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Otro Francisco

Actualizado el 03 de abril de 2013 a las 12:00 am

Hoy la Iglesia necesita pasar de la oscuridad a la luz

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En cuanto supe el nombre elegido por el nuevo Papa, se lo comenté con alegría a un amigo al que en su juventud le agradaba la figura del Santo de Asís, pero a quien su búsqueda espiritual lo llevó después por un camino distinto del cristianismo. “Ojalá la escogencia de ese nombre sea símbolo de que va a parecerse a San Francisco”, me contestó; pero en seguida agregó: “Aunque me siento ingenuo al decirlo”. “¿Por qué?”, le pregunté. “Porque desconfío de todos los simbolismos”.

Ciertamente, es de rigor preguntarse si será un mero acto simbólico de parte del Papa o más bien una genuina intención de emular al santo “Poverello” que se entregó con ternura  a todas las criaturas grandes y pequeñas. Más aún, cabe preguntarse si el Papa estará dispuesto a emprender una renovación institucional de la magnitud de la que con caridad y sencillez desencadenó  en su época el santo italiano.    Según la historia, a finales del s. XII, el joven Francisco Bernardone vivía una grave crisis espiritual cuando se arrodilló a orar a los pies del crucifijo que colgaba del centro del pequeño templo de San Damián. Escuchó a Jesús llamarlo por su nombre: “Francisco”, le dijo el Crucificado, “repara mi casa que, como ves, está en ruinas”. En el mismo instante, el muchacho experimentó una honda y decisiva transformación y se dispuso inmediatamente a cumplir el mandato: reconstruyó con sus manos aquella derruida capilla y otras, entre ellas la Porciúncula, que se considera el lugar de nacimiento de la Orden Franciscana. Sin embargo, el mandato  no era literal, sino mucho más ambicioso y relevante: que el “Poverello” restaurara la Iglesia con mayúscula, haciendo revivir a Cristo en sí mismo, en sus hermanos y hermanas y en el mundo entero,  imitando su ejemplo en la vida cotidiana. Así lo comprendió finalmente Francisco, quien abandonó todo para consagrarse a Jesús a través del amor a los pobres; y así de claro lo vio Inocencio III, que no dudó en aprobar la creación de la nueva orden, cuando escuchó lo que le expuso el humilde fraile tras su azarosa peregrinación a Roma.

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Jorge Mario Bergoglio es jesuita, pero no escogió llamarse Ignacio (como el fundador de la Compañía de Jesús, la orden de los jesuitas), sino Francisco, como el santo de los pobres. Indudablemente, los católicos del mundo entero, y muchos no católicos también, vemos con muy buenos ojos las significativas muestras  de humildad y de austeridad que ha dado el nuevo Pontífice y que lo han caracterizado desde siempre, según hemos ido sabiendo poco a poco.

Sin embargo, lo que esperamos de él es algo más determinante: es que reconstruya, que renueve la Iglesia, la que se escribe con mayúscula, por el derrotero que ya le marcó Benedicto XVI. Sabemos que no es de esperar grandes reformas en lo dogmático, pero sí en lo cotidiano, en lo que se ve y en lo que no se ve, y, sobre todo, en lo que se hace. Resucitar la Palabra desde adentro, desenterrarla del sepulcro  del papel  para darle vida, para permitir que con luz redentora brille a través del ejemplo, de la transparencia y la firmeza, de la limpieza y la exclusión de los que desde su interior han ensuciado con vicios y mezquindad la loable e histórica labor que Jesús encomendó a los Apóstoles; esa que miles de religiosos/as y seglares católicos hacen silenciosamente cada día en todos los rincones del mundo, ajenos a contubernios, conjuras y luchas de poder, tan humanas como inaceptables.    No hay que confundirse. Simplificar y purificar es un reto mucho más trascendental que, por ejemplo, vender todos los tesoros que la Iglesia custodia y cuida, como desearían  muchos críticos. Ese sería un gesto emblemático, quizás demagógico, pero con impacto superficial pues no resolvería el problema del hambre del mundo que, por cierto, concierne a cada persona, a cada gobierno y a cada religión, no solo a la católica –además, no olvidemos que es precisamente esta última, a través de cientos de miles de grupos y de personas, la organización  de beneficencia de mayor alcance en el mundo–.    “La Iglesia debe salir de sí misma(...) El cristiano debe salir a la periferia de su existencia, salir de sí mismo e ir al encuentro  de los demás”,  predicó el papa Francisco con su voz suave a los miles de peregrinos presentes en la plaza de San Pedro, en su primera audiencia pública, el miércoles 27 de marzo, un raro día soleado de la lluviosa Semana Santa romana. Tener “caridad perfecta”, como la que pidió Francisco de Asís a los pies del crucifijo de San Damián.    Igual que hace 8 siglos, hoy la Iglesia necesita pasar de la oscuridad a la luz. Una tarea titánica para la cual se requiere un Papa caritativo pero firme, sencillo pero de inteligencia extraordinaria, con la valentía para enfrentar prejuicios y romper esquemas, sin ataduras ni compromisos con la red vaticana.

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Pareciera que lo que se necesitaba era otro Francisco y, como esos no abundan, hubo que traerlo del fin del mundo. Desearle fuerza y acompañarlo con actos, en su lucha es lo que corresponde a los demás que conformamos su Iglesia.

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