Archivo

Hanns Heinz Ewers

Ewers, la esvástica literaria

Actualizado el 06 de mayo de 2012 a las 12:00 am

Hanns Heinz Ewers Pocos repasan hoy la obra de quien Fue el autor alemán más traducido durante la I Guerra Mundial

Archivo

Ewers, la esvástica literaria

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Pese a su reconocimiento y éxito mientras vivió, resulta notable el desvanecimiento posterior en el mapa literario del escritor alemán Hanns Heinz Ewers con su muerte en 1943, aunque desde antes su creatividad había menguado, a lo que se sumó su tardía participación en el movimiento nazi, que lo desprestigió.

Nacido en Dusseldorf en 1871, perteneció a esa variante germana vinculada con la imaginación macabra y el exceso, que se consolidó con el Romanticismo y sobre todo con las fuertes e influyentes figuras de E.T.A. Hoffmann –tan presente en la obra de Ewers–, Edgar Allan Poe –de quien escribió un ensayo en 1905– y el francés Villiers de l’Isle Adam, a quien tradujo al alemán y cuya novela La Eva futura se proyecta –solo que en tono macabro– en la más conocida novela de Ewers, Alraune (Mandrágora).

Vemos en esta triple influencia sobre Ewers un sello cosmopolita que privaría en sus años de gloria (las dos primeras décadas del siglo XX): las culturas francesa e inglesa, y la propia cultura germánica, de la que se siente orgulloso. Su francofilia fue notable así como su anglofobia, pese a amar a Shakespeare, Poe y Oscar Wilde.

Incómodo entre los nazis. Tras la I Guerra Mundial y la derrota alemana, Ewers abandonó sus posturas cosmopolitas de los primeros años y adoptó un nacionalismo creciente, que terminaría en su apoyo a Hitler. Esto no significó asumir el antisemitismo del régimen, pues Ewers siempre se mostró filosemita, defendió su posición por escrito y hasta ayudó a huir a muchos judíos de Alemania.

Fue justamente el filosemitismo de Ewers, junto con su perfil decadente y perverso, el que generó rechazo por parte de muchos nazis dentro del partido. Al principio el enojo fue apaciguado por el propio Hitler, admirador de Ewers, pero el fuhrer posteriormente lo dejó de apoyar, por lo que vino su proscripción. En sus últimos años, sus obras fueron vedadas por los nazis y a él se le prohibió publicar.

Ewers, quien había empezado su carrera artística como actor de teatro de cabaret y, por tanto, cercano a la influencia macabrizante y sanguinaria del teatro Grand Guignol, alcanzaría su reconocimiento como escritor con colecciones de cuentos como El horror (1907) y Los poseídos (1908), que incluye su relato más famoso, “La araña”.

PUBLICIDAD

También logró fama con una trilogía novelística ( El aprendiz de brujo , de 1909; Mandrágora , de 1911, y Vampiro , de 1920) centrada en el personaje de Frank Braun, alter ego de Ewers. Las obras de Ewers se tradujeron a más de veinticinco lenguas, a tal punto que en la época de la I Guerra Mundial Ewers era el autor de lengua alemana más traducido.

Androginia, sexo y erotismo. Un aspecto importante de la creación artística es la condición andrógina del ser humano, en especial del artista, que, al ser reconocida como fuente de visión estética, se vuelve recomendable. Según Ewers, la psique es una entidad andrógina, igual que debe serlo el artista para generar la creación estética.

Ewers estaba al tanto de la discusión sexual de la época y en ella asumió una postura militante y progresista, junto con notables figuras del momento. Entre ellos se encontraba el médico sexólogo Magnus Hirschfeld, fundador del Comité Científico-Humanitario, la primera organización de defensa de los “homosexuales”. Juntos publicaron los tres volúmenes de Amor en Oriente (1929), con introducción de Ewers.

Se trata de traducciones de manuales eróticos hindúes y árabes, que procuran inspirar más arte en la práctica del sexo.

