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Actualizado el 19 de mayo de 2013 a las 12:00 am

Ustedes no pueden imaginar la cara que pone un hombre cuando recibe un ramo de claveles reventones

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Aprender a comportarme como una señorita era casi un acertijo. La cosa empezó mal no más cumplí cinco años. Vivíamos en el extranjero y en el kínder nos dividieron en dos filas. No sé cómo fui a dar a la clase de música, donde descubrí patitiesa que solo la recibían los hombres. Fui rápidamente reubicada en la clase de costura.

De vuelta en Costa Rica, ya más espabilada, me dirigí directo al alfiletero que me asignó la vida, pero como pocas cosas habrá más aburridas que coser un limpión, le pegué tan torcido cuanto pude el ribete. Hice un limpión cubista. Reprobada en costura, y hasta la fecha.

Por razones ignotas, en mi barrio los vecinos no produjeron, para mi rango de edad, más que varones. Aprendí a hacer de Tarzán. No tendría claridad en cuanto al género, pero distinguía perfectamente un protagónico. Para aumentar mi confusión, me informaron que en algún momento iba a empezar a sangrar (omitiendo decirme para qué). Me costaba caminar como Tarzán con la toalla sanitaria, que además era tabú y había que esconder como almacena cocaína un delincuente.

Fui a clases de francés en el Franco, en la casa de los leones (así llamada no por los felinos de la entrada, sino por los profesores del interior). Si un alumno era molestado por otro, lo instaban a no ser acusetas sino a arreglarse a la salida. Muy sorprendida, opté por retar a puñetazos a una muchachita tímida que me jalaba el pelo para llamar mi atención. A la salida nos lo arrancamos, por no defraudar las expectativas de un ruedo de muchachos. Cumplido el trámite, fuimos mejores amigas.

Crecí y traté de cortejar. Craso error. Ustedes no pueden imaginar la cara que pone un hombre cuando recibe un ramo matón de claveles reventones. Yo las recuerdo poco. Usualmente las veía solo una vez. Cuando por fin reduje el buqué a un ramito de pensamientos y logré casarme, no tenía idea ni de cómo bañar a mi bebé. Yo no venía con el chip incorporado, como las vacas. A falta de madre, que acababa de perder, un amigo gay me consoló, me enseñó a cambiar pañales y me sacó del baby blues .

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Nunca me enseñaron a ejercer la autoridad. Echo mano entonces a mi recurso de shock : si las hijas se amotinan, canto ópera. A gritos. En la calle. En el supermercado. (No es ópera, son Les Luthiers, pero ellas no lo saben.) Mucho tendrán que ahorrar para superar el trauma, pero funciona.

Aprender a conducirse como una dama sigue siendo un acertijo al que me resisto a adaptarme. A mí qué. ¡Que cambien las cosas! ¡Que se adapte el mundo a lo que viene!

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