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Guerras y esclavos

Actualizado el 06 de enero de 2013 a las 12:00 am

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Guerras y esclavos - 1
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Guerras y esclavos - 1

En nuestra imaginación ha calado la idea de que la paz ha sido parte de nuestra idiosincrasia desde tiempos pretéritos: de una democracia más que centenaria, cimentada desde tiempos de la Conquista por afables conquistadores, como Juan Vázquez de Coronado y su don de gentes, pacificando, reconciliando caciques que se hacían la guerra, pero justificando así la nueva dominación.

Se ha propuesto que nuestra paz deriva del hecho de un territorio poco poblado y de españoles que debieron labrar la tierra por no contar con una población significativa que someter a encomenderos, y por ausencia de minas de oro.

A la vez, habría existido una gestión territorial pacífica, acaso apenas manchada por la rebelión de Pablo Presbere en 1709.

Con tan idílico retrato, ¿quién podría imaginar que Costa Rica figuró en la llamada “ruta del esclavo” a partir del siglo XVII? No se trata solo del hecho de que hubo esclavos africanos en estas tierras, sino de que esta provincia colonial fue en realidad un coto para la “cacería” de indígenas que, reducidos a la esclavitud, fueron transportados en barcos provenientes de África para que se los vendiese en algún lugar de los Estados Unidos.

En Pueblos que capturan (Esclavitud indígena al sur de América central, siglos XVI-XIX) , Eugenia Ibarra demuestra todo ello contundentemente. Para lograrlo, escudriña con minucia en bibliotecas especializadas las listas de mercancías de los barcos que transportaban esclavos, sus rutas, sus paradas y sus destinos. Encuentra así las menciones dedicadas a esclavos indígenas, y logra relacionarlas con indicios sobre las acciones de los zambos-mosquitos en la costa Caribe centroamericana y la trata de esclavos de los ingleses.

Esos barcos también llevaban otra mercancía africana: marfil. Pensando que debería ser posible encontrar prueba material y así terminar de cuajar su interpretación, la autora planteó sus hipótesis en un congreso en Honduras, al que asistieron arqueólogos que excavaban en el Fuerte de Omoa, donde habían encontrado piezas o restos de marfil, sin comprender bien la razón.

Dos iniciativas de investigación de repente se engarzaron ofreciéndose los indicios necesarios para completar la interpretación. En palabras de la autora: “Queda demostrado que hubo indígenas centroamericanos esclavizados que circularon entre Matina, Moín y Blue-fields, Port Royal, Charlestown y Nueva York”. ¡Quién hubiera pensado que bribris, cabécares, teribes, cautivos de los zambos-mosquitos, tuvieron ese destino!

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Eugenia Ibarra no se contenta con esos impresionantes hallazgos; se pregunta además de dónde procede la costumbre esclavista de los zambos-mosquitos.

Ibarra sistematizó las menciones sobre la práctica del cautiverio que procuran las fuentes etnohistóricas, para formular que la guerra “era una práctica común; era una actividad deseada, gustada y esperada” por los pueblos indígenas centroamericanos.

La autora sigue los documentos, así como relatos tradicionales de pueblos indígenas de la actualidad y los argumentos de grandes etnólogos, como Jacques Lizot y Fernando Santos Granero. Eugenia Ibarra logra así demostrar dos importantes hechos.

El primero es que la guerra no puede verse con el prisma que usamos hoy; es decir, el mero enfrentamiento por intereses, especialmente geopolíticos, pues la guerra tuvo también, para los pueblos indígenas, un sentido simbólico, generalmente opacado por la interpretación de las circunstancias. La guerra fue un ritual; requirió preparación espiritual; los chamanes intervenían para infundir coraje o temor; hubo elementos estéticos para poner en relieve su importancia: tambores, pitos, cantos', y, claro está, armas.

El segundo hecho consiste en que la figura del cautivo de guerra, que eventualmente se vuelve esclavo, existe en la tradición amerindia, y que hay un entronque entre esta y la práctica esclavista de zambos-mosquitos, aunque evidentemente trastocada por la injerencia de los invasores europeos.

Además de ser un estudio excepcional y necesario para reescribir nuestra memoria, Pueblos que capturan es un semillero de luces para proseguir la indagación, puerta de entrada en este desconocido tema, y también encrucijada de muchas otras y novedosas investigaciones.

El autor es profesor en la Escuela de Antropología de la Universidad de Costa Rica.

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