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Experiencia iniciática

Actualizado el 24 de julio de 2012 a las 12:00 am

A los siete años era youn sexólogoprestigioso

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El día anterior mi papá me había explicado “the facts of life”, ustedes saben: cómo “se hacen” y nacen los chiquitos. Estaba yo en segundo grado (siete años). Sí, sí: lo de los aparatos reproductores del hombre y de la mujer (recuerdo la indignación que me produjo el uso de la palabra “aparatos”: para mí solo eran tales la refrigeradora y el televisor). La exposición de papá fue clara y profusa. No sentí estupefacción alguna. Lo que sí sentí fue un furor pedagógico, la urgencia de divulgar la revelación entre mis amigos. Así que al día siguiente los reuní en corro en el jardín del Liceo Franco-Costarricense. Yo estaba sentado en el murito de piedra, del lado de adentro. Mis compañeros escuchaban al “apóstol”. Y repetí todo cuanto había descubierto. Maravillado yo, maravillados ellos. El secreto de la vida. El “iniciado” de la caverna platónica. Había que compartir la epifanía. Florián avant la lettre.

Ahí aprendí la manía de la prédica, esa a la cual me he mantenido fiel desde entonces. Algunos compañeros me veían con los ojos como farolas. Otros, sin duda, ya sabían por dónde andaba la cosa. Pero mi pedagogismo fue ejemplar: tomé una ramita seca y me puse a dibujar diagramas sobre la arena (el patio del Liceo, a la sazón en el paseo Colón, era una superficie de arena fina y, por poco diríase, volcánica). Ungido catedrático. Una de las primeras instancias de autoridad de mi vida. Ya desde entonces, un “corruptor de la juventud”, como el divino Sócrates. Lo que los americanos llaman un troublemaker. Y sin embargo, actué con inocencia, con la mejor voluntad del mundo, convencido de que me había sido revelado algo que resultaba imperativo compartir con mis compañeros y compañeras.

Pánico moral. Esa misma noche, la “niña Celia” recibió las llamadas de varios padres consternados. Pánico moral en las casas. No fui reprendido: la “niña” fue instada por el director –monsieur Davoust– a dar una lección de emergencia sobre el tema. Un par de días después llegó a la clase con toda suerte de cartulinas. La veo –¡con cuánta claridad!– ruborizarse al trazar en la pizarra, de la manera más pudibunda que le era posible, los contornos de los genitales masculino y femenino. Los dibujos eran inferiores en calidad a los míos. Nunca en mi vida la vi más entrabada en su discurso. Buscaba las palabras, los conceptos: era lenta, dubitativa, y, de nuevo, estaba “chillada”, rojo el rostro y las orejas. A veces me miraba de reojo, como diciendo: “fuiste vos el que me metió en este enredo”. Se las arregló como pudo.

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Por alguna razón, los compañeros prefirieron mis relatos, así que un día fui llamado al frente de la clase para ofrecer mi versión de los hechos. Primero en español, ¡y luego en francés! A los siete años era yo un sexólogo prestigioso. Fueron invitados los alumnos de cuarto grado para mi clase magistral. Todo el Liceo tenía que aprovechar mi sapiencia. No usé palabrotas (¡el más grande de los pecados!): es cuanto recuerdo.

Por lo visto, mi explicación no fue lo suficientemente precisa. Mi papá –como agente original de la corrupción– fue conminado para presentarse en el Liceo y tomar él mismo la palabra, cosa que por supuesto declinó. Durante varios días nadie supo a ciencia cierta qué hacer. Un verdadero escándalo, lo que los franceses llaman un charivari. Se recurrió al profesor de religión. El padre Josué fue consultado. El padre Josué respondió que, según el programa de estudios, “esos temas” solo se abordaban en sexto grado. El padre Josué se negó a tocar el asunto. El padre Josué se declaró “enfermo” por el resto de la semana.

Monsieur Davoust propuso una “cátedra colegiada”, en la que cada profesor, de manera interdisciplinaria, explicara algún ángulo del asunto. Se convocó a reunión de padres de familia. Una vez más, mi papá decidió no asistir. La profesora de biología propuso que fuéramos llevados, con la guía adecuada, y dentro del más puro espíritu ilustrativo, a la sala de partos del Hospital San Juan de Dios, para que presenciásemos, con nuestros propios ojos, “el gran milagro de la vida”.

El enemigo. Prevenidos por sus padres, algunos compañeros comenzaron a evitarme. De pronto me había convertido en “El enemigo del pueblo”, de Ibsen. Sentí la segregación, sin entender bien su causa. A su forma, el sistema me estaba dando a beber la cicuta de Sócrates. A fe mía, no sería la última vez que habría de experimentar la segregación.

¿En qué fue a parar este asunto? Pues en nada. En mi país los escándalos nunca duran más de un mes. Poco a poco se dejó de hablar del “tema”. Los profesores nos re-enseñaron el silencio, Monsieur Davoust nos re-enseñó el silencio, los padres nos re-enseñaron el silencio, la Iglesia católica nos re-enseñó el silencio, el Ministerio de Educación nos re-enseñó el silencio. Me fue prohibido volver nunca más a tocar el punto neurálgico. No más disertaciones en corrillos, no más gráficos dibujados en la arena. So pena de expulsión.

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Esa fue la sociedad en la que me tocó crecer. Ahí les dejo mi testimonio.

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