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Hoy hace un año nació papá

Actualizado el 16 de junio de 2013 a las 12:00 am

Echarse un padre al hombro es un gran compromiso

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Mi padre cumple hoy un año de haber nacido. Recuerdo su masculino empeño por disimular el miedo, agarrándose del manual del curso prenatal como si fuera un rosario; su conmovedor intento por ser útil en la sala de partos. De hecho lo fue: friccionó las piernas de mamá, que estaban heladas; le sostuvo la espalda, ayudándola a pujar.

Cuando por fin salí, nos miramos. Qué quieren que les diga: se me parece. Heredó mi nariz (sí, ya sé que el juicio es prematuro) y lamentablemente mis orejas, desplegadas como papalotes. Yo podré disimularlo cuando me crezca el pelo y sea una niña grande. Él cada vez menos, cuando lo vaya perdiendo. Pero, bueno, modestia aparte, que me quedó guapo, ¡me quedó guapo!

Mamá me dio la bienvenida, me puso al pecho y descansó. Papá, que todavía no habla bien, tartamudeaba sin saber dónde poner las lágrimas.

Que no hay amor a primera vista. ¡Cómo se atreven!

En fin, tener un padre, coincidiremos, es un acontecimiento que te cambia la vida. Lo ves crecer y te llenás de orgullo. Ya no es aquel novato que enfrentaba el pañal con contenido terror, intentando cambiarme como con pinzas; ahora me pinta de blanco el culito con gran aplomo y óxido de zinc: me siento Marcel Marceau.

Papá no tiene pechos. Lo sé, porque se los he buscado. Yo disimulo esta extraña omisión de natura porque no quiero bajo ningún concepto acomplejarlo. Él lo compensa bien: me sube a caballito, se pone a cuatro patas, dice cosas ininteligibles (imagino que es la edad). Saber hacer caras: cara de diablo, cara de viejito, cara de camello (la más intimidante). ¡Quiere que las haga yo! Papá me preocupa, pero le sigo la corriente.

Lo reconozco por su olor. Huele distinto, y distinto en la tarde, la noche o la mañana. Cuando no está, gateo buscando sus zapatos. Mamá los esconde. Pienso que está celosa.

No la culpo. Papá me adora. A veces se lo presto porque tengo buen fondo y porque me da su lastimilla: nunca lo he visto hacerle la cara de camello.

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Como con ganas. Hay que estar fuerte. Papá me necesita, no le puedo fallar. Echarse un padre al hombro es un gran compromiso, lo sé. Pero no importa: lo veo dormir su sueño, la boca abierta, la barba crecida y, qué puedo decirles, es tan dulce, tan nuevo, tan indefenso.

Entonces me abrazo con fuerza a su dedo pulgar, a su reloj de pulsera, y solo sé que quiero que el destino me permita verlo crecer junto a mí, llevarlo a buen puerto, hacer de él un padre de provecho.

Hoy hace un año nació papá. Qué quieren que les diga. Estoy tan orgullosa.

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