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Imaginaria bienvenida a la UCR

Actualizado el 13 de marzo de 2013 a las 12:00 am

Nuestra existenciaes “un eternosigno deinterrogación”

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Acaban de abrirse de par en par las puertas de la Universidad de Costa Rica, decana de la educación superior en el país, para el comienzo de otro año lectivo. Una buena cantidad de actividades, desde las culturales hasta los discursos de bienvenida, reciben a los estudiantes y, en especial, a los que ingresan por primera vez. Y, aunque uno ya no está ahí, bien puede imaginar algunas palabras que pronunciaría, si se hallara frente a los alumnos y al claustro de profesores.

Algo como lo que sigue:

De nuevo, una vez más, damos inicio a un curso académico. Algo tiene todo ello de ritual y, por ende, de repetitivo e igual a inicios anteriores. Mas sucede que, en nuestras vidas, los mismos hechos no son exactamente los mismos. Y es que las circunstancias que envuelven nuestra existencia varían constantemente, a veces de manera sutilísima, pero varían. Más aún: nosotros mismos cambiamos. Sobre todo, nosotros mismos. Del ayer al hoy son otras las motivaciones, otros los fines, otro el entorno, otras las concepciones, otros los afanes, otras las emociones, percepciones y sensibilidades como para poder afirmar la idéntica repetición de acontecimientos y cosas.

La verdad es que el movimiento de la vida, de la realidad, no es como lo describían los griegos, que, enamorados de la finitud y seducidos por una circularidad monótona y fatalista, resolvían el acontecer de hombres y cosas, del universo entero, en una cansina ciclicidad, en un somnífero y eterno retorno, en una especie de noria cósmica, en la que cada vuelta es previsible e idéntica a las anteriores y a las que están por venir. Nada, pues, más lejos de una concepción histórica de la realidad que la que exhibieron los griegos.

Somos historia. Lo que acontece es diametralmente diferente: somos historia y nos movemos en ella. Y somos y hay historia, porque somos y hay transformación. Por eso, nada hay que se repita en la historia.

Podemos hacer historia solamente acerca del pasado y, muy osadamente, incluso del presente, pero jamás del futuro. La razón es simple: la historia no es otra cosa que variación y sobresalto, novedad y misterio. Nada está escrito, ni nadie puede escribir la historia por anticipado. La escribimos, la inventamos, la forjamos a cada instante.

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Hay, pues, historia, porque hay cambio, y hay cambio, porque hay insatisfacción. En efecto, el hombre, a diferencia de lo que ocurre con el resto de seres que le acompañan, es “el eterno insatisfecho”. Lleno de una incontenible desazón, se lanza impetuoso, a través de los tiempos, en busca de saciar su perenne descontento. He ahí la raíz y razón de ser de eso que denominamos “cultura”. Si el hombre “crea” y “hace cultura”, no es por otra cosa que por su consustancial ausencia de conformismo. Así es como surgen las diversas instituciones y creaciones humanas; así también, esas enormes, terribles y temibles preguntas a las que, desde el comienzo de los siglos, el hombre trata de dar respuesta. Nuestra existencia es también “un eterno signo de interrogación”.

Ustedes, estudiantes, son el mejor ejemplo de esa gloriosa insatisfacción humana y de su constante y maravillosa actitud de búsqueda, siempre curiosa, siempre interrogante. Por eso están ustedes aquí. Si así no fuera, se habrían quedado, tranquilos, aletargados y vegetativos, en sus casas, contemplando quizás, simplemente, “cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando'”, según el decir del poeta prerrenacentista Jorge Manrique.

Y ¿ustedes, profesores? Ustedes los reciben hoy como siempre lo han hecho, año tras año, con el ferviente empeño y renovado entusiasmo de depositar en ellos la semilla de la curiosidad y la pasión por las grandes creaciones humanas –las de gran alzada y envergadura–, por los auténticos hitos del espíritu, por los brillantes pensadores de todos los tiempos. Ustedes van a llevar a las cabezas y los corazones de sus discípulos “la intranquilidad y la guerra” para que se problematicen y pongan todo en cuestión.

Dudas y temáticas. Ustedes les van a regalar mil dudas para que se las guarden bien adentro, como lo hizo consigo mismo Descartes, y van a enfrentarles con las ineludibles temáticas que todo hombre debe conocer. Van a ayudarles a que se aparten de la “barbarie del especialismo”, de la que tanto se lamentaba Ortega y Gasset. Intentarán formarles integralmente como futuros profesionales, pero, sobre todo, como seres humanos.

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Ustedes, profesores, tratarán de borrar en sus estudiantes el “analfabetismo cultural” y, así, refinar y labrar sus espíritus. Esta es la trascendente y grave misión, la pesada responsabilidad, que las mentes ramplonas y mediocres nunca podrán entender ni valorar. En última instancia, ustedes quieren que los alumnos se sobrecojan, como Miguel de Unamuno cuando decía en su Del sentimiento trágico de la vida: “’¿De dónde vengo yo y de dónde viene el mundo en que vivo y del cual vivo? ¿Qué significa esto?’. Tales son las preguntas del hombre, así que se liberta de la embrutecedora necesidad de tener que sustentarse materialmente”.

Para lograr lo anterior, sepan infundir, señores profesores, en el ánimo de sus estudiantes el irrefrenable deseo de acercarse, cada vez un poco más, a aquellos tres supremos valores que, más allá de la cultura helénica, deben seguir orientando nuestras vidas: la verdad, el bien y la belleza.

Alguien dijo: “Cuando el sabio señala hacia las estrellas, el ignorante no ve más que el dedo”. Ojalá que ustedes, estudiantes, luego de este año en la universidad, cuando alguna vez en sus vidas se encuentren con ese sabio, también, igual que él, se estremezcan, conmovidos y emocionados, ante la inmensidad, el silencio y la belleza de una noche estrellada. Solo eso habrá sido ya un avance.

Muchas gracias.

Pareciera que no suena del todo mal como borrador para una bienvenida. Una duda: ¿será esa la atmósfera que prima hoy en la vida universitaria del país? Si no es así, no hay problema: se trata de un mísero borrador y siempre habrá un generoso basurero que lo reciba.

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