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Henry no recordaba, pero la ciencia se acordó de él

Actualizado el 02 de septiembre de 2012 a las 12:00 am

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                         Cada una de las “rebanadas” del cerebro se coloca en una lámina de vidrio y un tinte permite ver sus estructuras. | ANDREA SOLANO PARA LN.
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Cada una de las “rebanadas” del cerebro se coloca en una lámina de vidrio y un tinte permite ver sus estructuras. | ANDREA SOLANO PARA LN.

El 25 de agosto de 1953, Henry Gustav Molaison (1926-2008) yacía en una mesa de operaciones del Hospital Hartord (Connecticut) con la esperanza de que el cirujano William Beecher Scoville lo librara de la terrible epilepsia que lo torturaba desde niño.

Intrépido por naturaleza, Scoville utilizó el enfermo cerebro de Henry como un laboratorio para experimentar con el procedimiento que denominó “lobotomía fraccionaria” .

Este consistía en extraer solamente las estructurales cerebrales causantes de un daño específico, a diferencia de la lobotomía tradicional, en la que se removían los lóbulo frontales del cerebro.

El médico andaba en busca de la estructura llamada hipocampo pues suponía que su mal funcionamiento estaba asociado a los ataques epilépticos de Henry.

Hasta entonces, la ciencia desconocía cómo funcionaba el cerebro en relación con la memoria. Scoville extrajo el hipocampo y otras estructuras y los resultados fueron positivos pues los ataques se redujeron notablemente, pero, en la operación, a Henry le quitaron algo más: sus recuerdos.

“Cuando Henry despertó, no reconoció al médico con el que se había entrevistado tantas veces, ni a las enfermeras. Después de la operación ya no era capaz de recordar lo que hacía en un día, ni siquiera lo que comía. Él había perdido la memoria de corto plazo”, explicó el neuroanatomista Jacopo Annese, director del Observatorio de Cerebros de la Universidad de California en San Diego.

Henry Molaison, conocido como el paciente H. M., fue el primer caso analizado por el proyecto de la Biblioteca Digital del Cerebros, que dirige Annese.

Después de la operación y hasta su muerte, en el 2008, Henry participó voluntariamente en numerosos estudios sobre la memoria y aceptó donar su cerebro para la investigación científica.

Henry estaba consciente cuando aceptó ser donante y firmó el documento con su consentimiento. “Le llenaba de esperanza pensar que los hallazgos en su cerebro pudieran ayudar a otras personas”, explicó Annese.

Aparte de su amnesia, Henry llevaba una vida completamente normal. “Tenía íntegras sus facultades, podía valerse por sí solo e incluso resolvía crucigramas y hacía bromas. Lo único que no lograba era acordarse de las cosas que hacía”, dijo el científico.

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El cerebro de Henry pasó a manos de Annese y su equipo de científicos que afrontaban el reto de no estropear este cerebro por segunda vez. El 2 de diciembre del 2009, los expertos dedicaron cerca de 53 horas continuas a diseccionar el cerebro de Henry. En total se extrajeron 2.401 “rebanadas” del órgano, las que se digitalizaron.

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