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Actualizado el 16 de mayo de 2013 a las 12:00 am

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En Costa Rica la línea recta no existe. Ni como concepto ni como idea práctica. No me refiero a los caminos que, obligados por nuestra accidentada geografía, serpentean por allí. Quiero hablar de otra cosa y para ello parto de una observación obvia: no hay una avenida que cruce San José de un extremo a otro. Pudimos haberla trazado pero no lo hicimos: siempre hay una curva inexplicable aquí o un tope allá. Y si hay una recta, como en Cartago, nos ocupamos de que no se extienda a las nuevas áreas urbanizadas, un inconexo amontonamiento de barrios. De ahí, paso a una afirmación más general: ocupamos el territorio de la misma manera como pensamos, de manera complicada, llena de recovecos.

A esto voy: estamos programados para no llegar a ninguna parte. Ponga al tico promedio a que ejecute algo y verá lo que es bueno: puros requiebros. Más fácil bañar un gato con champú que encontrar en este país a 100 viejillos capaces de ir de “pe a pa” por la línea más práctica y ejecutiva, la recta. Maestros en el pleito de las culpas, las excusas y el “si hubiera”, somos malísimos para organizarnos y ejecutar. Dijo un amigo hace años: “los ticos somos personas de principios... todo lo empezamos y nada terminamos”. En fin, en 15 minutos un grupo de suecos hace una reunión, acuerda algo y luego todos a lo que vinimos. Hagan esa prueba con un grupo de ticos y en el mismo plazo no han pasado de hablar pendejadas sin entrarle al trapo a por derecho.

¿Por qué somos tan inútiles? Antes de seguir, aclaro: un grupo de ticos inútiles se convierte en un equipo de trabajo eficiente si, de repente, se la creen o, en su defecto, un extranjero los pone en orden (si tiene la sartén por el mango, es decir, chochoska y autoridad). Repito: ¿por qué la inutilidad es un rasgo colectivo? Descarto la genética pues ni en las últimas publicaciones científicas se ha descubierto al homo sapiens tiquiscus. Somos como el resto de la humanidad.

Digo lo siguiente: hace rato que tanto las dirigencias empresariales, políticas, sociales como el tico promedio están en zona de confort. Saben que no somos el país más avanzado pero tampoco el más atrasado. Se contentan con poco, con saber que somos mejores que el vecino. Está bien, parecen felices. La filosofía nacional es no hacer olas. No inventamos al “hombre promedio” (Quetelet, un estadístico belga lo hizo hace casi 200 años) pero ¡qué bien lo aplicamos! Mucho del agite diario se reduce a la pantomima de hacer que hacemos. Hasta qué... hasta que un buen día el mal olor del agua empozada empieza a ser evidente, como ahora, y descubrimos que necesitamos actuar organizadamente pero que se nos olvidó cómo hacerlo. Y en eso estamos.

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