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Hoover en Costa Rica

Actualizado el 14 de mayo de 2013 a las 12:00 am

El primer presidente de EE. UU. que resaltó la orientación social de la democracia costarricense

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Hoover en Costa Rica - 1
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El miércoles 28 de noviembre de 1928, alrededor de las ocho y media de la mañana, desembarcó en Puntarenas Herbert Hoover, presidente electo de Estados Unidos, quien efectuaba una gira latinoamericana a bordo del crucero Maryland. En ese puerto, fue recibido por una delegación oficial, encabezada por el Secretario de Relaciones Exteriores, Rafael Castro Quesada.

Para trasladar a Hoover a San José, el gobierno de Cleto González Víquez dispuso un tren especial, que salió de Puntarenas diez minutos antes de las nueve de la mañana y llegó a la capital poco después del mediodía. Durante el trayecto, Hoover aprovechó para despachar algunos asuntos pendientes, y luego salió al balcón del carro en el que iba (adornado con banderas de Costa Rica y Estados Unidos), desde donde, según lo consignó la prensa de la época, “estuvo admirando y elogiando la exuberancia de nuestra naturaleza conforme el tren cruzaba por las ubérrimas regiones del Pacífico”.

En San José. A su llegada a la capital, el tren fue recibido por una multitud entusiasta, a la que luego Hoover y su esposa saludaron desde la azotea del edificio de la Legación de Estados Unidos en San José. Posteriormente, Hoover se desplazó a la Casa Amarilla, donde hubo una breve recepción.

Finalizado ese acto, la comitiva se desplazó, acompañada por una multitud y un desfile de escolares, al Teatro Nacional para el almuerzo preparado por el Gobierno; allí González Víquez y Hoover pronunciaron los discursos de rigor. Según el periodista del Diario de Costa Rica que cubrió el evento, “los palcos del Teatro estuvieron ocupados por miembros distinguidos de nuestra sociedad”.

Cerca de la cinco de la tarde, González Víquez despidió a Hoover en el andén de la estación del Pacífico. El tren arribó a Puntarenas a las ocho y media de la noche, y de inmediato Hoover embarcó en el Maryland, que zarpó con rumbo a Guayaquil, Ecuador.

Descontento. La visita de Hoover no fue del agrado de todos los costarricenses, un fenómeno asociado con el importante desarrollo que tuvieron las corrientes nacionalistas y antiimperialistas en el país en la década de 1920. El exdiputado Aníbal Santos, en una carta que publicó en el Diario de Costa Rica, indicó que el 27 de noviembre había recibido “una hoja anónima en que un autor desconocido excitaba a mis compatriotas a hacer el vacío alrededor de Hoover”.

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Según Santos, un proceder de ese tipo no se justificaba por la colaboración que Costa Rica siempre había recibido de Estados Unidos, incluida ¡la participación estadounidense en la rendición de William Walker el primero de mayo de 1857!

No sorprende, por tanto, que Santos declarara que a él lo habría “mortificado mucho que mis connacionales hubieran recibido al personaje que nos visita con aullidos a la puesta del sol, tras de una loma”.

De manera más formal, la Liga Cívica de Costa Rica, integrada entre otros por Ricardo Moreno Cañas y Luis Felipe González Flores, comisionó a uno de sus miembros, el excanciller Alejandro Alvarado Quirós para que, durante el almuerzo en el Teatro Nacional, entregara una extensa carta al secretario de Hoover.

En tal misiva, se le indicaba al presidente de Estados Unidos que la Liga, en esos momentos, mantenía “una contienda serena, pero recia, con algunas empresas de vuestra nacionalidad, las que controlan la industria bananera y la explotación de los servicios eléctricos... Defienden ellas privilegios disfrutados de hecho y pretenden ampliarlos y cimentarlos más todavía”.

El discurso de Hoover. Aunque se desconoce si Hoover leyó la carta de la Liga, el discurso que pronunció en el Teatro Nacional es de sumo interés porque, por vez primera, un presidente de Estados Unidos concentró su atención en resaltar la orientación social que ya por entonces caracterizaba a la democracia costarricense.

Para Hoover, quien se declaró un estudioso de los avances sociales y culturales, los costarricenses habían servido de guía en “la solución de importantes problemas”, en particular los relacionados con la distribución de la tierra, con el acceso a la propiedad de la vivienda y con el desarrollo de una educación general gratuita.

En sus propias palabras: “Haber realizado todo esto y haber mantenido al mismo tiempo la integridad y la dignidad nacionales con una fuerza militar que es, en número, menor que la cuarta parte de vuestros maestros de escuela, es una conquista nacional que habla muy alto no solo de los beneficios de las instituciones fundamentales de la democracia, sino también del carácter del pueblo y de los gobernantes de Costa Rica”.

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Al final de su discurso, Hoover señaló: “Habéis tenido la idea de hacer resaltar esta bienvenida con los niños de las escuelas de vuestra ciudad-capital. No conozco otro medio por el cual puedan evidenciarse en mejor forma la amabilidad y la cortesía de una nación, que el de esos grupos de niños que hoy nos han dado la bienvenida. Esa es la voz de una democracia progresista”.

Repercusiones. Ciertamente, lo expresado por Hoover recuperó contenidos básicos del discurso oficial sobre la Costa Rica de esa época (todavía visibles en el presente); pero, a la vez, reconocía los resultados de complejos procesos sociales en curso, como la presión de las comunidades por más y mejores escuelas, el aumento del presupuesto educativo en detrimento de los fondos asignados al ejército y a la policía, y las demandas de campesinos y trabajadores que condujeron a la puesta en práctica de proyectos de distribución de la tierra y de construcción de viviendas populares.

Durante su gira latinoamericana, Hoover pronunció unos 25 discursos; sin embargo, el que dio en el Teatro Nacional tuvo alguna repercusión inmediata, ya que en su edición de diciembre de 1928, el Bulletin of the Pan American Union incluyó un artículo en el destacó las notables instituciones de bienestar social que había en Costa Rica.

A su vez, en el resto de Centroamérica, el periódico salvadoreño Patria, dirigido por Alberto Masferrer, manifestó con una desencantada ironía que el “discurso de Hoover es visiblemente subversivo, casi bolchevique. Llega hasta recomendar como bueno, como ideal, que cada familia tenga una finca y una casa, cuando se sabe que lo prudente y justo es que una familia tenga cien casas y cincuenta fincas”.

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