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Actualizado el 09 de mayo de 2013 a las 12:00 am

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Es jueves en la mañana, hace calor, el año se está yendo y, fatal, anda uno con la mecha corta. Por eso pregunto: ¿qué pensar cuando, a lo largo de un periodo prolongado, una democracia no logra decidir sobre nada? ¿Cuando se especializa en enredar todo, convertir la deliberación en jalones de pelo y el final invariable es un acabar con las manos vacías? Cuando digo “nada” y “todo” me refiero a asuntos de importancia colectiva como por ejemplo la reforma fiscal, obras de infraestructura básica, explotación de geotermia o políticas de empleo. Obvio que todos los días se deciden muchas cosas: si fulano es presidente legislativo, si hacer una marcha por la avenida central o por Pital, si comprar un pantalón, pero eso es menudo. En fin, si a los ticos nos encargaran la organización del Juicio Final, no habría final ni juicio: lograríamos la inmortalidad a punto de prórrogas.

No creo en esas verdades de “piripipau” al estilo de “eso solo pasa aquí” o “no hay voluntad política”, para explicar nuestra suprema inutilidad. Más bien, Tiquicia pareciera un caso de texto de lo que en la teoría se denomina el teorema de Arrow, situaciones en las que una sociedad no logra arribar a una decisión colectiva porque los órdenes de prioridad de las personas son tales que no hay forma de armar una mayoría en favor de una opción.

Pensémoslo aplicado a las dificultades de la Corte Suprema de Justicia para elegir a su presidente. Supongamos que hay tres opciones: Zarella, Arroyo y un candidato tapado. El orden de preferencia del magistrado 1 es Zarella, Arroyo y el tapado; el del magistrado 2 es Arroyo, el tapado y por último Zarella; y para el magistrado 3 la cosa va tapado, Zarella y luego Arroyo. Si estos órdenes de prioridad no se modifican, no hay manera de lograr una mayoría. Si ello fuera cierto (y parece que lo ha sido por semanas), la Corte Plena es un fiel reflejo, en chiquito, de lo que nos ocurre en el plano nacional.

El tal teorema de Arrow es un artificio conceptual para entender situaciones paradójicas como las que vivimos hoy en nuestro país. Nada dice, sin embargo, que sea un destino inevitable o que nuestros problemas se solucionan si alguien se impone a la brava. En democracia, las prioridades de las personas pueden modificarse mediante la deliberación razonada para así lograr acuerdos; además, si nuevas personas se interesan en la política, pueden surgir mayorías donde antes había pequeñas y peleonas capillas. Si usamos la democracia para construir, no para embrollar, encontraremos a muchos albañiles. Hay metas comunes, concretas, que muchos apoyarían, cuyo logro nos devolvería la confianza. ¿Qué tal hambre cero en Costa Rica? O así.

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