Por ese mismo tiempo, Ewers publicó su novela Fundvogel (1928), sobre la transexualidad que la nueva técnica quirúrgica y hormonal hacía posible. Por supuesto, todas estas inquietudes sexuales influirían negativamente en la valoración de sus futuros colegas puritanos del partido nazi. Tras un breve y obligado romance entre ellos, este aspecto de la conducta sexual de Ewers se sacó a colación y apenas logró salvarse por un pelito (un compasivo aviso previo) durante la famosa “Noche de los Cuchillos Largos”, en que se dio la matanza de los “malos” elementos del partido, dados, entre otras cosas, a las “prácticas contra natura”.

Las dos primeras décadas del siglo XX constituyen la época de oro de Ewers, la de sus mejores libros y las de su involucramiento con el cine, de la que salieron versiones de El estudiante de Praga (1913) y de su novela Mandrágora .

Con el estallido de la guerra, vino su deslizamiento hacia un nacionalismo creciente en los años veinte, que, lejos de mejorarlo, le quitó brillo literario, sobreviviendo más bien de sus pasadas glorias. Cuando a principios de los treinta se afilió al partido nazi, la gran literatura por la que se había vuelto famoso ya era cosa del pasado. Siguió escribiendo, pero ya no brillaba y, al final de sus días, sus colegas nazis ni siquiera le permitían escribir.

PUBLICIDAD

Dualidades peligrosas. La presencia de diversas dualidades en el universo imaginario de Ewers, tales como Eros y Thánatos, Sueño y Realidad, Masculino y Femenino, Yo y Otro, Civilización y Barbarie, no debe hacernos olvidar que su apuesta literaria no va dirigida tanto a privilegiar uno de sus extremos, sino más bien a lograr una síntesis entre los polos, una suerte de reconciliación creadora. Quizá sea en el ámbito psicológico y sexual donde dichas oposiciones adquieren mayor visibilidad.

El caso más evidente es El estudiante de Praga , en que la dualidad psicológica se mantiene dentro de un solo sexo, el masculino, en el reflejo del cuerpo en el espejo.

Sin embargo, en La muerte del barón Jesús María von Friedel (1908), el conflicto se establece entre las partes femenina y masculina del sujeto. Esta novela corta maneja desde referencias clásicas al inicio (los mitos del andrógino, de Platón, y Hermafrodito, de Ovidio) hasta las modernas teorías sexuales de Hirschfeld señaladas antes.

El personaje principal, Jesús María, afirma su identidad masculina, si bien reconoce aspectos femeninos en él que (empezando por su nombre compuesto), no lo llevan a la homosexualidad directa, aunque sí al travestismo (en tanto travesti se acuesta con mujeres lesbianas).

Tras su suicidio, se encuentra un largo manuscrito hecho a dos manos (con caligrafías distintas) entre la parte masculina, que va siendo cada vez más menguada a lo largo del texto, y la femenina, cuyo poder va creciendo más y más.

El fenómeno es concebido por el barón en términos de posesión y expulsión del propio cuerpo, en una lucha encarnizada entre ambas facetas, cuya tensión psicológica recuerda mucho al cuento “El Horla”, de Maupassant, que también es un relato de invasión interior.

Son muchos los asuntos que podrían abordarse de la narrativa gótica, fantástica y macabra de H.H. Ewers. Tal es su riqueza temática.

En el mundo hispánico, la figura de Ewers es casi desconocida. No sucede así en el francés, que ha guardado un poco más la memoria del autor en tiempos de olvido, incluso más que los propios alemanes, quizás correspondiendo así al gusto que Ewers profesó en vida por la cultura francesa.

También ha surgido en los últimos años cierto interés por Ewers en el mundo anglófono. En español, seguimos limitados a su novela y a su cuento archiconocidos, Mandrágora y “La araña”, pero poco o nada más, con lo mucho que hay. Ya es hora de que esto cambie.

El autor es escritor costarricense. Su última novela es ‘Faustófeles’ (URUK).

  • Comparta este artículo
Archivo

Ewers, la esvástica literaria

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios
Regresar a la nota