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Actualizado el 09 de octubre de 2012 a las 12:00 am

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¿Está amenazada la libertad económica? Ese es el tema de un conversatorio auspiciado por la Asociación Nacional de Fomento Económico (ANFE) por celebrarse mañana en el Aurola Holiday Inn. Yo quisiera contribuir con algunas ideas para estimular la discusión.

No voy a deambular en la definición de libertad económica, tantas veces defendida (y cercenada) por la Sala Constitucional. Si uno busca limitaciones a la libertad de producir y consumir, o emprender lo que su voluntad le dicte, hallará quintales. Me parece más interesante indagar los cuestionamientos a la Economía como disciplina, formulados en el exterior.

¡Volver a empezar!, gritaron los radicales como George Soros en su Instituto para la Nueva Economía. Amartia Sen, más moderado, no abjura de su profesión pero cree que muchos yerran al asumir el perfecto funcionamiento de los mercados e ignorar la necesidad de regularlos. Eso no implica inventar una nueva economía. Los keynesianos están de moda, mientras los liberales, en el clóset, añoran las políticas aprendidas en el aula: la libertad económica es consubstancial al sistema de precios; el valor de todos los bienes y bonos se dicta por el mercado, que hay riesgos y responsabilidades involucrados, y que, al asumirlos, se adquiere el boleto de ganar o perder.

De ahí emanan la eficiencia y supervivencia del capitalismo, su capacidad de satisfacer necesidades y –lo esencial– de generar empleos. Cuando estos principios se dispersan, las distorsiones financieras se trasladan al sector real y terminan afectando todos los precios. El sistema se distorsiona y sufre la sociedad. Y es lo que está pasando. La crisis diluyó los sanos principios del mercado, se tragó el riesgo moral, condonó a los bancos, empresas e inversionistas que se excedieron al asumir riesgos (activos tóxicos) y, en vez de aceptar las consecuencias, se las trasladaron a los Gobiernos, que las endosaron a los bancos centrales para impedir al mercado reflejar el verdadero riesgo de los bonos fiscales.

El mensaje es muy perverso: que el sector privado asuma cualquier riesgo porque el Estado lo salvará; y que los Gobiernos gasten porque los bancos centrales los rescatarán. Después, les pasarán la factura a los contribuyentes o consumidores con más inflación. Yo nunca había visto tanta putería financiera. Entonces, ¿conviene inventar una nueva economía para prevenir el advenimiento de otras crisis? Sería ocioso. Mientras se ignore el riesgo moral y los Gobiernos, empresarios y sindicatos piensen que se saldrán con la suya, volverán las crisis financieras. Rescatar los sanos principios de la economía neoclásica es mucho más sensato.

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Jorge Guardia

Abogado, economista y columnista de La Nación. Fue presidente del Banco Central y consejero en el Fondo Monetario Internacional. Es además profesor de economía y derecho económico en la Universidad de Costa Rica.

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