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Como Guadalupe

Actualizado el 23 de octubre de 2012 a las 12:00 am

Es sabiduríatratar de vivir alegremente durante este breve transitar

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La imperturbabilidad –decían los estoicos– es cualidad que todos deberíamos preocuparnos por alcanzar. Algo así como aprender a vivir de acuerdo con el orden, con el concierto de la naturaleza, serenamente. En resumen, la sensatez que tiene que ver con el conveniente equilibrio espiritual.

La constante que nos golpea permanentemente es el sentido de la vida y la angustia de la muerte. Pareciera que la vida es verdad, pero no lo es. Verdad es la muerte. Quien vive como si nunca fuera a morir, se engaña, y el que mantiene preocupación por la muerte se atormenta con una realidad que nunca sabrá en qué consiste.

Pienso que es sabiduría tratar de vivir alegremente durante este breve transitar. Adaptarse a la idea de la muerte, sí, pero disfrutando de la vida. El nacer no fue por nuestra gestión y el morir tampoco lo será, excepto si decides suicidarte. Del ciclo vital que marca la naturaleza – nacer, vivir y morir– lo único que podemos administrar es el vivir, que es lo que nos pertenece.

Que cuando la muerte te sorprenda puedas confesar que has vivido, puede ser un buen deseo. Al menos así lo entendió Pablo Neruda. Pero si alguien te dice que debes trabajar hasta el último día de tu vida, te aconseja mal, porque no nacimos solo para trabajar, sino también para disfrutar de todos los dones que la naturaleza nos da.

Llega un momento que te obliga a decidir lo que debes hacer con el resto de tus días. El declararte anciano antes de tiempo siempre me pareció una necesidad vital, es decir, la autojubilación, que es atender al consejo de Séneca: “Retírate, dedica tus días al recogimiento, al ocio bien empleado”.

Vivir porque se está viviendo y no como si fuéramos parte de la eternidad. Disfrutar de la brevedad de nuestro tiempo y, para ello, destinar tiempo, el nuestro. O, como ha dicho recientemente Guadalupe Urbina en sabia expresión, “Todos venimos para irnos, pero lo olvidamos porque nos enredan y construimos casas y cuentas en los bancos, y resulta que no, que en lugar de vivir y disfrutar las aventuras del viaje, nos dedicamos a tratar de quedarnos”. Tal vez aquí encontramos uno de los objetivos mayores de la vida, en disfrutar con alegría y pasión del poco tiempo que se nos entregó al nacer y siempre sabiendo que nunca nos podemos quedar. Entonces, ¿para qué acumular cosas teniendo bellezas y dones y ríos y montañas, y si, además, podemos ofrecer una sonrisa abierta todos los días para recibir, para alternar y hasta para despedirse con elegancia, como Guadalupe?

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