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Frutos del terremoto

Actualizado el 10 de septiembre de 2012 a las 12:00 am

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Frutos del terremoto

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El terremoto me dejó pensativo.

Pensé en Braulio Carrillo, quien en 1841, a raíz de un terremoto que destruyó Cartago, prohibió utilizar tejas.

Y en Ricardo Jiménez, que a raíz de otro que también destruyó Cartago, en 1910, prohibió el uso del bahareque.

Pensé también en la visión de los ingenieros civiles que hace muchos años fueron a capacitarse en ingeniería sísmica y que han desarrollado y mantienen actualizado, con su trabajo voluntario, un Código Sísmico ejemplar en el mundo.

Y en ingenieros, maestros de obra y trabajadores de la construcción, permeados de una cultura de construcción segura.

Pensé en los esfuerzos que se han venido haciendo con los niños y la población en general para que sigan protocolos de seguridad en caso de emergencia.

Me dio orgullo ver a los maestros conversando con los niños en los puntos de reunión una vez que habían abandonado los edificios escolares. Pensé que el terremoto reciente “nos salió barato” porque el país ha invertido en prevención, y no de cualquier manera, sino mediante investigación y conocimiento.

Sentí que es paradójico que un terremoto nos pueda llevar a contemplar y felicitarnos por lo que hemos hecho bien, porque en esto, lo hemos hecho bien

¿No sería una buena tarea nacional preguntarnos con ánimo constructivo, en cuáles áreas se nos está quedando atrás la investigación, el conocimiento y la prevención?

Solidaridad. Pensé también en la posibilidad de un seguro social que cubra los daños de las emergencias: si el agua se lleva la casa de alguien en Turrialba, no es señal de buena convivencia que quienes no sufrimos daño, solo pensemos: ¡Salados!

¿Por qué un seguro social? Porque nos resulta más visible la contribución que hacemos a la salud de los más necesitados, cuando pagamos la cuota del Seguro Social, que si ese servicio se financiara a través de impuestos. Y es importante, para la estabilidad de la nación, que sintamos que ella no es solo un territorio, sino una forma de convivir y mejorar.

Y mientras no haya un seguro social de desastres, contribuyamos no solo para comprar tranquilidad de conciencia, sino para ejercer la virtud de la solidaridad, sobrina nieta del amor.

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