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Imaginar la paz

Actualizado el 09 de septiembre de 2012 a las 12:00 am

'nunca se ponemás oscuro que cuando va a amanecer. Isaac Felipe Azofeifa

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Mucho se habla de lo ocurrido en Centroamérica durante la década de los ochenta, se describen circunstancias, se mencionan personajes, se revelan secretos. Necesario es también descubrir el sentido histórico de lo acontecido, su relación con el presente y su proyección al porvenir. Al conmemorar el 25 aniversario de la firma del Plan de Paz, conviene hacerlo a la manera del caminante que se apoya en el ayer con la mirada puesta en el futuro. Hoy, en estos tiempos confusos, al igual que hace veinticinco años, nada mejor que fundar el optimismo en el verso de Isaac Felipe Azofeifa: “'De veras, hijo, ya todas las estrellas han partido. Pero nunca se pone más oscuro que cuando va a amanecer”.

Pensar contracorriente. Imaginar la paz, concretarla, fue el acto político-intelectual más importante en la historia costarricense y centroamericana del siglo XX. Cuando los Estados Unidos y la Unión Soviética buscaban dirimir sus diferencias convirtiendo a Centroamérica en un cementerio, un grupo de centroamericanos tuvo la osadía de oponerse a la pretensión de las superpotencias y ganar para sus naciones el derecho a la autodeterminación. En el interior de ese grupo se encontraba un núcleo duro, de alto nivel intelectual, formado por personas como el entonces presidente de la República Óscar Arias Sánchez, Rodrigo Madrigal Nieto, Guido Fernández Saborío, Margarita Penón Góngora, Rodrigo Arias Sánchez, Luis Alberto Arias, John Biehl, Maríaangel Solera y muchos más. Ellos supieron interpretar las difíciles circunstancias de la época y lideraron en la región, junto a los presidentes de los distintos países, el proceso que condujo al Acuerdo de Esquipulas. Estos hombres y mujeres imaginaron la paz cuando muchos soñaban la guerra.

Dialéctica amigo-enemigo. En aquellos años el escenario internacional se encontraba marcado por el conflicto que protagonizaban los bloques soviético y democrático-occidental. El Gobierno de los Estados Unidos buscaba intensificar la presión militar sobre los sandinistas en Nicaragua, para lo cual requería consolidar las acciones militares en la frontera de Honduras, crear el frente sur en Costa Rica, propiciar operaciones armadas dentro de Nicaragua y fortalecer a los ejércitos de El Salvador, Honduras y Guatemala. El objetivo era claro: consistía en derrotar por la vía militar al sandinismo, y a los movimientos insurreccionales en El Salvador y Guatemala, a fin de impedir que el bloque soviético se fortaleciera en América Latina. La Unión Soviética y Cuba, por su parte, apoyaban a los movimientos guerrilleros y al Gobierno de Nicaragua, lo que implicaba favorecer la vía armada para derrotar a los ejércitos y crear Gobiernos afines a la URSS y a la revolución cubana. Estados Unidos, Cuba y la Unión Soviética estaban comprometidos con la confrontación, su mutua complicidad se originaba en la dialéctica amigo-enemigo que nutría sus estrategias.

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Origen de la violencia. La irracionalidad de la guerra ocultó las causas estructurales de la violencia en Centroamérica: La exclusión social de millones de personas combinada con militarismo y dictadura. A diferencia de Costa Rica, las otras sociedades centroamericanas no tenían fuertes tradiciones democrático-liberales, ni contaban con diseños institucionales que aseguraran la subordinación del poder militar al poder civil, y permitieran el acceso de la población a los servicios de educación, salud, infraestructura y seguridad; las clases sociales medias eran débiles, poco extendidas, casi inexistentes, agobiadas por la violencia. Nada de esto era prioritario en el comportamiento de las superpotencias. La realpolitik levantaba muros de incomprensión e intolerancia. Como ocurre en nuestros días interesaba más la geopolítica del poder que la dignidad de las personas.

