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Actualizado el 20 de junio de 2013 a las 12:00 am

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Asco. Tráfico de órganos. Asco. Lucro inmoral. Asco. Miseria. Corrupción. Más asco. Señor de bata blanca. Indignación. Rapiña de la necesidad ajena. Tráfico de órganos. Hace semanas el diario mexicano El Universal destapó el tamal: Costa Rica es un destino mundial de turismo de trasplantes de órganos asociado al tráfico ilegal. Como Pakistán, Serbia y otros.

El tema no es el trasplante en sí, una operación médica que salva vidas y cada día es hecha miles de veces en todo el mundo. Bien regulado, es el encuentro entre la generosidad de un donador voluntario y una persona necesitada. El problema es cuando el trasplante se hace recurriendo al tráfico de órganos: la compra de partes del cuerpo a personas muy pobres, aprovechándose de su necesidad, o peor aún, la remoción forzada de órganos en niños indefensos.

En el 2009, la Organización Mundial de la Salud estimaba que uno de cada diez trasplantes en el mundo se hacían recurriendo al mafioso tráfico de órganos. Hace años, el Dr. Montalbert-Smith alertó sobre este sucio negocio en nuestro país.

Pasamos por un periodo de negación con perlas como: “no, aquí esto no pasa”; “jamás en este hospital”; “no pasa porque nos adherimos a la Declaración de Estambul sobre el Tráfico de Órganos” (una cosa es una firma y otra, la realidad). Sin embargo, por dicha se pasó a la acción: la Fiscalía detuvo a dos personas, uno médico, por sospechas de participar en el tráfico de órganos. Ya vendrá el proceso judicial y no hay que olvidar que las personas son inocentes hasta que se pruebe lo contrario. Pero la primera señal de que no se tolerará este negocio ha sido enviada. Falta más: ojalá que se desmantelen hasta el último resquicio la(s) trama(s) inmoral(es).

Uno nunca logra entender bien la maldad que habita en el alma: ¿por qué somos capaces de hacer cosas aberrantes y caminar muy campantes por la vida, como si tal cosa? ¿Con amabilidad y sonrisas luego de ejecutar un crimen? Por milenios, el enigma del mal ha fascinado a la religión y la filosofía. Sin embargo, mientras nos devanamos los sesos sobre su naturaleza, una pesadilla que resurge en cada generación, hay preguntas más prácticas qué debemos atender: ¿Qué factores en Costa Rica nos hacen vulnerables al tráfico de órganos? ¿Por qué pueden hacerse en hospitales privados, aparentemente inadvertidas, operaciones asociadas a este tráfico?

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¿Cómo es posible que se emplee instrumental y equipo del sistema público para eso en lugares privados? ¿Hay profesionales de la Caja haciendo esas operaciones en horas laborales fuera del centro de trabajo?

Si controlamos estos y otros factores de riesgo, lograremos descuajar este macabro negocio.

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