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Actualizado el 05 de febrero de 2013 a las 12:00 am

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Yo nunca había visto un programa “macro” tan contradictorio y omiso como el aprobado por la Junta Directiva del Banco Central, ni tan lesivo para la autonomía de esa institución esencial. La están minando.

La principal contradicción emana del divorcio entre el diagnóstico de los problemas monetarios y cambiarios (escrito a la perfección), y las soluciones propuestas (ubicadas muy lejos de él). El diagnóstico, sin duda, fue redactado por la División Económica del Banco; las soluciones las deben de haber subcontratado.

Partamos del diagnóstico: “tasas de interés en los mercados internacionales en niveles históricamente bajos, elevados rendimientos de títulos valores locales y un tipo de cambio ‘anclado’ al límite inferior de la banda cambiaria, aumentaron de manera significativa el premio por ahorrar en instrumentos de deuda en colones e incentivó el ingreso de capital externo por arbitraje de tasas de interés. Eso implicó una apreciación del colón y mayor compra de divisas por el BCCR, condición que provocó una significativa expansión monetaria”. Y agrega que “el compromiso con los tipos de cambio de intervención en los límites de la banda limitan la eficacia de la política monetaria”. ¡Bien dicho!

Pero del dicho al hecho queda un largo trecho. La omisión más notoria es que, pese a reconocer la necesidad de liberar el tipo de cambio para migrar al esquema de inflation targets y hacer lo que le manda la ley, decidió mantener las bandas, por sétima vez, decretadas temporalmente desde el inicio. ¡Qué pena! Dejó pasar la oportunidad de modernizar un sistema caído en obsolescencia por las circunstancias. En cambio, decidió desempolvar instrumentos raídos y en desuso, como el control cuantitativo del crédito con los vetustos “topes de cartera”. Está retrocediendo.

Las restricciones aprobadas e impuestos por venir podrían mantener las cotizaciones ligeramente arriba de la banda inferior, en una flotación libre, de hecho, en vez de “administrada” como querían al inicio. No deseaban flotar y terminarán haciéndolo, pero sin corregir el problema. Y habrán comprometido la autonomía del Banco Central al ceder abiertamente a las demandas de la empresa privada (que pedía cosas tan absurdas como flexibilidad cambiaria pero arriba de C500), y también del Gobierno, siempre atento a la popularidad. Pero les fue mal, sobre todo a los banqueros. Los complacieron al retener la banda para liberarlos del riesgo cambiario, pero les recetaron controles de crédito. Les costará mucho dinero. Y lo habrán de resentir.

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Jorge Guardia

Abogado, economista y columnista de La Nación. Fue presidente del Banco Central y consejero en el Fondo Monetario Internacional. Es además profesor de economía y derecho económico en la Universidad de Costa Rica.

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