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Actualizado el 25 de septiembre de 2012 a las 12:00 am

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Los gringos siempre se salen con la suya. Imponen sus políticas económicas sin que nadie se atreva, siquiera, a insinuarles cómo actuar. Los europeos, no. Están jodidos. Deben someterse a los rigores del FMI y el Banco Central Europeo (BCE) para subsistir, como si fueran subdesarrollados. La asimetría entre los primeros y segundos es palpable.

Para apreciar la diferencia recordemos nuestras vicisitudes cuando excedíamos el gasto y recurríamos al FMI, lastimeros, en pos de financiamiento. Sí, claro, pasen adelante –nos decían– y, tras el trasero, ocultaban la correa de cuero: ajuste fiscal, contracción monetaria, alza en los intereses y devaluación para equilibrar la balanza de pagos. ¿Y el crecimiento? Nada de eso por ahora –decían– porque no pueden seguir creciendo a base de gastar lo que no tienen. ¡Austeridad!

Hoy los europeos deben pasar por el mismo aro. El FMI no tiene suficientes recursos para financiarlos; el BCE, sí. Pero su presidente, Mario Draghi, no quiso abrir la llave sin asegurarse, primero, de que podían pagar. Estuvo dispuesto a adquirir bonos gubernamentales para evitar la escalada en las tasas de interés, pero a cambio de programas rigurosos de ajuste fiscal y financiero con el FMI. Paralelamente, tendrán que avanzar en la integración fiscal, monetaria y financiera, renunciando a su soberanía económica.

EE. UU. no se sometió. Aunque sufre los mismos problemas fiscales y financieros y, por tanto, debería someterse a un rigoroso programa de stand-by, se diferencia en algo esencial: confianza. El Gobierno sigue colocando bonos sin sufrir alzas en los intereses, y la FED se empeña en emitir sin que los consumidores ni inversores lo castiguen con más inflación o devaluación. Incapaz de ajustar las finanzas por divergencias internas irreconciliables, decidió estimular el gasto mediante emisión para ver si así disminuía el desempleo. Y en ese fútil intento por redimir la política fiscal, le robaron a la FED su autonomía.

Lo irónico es que la Banca, en vez de prestar, aprovecha las bajas tasas de interés para invertir en bonos fiscales y embolsarse la diferencia. Los consumidores no se endeudan ni gastan (ahorran) por estar ya muy endeudados. Por eso, no sube la inflación. Entonces, expandir la liquidez y reducir más los intereses resulta ocioso. Y llegará el día en que la situación explote. Entretanto, la entrada de capitales por tanta liquidez nos ha permitido mantener el desequilibrio “macro” sin hacer los ajustes necesarios en lo fiscal, balanza de pagos, ni tipo de cambio. Pero también es insostenible. Y a largo plazo terminaremos jodidos, como los europeos, pidiéndole cacao al FMI.

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Jorge Guardia

Abogado, economista y columnista de La Nación. Fue presidente del Banco Central y consejero en el Fondo Monetario Internacional. Es además profesor de economía y derecho económico en la Universidad de Costa Rica.

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