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Ética del desarrollo humano

Actualizado el 19 de mayo de 2012 a las 12:00 am

No hay economíasin ética social y no hay ética socialsin economía

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El ser humano se desenvuelve en distintos ámbitos y en todos ellos la ética es insoslayable, pero abordarla exige abandonar el hábito de juzgar a la ligera, sin suficiente información probatoria y sin respeto a las personas. Conviene, además, que cada quien realice un esfuerzo para que al hablar de ética no lo haga como si él fuera perfecto, o creyéndose la voz de Dios.

En asuntos éticos, pretender ser la única autoridad conduce a la inmoralidad del dogmatismo, el cinismo y la intolerancia. Es también necesario cultivar la crítica y la autocrítica como instrumentos para ser cada vez más coherentes. La coherencia es el núcleo de la vida ética, al olvidarla se pierde la capacidad de predicar con el ejemplo que es el único modo de hacerlo sin mentira.

A esta capacidad, Eduardo Ulibarri, siendo director de La Nación, la denominó “irradiación ética”. En lo que sigue me refiero a un aspecto de la ética general, lo denomino ética del desarrollo humano, forma parte de la ética social, y se concentra en los vínculos entre lo ético y lo económico.

Tecnocracia y moralismo. Fue en la universidad cuando me topé con personas que argumentaban sobre la indiferencia ética o económica, según los casos, de sus ideas. Algunas sostenían que la Economía es una ciencia sin relación con la Ética Social (posición tecnocrática), mientras otras afirmaban que la Ética Social se refiere a valores morales pero quienes los predican no están obligados a plantear el modo de concretarlos (posición moralista).

La razón principal para rechazar ambas tesis es la siguiente: El ser humano actúa simultáneamente en lo ético y lo económico mezclando sus respectivos contenidos, de modo que no es posible separar un aspecto del otro; todo lo contrario, resulta imprescindible evidenciar su unidad.

No hay economía sin ética social y no hay ética social sin economía. Son muchos los hechos positivos que prueban el anterior aserto. Es conocido, por ejemplo, que la calidad ética de la vida de los empleados influye en la productividad del trabajo y en la rentabilidad económica de las empresas, y que las empresas pueden impactar el comportamiento ético de las sociedades cuando su búsqueda de ganancias se asocia a valores no económicos, como ocurre en la denominada “Administración por valores”, en “La Responsabilidad Social Empresarial” y en la incorporación de variables ecológicas y educativas en los procesos de producción. Lo ético es económicamente rentable, y la rentabilidad económica es éticamente productiva.

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Existen, además, hechos sociales negativos que también demuestran la inseparabilidad entre lo ético y lo económico. La muerte por hambre es algo que degrada la dignidad humana, más aún cuando los supermercados están llenos y algunos sugieren que los pobres compren a crédito los alimentos; la exclusión de cientos de miles de jóvenes del derecho a la educación superior es nefasta, máxime cuando existen académicos y estudiantes universitarios que no paran de hablar de solidaridad y justicia mientras favorecen sistemas educativos plagados de burocracia, desperdicio de recursos y mediocridad.

Es un escándalo ético-económico que en medio de la abundancia material y el poderío militar de la civilización occidental 22.000 niños mueran por hambre cada día, 1.400 millones de personas carezcan de electricidad, 2.400 millones no tengan acceso a instalaciones sanitarias y millones de jóvenes se vean privados de la educación, la vivienda y el empleo.

¿Qué coherencia ético-económica ostentan los grupos de presión, sindicales o no, cuando protegen sus feudos de poder, intereses y privilegios, al mismo tiempo que sus miembros hablan de solidaridad con los que menos tienen, de bien común y de justicia salarial? ¿Es ético y una buena política económica hacer uso de las instituciones públicas como si fuesen propiedad privada de quienes en ellas trabajan, despilfarrar sus escasos recursos y no hacer nada para mejorar la eficiencia y calidad de la prestación de servicios? ¿Es pertinente un enfoque que privilegia el asunto del déficit fiscal, pero lo hace al margen o en contra de la debida atención a los otros déficits, el de equidad y el ético?

A la luz de lo dicho conviene postular que lo económico existe en correlación con valores, y que los valores éticos implican consecuencias económicas. Sintetizar ambos aspectos es el contenido central de la ética del desarrollo humano. Este asunto no es de fácil construcción, y menos en estos tiempos de crisis global cuando se busca austeridad y racionalización del gasto público, pero son urgentes el crecimiento económico y la equidad. ¿Puede lograrse la combinación armónica de la austeridad, el crecimiento y la inclusión social? Responder esta pregunta no puede hacerse solo desde el ámbito económico o solo desde la perspectiva ética, se requiere practicar un enfoque unitario, ético-económico.

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Adam Smith. A propósito de lo anterior, se dice que para Adam Smith los individuos buscan satisfacer sus intereses económicos, y que al proceder de ese modo una “mano invisible” logra que el éxito individual se traduzca en bien común. Esta interpretación, originada en la lectura unilateral de su obra “La riqueza de las naciones” (1776), es equivocada respecto al conjunto de ese libro, y también incompleta porque Smith escribió otros textos que deben articularse con sus ideas acerca de la economía. Entre esas otras obras destaca “Teoría de los sentimientos morales” (1759).

Cuando se combinan los contenidos de ambos libros aparece la vena ética del pensamiento económico, basada en conceptos como prudencia, conmiseración, cooperación, libertad, felicidad, amor al prójimo y amor al trabajo. En la complementariedad de “La riqueza de las naciones” con “Teoría de los sentimientos morales” el ser humano no es un egoísta racional que solo busca maximizar sus ganancias económicas, sino alguien que desea contribuir a la felicidad de los otros como productor, consumidor, distribuidor de bienes y servicios, y portador, en sus acciones personales y sociales, de contenidos éticos que privilegian la dignidad de las personas por sobre la utilidad de las mercancías, los Estados, los Gobiernos, los partidos políticos o las Iglesias.

En términos de construcción científica lo que Adam Smith sugiere –dicho sea en el lenguaje contemporáneo– es unir la ciencia de la Economía con la Axiología o teoría de los valores, y esto no es otra cosa más que un nuevo paradigma socio-histórico, el paradigma de la solución estructural de la crisis y de la poscrisis.

Buscar la excelencia. No es casualidad que distintos investigadores se esfuercen por recuperar la dimensión ética del pensamiento económico de Adam Smith, y el componente económico de la ética social.

Así se constata en los escritos de Pedro Schwartz, Amartya Sen, Adela Cortina, Joseph Stiglitz, Marta Pedrajas, Victoria Camps, Vernon Smith y Bernardo Kliksberg.

Bueno sería que quienes acostumbran opinar sobre asuntos de interés público leyeran algunos de los libros de estas personas, así como los mencionados de Adam Smith: eso ayudaría a elevar la calidad, eficacia y profundidad del diálogo en torno a los temas éticos y su relación con la evolución social.

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