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Actualizado el 13 de junio de 2013 a las 12:00 am

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Mientras los aspirantes a diputado del PUSC se agarran a mecos, un episodio más en la apasionante competencia electoral tica, un escándalo conmueve al mundo: un agente de seguridad nacional de los Estados Unidos reveló que su gobierno espía miles de millones de comunicaciones privadas, telefónicas y en la Internet, mediante herramientas sofisticadísimas que le permiten determinar no solo el origen y destino de estas (metadatos) sino sus contenidos específicos.

No es un hecho aislado. En la última década un estado democrático como el de Estados Unidos ha hecho cosas impensadas: detener por años a un sospechoso sin debido proceso o trasladarlo a otros países a sabiendas que será maltratado; torturar a sospechosos amparado en eufemismos legales; matar a ciudadanos de su propio país sin juicio previo; crear una especie de campo de concentración al margen de la legalidad; rastrear los libros que las personas compran; espiar globalmente las comunicaciones electrónicas privadas lo que le permite, cuando quiera, saber “todo” de quienes, con causa o sin causa justificada, una oscura burocracia decida que representan un real o potencial peligro. El recuento de la última década es escalofriante: la capacidad de control social de un Estado sobre la ciudadanía se ha desatado, apoyada en la alta tecnología.

El presidente Obama ha planteado una disyuntiva: “No se puede tener 100% de seguridad y 100% de privacidad”. Cierto pero trivial. Será siempre cierto hoy, ayer y mañana. Como cuando los futbolistas sabiamente dicen que en el futbol se gana, se pierde o se empata. La cuestión es otra: en el campo de tensión entre seguridad y libertad, el estado ha corrido la cerca sin consulta, y de manera solo conocida a posteriori cuando alguien canta, y está estrujando las libertades ciudadanas. Y cada vez que la corre argumenta tener una buena razón. ¿Cómo establecer un límite que preserve libertades individuales y, fundamentalmente, el derecho a la privacidad en esta época de amenazas globales?

En ausencia de estos límites, cuidadosamente estipulados, cualquier Estado (como relación de dominación que también es) se erigirá frente y quizá contra sus ciudadanos. Una democracia no puede depender de que un presidente sea “bueno” y decida respetar las libertades. Tiene que tener la capacidad suficiente para domesticar la bestia que habita en cualquier Estado. Al final del día, uno no quiere que en nombre de la democracia le arreen en la jupa porque alguien lo decida. Y que los demás, acostumbrados, se encojan de hombros y digan: “por algo será”. El punto de partida para discutir cuanta seguridad queremos es la libertad. No al revés.

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