El desafío principal. En tales condiciones la sociedad costarricense corría grave peligro de verse envuelta en una confrontación militar regional. La situación era aún más delicada porque es en la década de los ochenta cuando se inicia el cambio en el modelo de desarrollo socio-económico, provocando la resistencia de segmentos políticos internos asociados al sandinismo, a la Unión Soviética, a Cuba y a las guerrillas centroamericanas. ¿Cómo construir una política exterior autónoma, que reivindicara el derecho a la autodeterminación, facilitara la transición democrática en Centroamérica, resistiera la presión de las superpotencias y favoreciera el cambio en el modelo de desarrollo? Este fue el desafío que entre 1986 y 1990 los costarricenses abordaron y resolvieron, el modo como lo hicieron, y los contenidos que imprimieron a la dinámica histórica, generó experiencias e influencias que llegan hasta hoy, y revelan un alto grado de inteligencia política y sabiduría colectiva.

¿Qué hacer? Combinar el contexto internacional y la coyuntura centroamericana no era fácil, pero esto fue lo que se perfiló en el discurso que el Dr. Óscar Arias pronunció con motivo del traspaso de poderes del año 1986. “Costa Rica reitera –dijo el Dr. Arias– su fe inquebrantable en la búsqueda de una solución pacífica, por medios diplomáticos, a los apremiantes problemas centroamericanos”. El nuevo Gobierno se preparaba para desmarcarse de la política exterior estadounidense respecto a Centroamérica. En el mencionado discurso del Dr. Arias Sánchez se establece una ecuación intelectual que de inmediato se convierte en el eje de los esfuerzos diplomáticos: Libertad, democracia, justicia social y paz constituyen factores que deben fortalecerse de manera simultánea y correlacionada para hacer posible la evolución pacífica de la región.

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Convergencias. Cuando a las anteriores ideas se agregó el pensamiento clave de Ghandi –“No hay camino hacia la paz, la paz es el camino”–, se consolidó un bloque de pensamiento que sintonizó con varios fenómenos globales de la década de los ochenta tales como la posición moderada de quienes gobernaban en Europa Occidental, la Perestroika y la Glasnost en la Unión Soviética, la complementariedad del pontificado de Juan Pablo II con los movimientos democrático-liberales, la oposición de un sector de la clase política e intelectual estadounidense a la política exterior de su país respecto a Centroamérica, y el ascenso de las corrientes democráticas en América Latina. Estas tendencias se complementaron con la orientación estratégica del Gobierno costarricense. Lo que vino después fue un esfuerzo multilateral que hizo converger a esas corrientes históricas en torno al propósito de pacificar Centroamérica por medios diplomáticos, y en ese marco la vía armada se debilitó hasta desaparecer.

Cuando el alma no es pequeña. Hoy conviene traer a la memoria a los centroamericanos sacrificados en los altares de los extremismos y el dogmatismo, y preguntarse con Fernando Pessoa: “¿Valió la pena?: Todo vale la pena cuando el alma no es pequeña”. Y el alma de los centroamericanos no es pequeña, se sabe por los versos de Rubén Darío, Pablo Antonio Cuadra y Jorge Debravo, por la narrativa de Miguel Ángel Asturias, por el sacrificio de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, por la visión de Óscar Arias Sánchez, por los costarricenses que salvaguardaron la paz de Costa Rica, por quienes aún ofrendan sus vidas bajo la opresión del militarismo. Es imperativo afirmar que el espíritu del Plan de Paz espera su plena realización, aún aguarda el arribo de las nuevas generaciones. Centroamérica no se ha desmilitarizado, los Estados de derecho son frágiles, la justicia social sigue siendo, para la mayoría de las poblaciones en esta región, un espejismo. Debemos seguir avanzando, porque, de lo contrario, retrocedemos.

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