos con asertividad, con eficacia y con respeto. Veamos un ejemplo: nuestro ordenamiento tiene abundantes, más que suficientes, instancias para dar curso a nuestras quejas, inconformidades y reclamos de forma legal. Pero últimamente preferimos la vía de hecho y usamos las calles para exigir lo que queremos. La frustración hace que cualquier excusa sea buena, hasta si no nos gusta el color del vestido de la maestra, para cerrar calles y tratar de llamar la atención de las autoridades, que tal vez habrían estado dispuestas a escucharnos mediante los canales institucionales. Pero el desencuentro entre gobernantes y ciudadanos es tal, que en muchos casos ya ni se hace el intento. Las legítimas manifestaciones sociales reivindicativas de derechos fundamentales se transformaron en un pulso al sol. En aras de la estabilidad democrática es necesario reconstruir las vías de comunicación con la Administración Pública.

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Sordera política. La otra cara de la moneda es la sordera selectiva de la clase que está en el poder. El problema empieza por la calidad de muchísima de la gente que llega a él, que una vez que obtiene el cargo, se olvida de quien la eligió y se saca del bolsillo su agenda de intereses personales. Los diputados son el mejor ejemplo y eso se debe en parte a que tenemos un mecanismo de elección perverso pues los ciudadanos votamos sin saber si los partidos políticos nos están metiendo diez con hueco en las listas cerradas de candidatos al Congreso. Y los partidos, contagiados de la pérdida generalizada de valores, no se preocupan por reclutar a la mejor gente, sino a la que más paga por el puesto que le interesa; el beneficio es mutuo: el que paga recupera su inversión una vez en el poder, y el partido mantiene aceitada su maquinaria electoral y garantiza la vigencia de la agrupación y de sus camarillas de reyecitos y gamonales.

Más de una sorpresa nos ha traído la selección de diputados que ocupa actualmente la Asamblea, de la que, según una encuesta reciente, los costarricenses casi no conocemos los nombres, mucho menos las credenciales que los llevaron a sus curules. Este selecto grupo, “nuestros representantes”, lleva más de dos años aislado de sus representados; es decir, del pueblo. No parece que escuchen, menos aun que entiendan, lo que esperamos de ellos. Lo demostraron con el intento de aumentarse los salarios cuando no habían ni calentado sus sillones, y lo siguen demostrando sin pena, a pesar de que sus sesiones son transmitidas en vivo a todo el país, al ausentarse un día sí y otro también, y al tardar más de dos años en hacer su trabajo: aprobar las leyes –más de la mitad del periodo en el que ocupan su cargo–. La bancada oficialista ni siquiera se sonroja cuando su jefe de fracción, con absoluto desdén por la inteligencia de los costarricenses, hace declaraciones infames con las que pretende justificar torpezas como el caso del magistrado Cruz y el haber metido a la nueva subcontralora por la puerta de la cocina, lo que no habla de su valía, pero sí nos indispuso innecesariamente.

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¿Y la rendición de cuentas? Seguirá siendo una ilusión mientras nuestro sistema no la exija expresamente mediante mecanismos como el registro de cada votación de cada legislador. Los buzones de sus direcciones de correo electrónico están saturados, así que no pueden leer nuestros mensajes. Otros olvidan la dignidad del cargo y con fines populistas terminan haciendo papelones en las calles. Nada de esto es lo que el pueblo, “el soberano”, espera de ellos. Pero, apertrechados en su castillo azul, están tranquilos porque no importa lo que hagan o dejen de hacer, la Constitución no nos permite revocarles el mandato. Desde su fortaleza no nos escuchan. Estamos incomunicados.

A Costa Rica le urge una agenda de consenso que aborde con carácter de emergencia los problemas y vicios que tienen varado nuestro sistema democrático y, por ende, el desarrollo social y económico. Varios grupos de la sociedad están promoviendo esa agenda y han presentado propuestas valiosas. Para hacerlas realidad hay que reparar los cortocircuitos para poder comunicarnos de forma efectiva y productiva. Llegó la hora, impostergable, de que los políticos escuchen y ejecuten.

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