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EDITORIAL

Escalada trágica en Siria

Actualizado el 24 de marzo de 2013 a las 12:00 am

Diversas agencias oficiales estiman en 71.000 los fallecidos a la fecha, y más de un millón de refugiados fueron acogidos por países vecinos

La oposición al régimen de Assad muestra divisiones que, en el pasado, han hundido en el fracaso a otras insurgencias

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La guerra interna en Siria ha tomado un giro trágico, visible en la actual escalada de muertes en las principales ciudades, incluida Damasco, la capital. Lo que empezó como un movimiento cívico de protestas hace casi dos años, ha crecido hasta alcanzar un nivel de violencia sin precedentes en la historia reciente de ese país.

Una breve reseña permite comprender cómo se ha desenvuelto Siria desde que fue proclamada república en 1941 por los ocupantes galos y obtuvo su independencia de Francia en 1946. Poco después, en 1948, se unió a los Gobiernos árabes en su fallida guerra contra el naciente Estado de Israel. Un período de inestabilidad y acomodo interno culminó en 1958, cuando Damasco se sumó a Egipto para formar la República Árabe Unida, de la que se apartó en 1961.

Una nueva etapa en esta breve ilación de historia siria emergió en 1963 a raíz del golpe encabezado por el Partido Socialista Baath en unión de los militares, dando paso al régimen dictatorial que ha prevalecido desde entonces. El Gobierno quedó dominado por la minoría alawita, rama musulmana afín al chiismo. En 1971, Hafez al-Assad tomó las riendas del país e impuso un autoritarismo crecientemente despótico. Al fallecer, en junio del 2000, su hijo Bashar, un joven oftalmólogo entrenado en Londres, asumió el timón con renovado impulso sanguinario.

Esta síntesis obliga a evocar las aventuras bélicas de Hafez en su fase pro soviética y, posteriormente, la búsqueda de nuevas alianzas con regímenes espurios. Bashar, por su parte, impulsó el modelo de liderazgo afinado por su difunto padre, incluida la ocupación parcial de Líbano y su patrocinio de la dominante agrupación chiita y terrorista Hezbolá en ese país.

La Primavera Árabe, que impulsó los movimientos cívicos causantes de la caída de las dictaduras de Túnez y Egipto, no produjo de inmediato protestas callejeras ni, aparentemente, temores de Bashar por su futuro como déspota. A este respecto, el cuñado del jefe actuaba como agente para el desarrollo de una inmensa red de negocios que alcanzó un porcentaje determinante de la economía siria.

Con todo, la nueva atmósfera que asomó en la región sí alentó a pequeños grupos de ciudadanos sirios a desfilar pacíficamente en favor de aperturas económicas y sociales. Pronto, sin embargo, las manifestaciones crecieron, cobrando ímpetu y nuevos adherentes. Eventualmente, su número aumentó , y la oposición armada también creció con ímpetu. Damasco, sin embargo, se mostraba inmune a estos retos.

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Al mismo tiempo, combatientes libaneses de Hezbolá, contingentes de la Guardia Revolucionaria Iraní y una larga cadena de jihadistas, incluyendo a al-Qaeda, se unieron a las fuerzas del Gobierno sirio. Los arsenales oficiales han permanecido bien nutridos, e importantes adiciones son regularmente suministradas por Rusia, Irán y Corea del Norte, entre otros. Por su parte, Gobiernos europeos y Turquía han extendido su apoyo a los insurgentes.

Pero ya hay fisuras entre las diversas corrientes que integran las fuerzas insurgentes. Las tropas oficiales llegan, según cifras previas a la confrontación, a más de 300.000. En cuanto a números de la insurgencia, el constante influjo de voluntarios y la discreción de los superiores no arrojan luz sobre cantidades. En todo caso, sus conquistas territoriales han sido impresionantes y ya parecen tener en jaque a la dictadura. Las cifras son apabullantes. El saldo en sufrimiento humano de esta guerra cada día aumenta, acorde con los números de fallecidos y emigrados. Diversas agencias oficiales estiman en 71.000 los fallecidos a la fecha, y más de un millón de refugiados han sido asilados por países vecinos, sobre todo Turquía, Líbano y Jordania.

Alto es el costo humano de estas confrontaciones y, por si faltaba, el uso de armas químicas hizo su aparición. Asimismo, algunos atentados cercanos a Damasco han motivado denuncias concernientes a bandas criminales, al punto de que la ONU se apresta a indagar los hechos denunciados.

Sumemos a esta serie de problemas y desafíos la angustia generada en miles de hogares por la suerte de sus allegados. Las organizaciones adversarias del régimen también encaran dudas y angustias. La oposición al régimen de Assad muestra divisiones que, en el pasado, han hundido en el fracaso a otras insurgencias. El sufrimiento de tantos seres humanos debería abonar los esfuerzos por lograr una salida pacífica a este y muchos otros conflictos y luchas que azotan al mundo contemporáneo.

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