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¿Fin de una era?

Actualizado el 27 de febrero de 2013 a las 12:00 am

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El diario oficial, La Gaceta, pronto dejará de salir en su versión impresa y solo tendrá la digital. Hace un tiempo la misma decisión tomaron los productores de la Enciclopedia Británica, de la revista Newsweek y de otras. Los denominados e-books toman cuotas crecientes del mercado. Con cierta nostalgia vemos ahora los libros viejos; ni qué decir los antiguos (por ej., de más de cien años) y creo que procede comenzar a coleccionarlos como piezas de museo.

Las compras por Internet (e-trade) también crecen a gran velocidad. Lo digital, como las matemáticas, en donde entra se queda. Ello ha provocado una media revolución, no solo comercial sino en materia de comunicaciones en general. Ahora cualquier noticia se expande como un virus en cuerpo débil. Inclusive, los políticos tendrán que revisar sus mensajes a los ciudadanos, quienes ahora pueden responder casi al instante y difícilmente comen cuento.

Las publicaciones digitales ofrecen otras ventajas. Yo, por ej., solía recibir a lo sumo tres de cada cinco versiones físicas de la revista The Economist , la cual me era enviada por correo. Además, cuando llegaba lo hacía con cierta demora. Hoy la versión digital me llega puntualmente todos los jueves. Gran diferencia. (¡Un amigo cuenta que su experiencia con la revista Playboy fue peor que la mía!).

Hace algunos siglos la humanidad vivió una revolución, a mi juicio de tanta o mayor envergadura que la digital, con el invento, por parte del alemán Juan Gutenberg, de la imprenta con caracteres movibles. Antes de Gutenberg, los libros los producían a mano básicamente monjes. Eran caros, no solo por el enorme trabajo de caligrafía que aparejaban, sino por el de iluminación, que era corriente en ellos. A los libros tenían acceso los reyes, los monasterios y una que otra persona rica. No el ciudadano promedio. Eran obras de arte aunque sus productores, como fue usual en el Medievo, no se consideraban artistas, sino simplemente artesanos cumpliendo con un deber. Por ello ni siquiera ponían sus nombres en las obras.

A partir del Renacimiento, el hombre consideró que era el centro del universo, que en realidad tenía mucho poder y, entre otras, comenzó a dejar grabado el nombre en sus obras de arte. Con la revolución de la imprenta, iniciada por Gutenberg, el costo marginal de informar a un ciudadano se redujo significativamente. El derecho a la información y la libertad de expresión se vieron reforzados. En lo sucesivo, entre otros, era más fácil criticar a las autoridades, políticas y religiosas. Las ideas reformistas de Lutero se extendieron por el medio que Gutenberg (católico) puso a su disposición.

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La imprenta de Gutenberg mató la producción de los bellos manuscritos iluminados. Ahora a esta quiere matarla la era digital. Interesante.

En general, los inventores de productos o servicios de alto impacto social se vuelven millonarios de la noche a la mañana. Piénsese en Ford, Gates o Zuckerberg. Mas no ocurrió así con Juan Gutenberg, quien terminó sus años sobre-endeudado, lo que en 1455 llevó a uno de sus acreedores a tomar posesión de su imprenta, precisamente cuando la famosa biblia de 42 renglones por página, y en letras góticas, terminaba de imprimirse. Murió, después de vivir medio ciego y de la caridad de amigos, pobre en el año 1468. Hoy en Maguncia (Mainz) –su bella ciudad natal, al lado del Rin– una plaza lleva su nombre (Gutenbergplatz) y con orgullo se exhibe su estatua. También su equipo de trabajo fue recuperado y expuesto en un museo dedicado al creador del medio que permitió la masificación del libro y de otras formas de comunicación social que tanta competencia enfrentan hoy. Entre otros, en el museo podrá admirarse la citada biblia de 42 renglones por página.

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